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EL MUNDO, 20 de julio de 2004 UNA EXPLICACION DEMASIADO SENCILLA PARA UNA TRAMA DEMASIADO COMPLEJA El juez Del Olmo hizo público ayer un auto en el que señala que la clave de la peor masacre terrorista de la Historia de España es «la conversión de personas integradas en redes delincuenciales comunes» en «directos implicados en actuaciones terroristas».Es la misma conclusión a la que ha llegado el ex jefe del CNI, Jorge Dezcallar, quien ayer aseguró ante la Comisión que la matanza no fue obra de Bin Laden, sino que tiene un origen doméstico y está mucho más relacionada con el contexto político nacional y la estrategia exterior del Gobierno de Aznar que con las grandes tramas del terrorismo internacional. Efectivamente, a diferencia del atentado contra las Torres Gemelas -que fue organizado desde el extranjero por el líder de Al Qaeda y cometido por individuos imbuidos de una vocación para el martirio, fruto de su fanatismo religioso- la mayoría de los miembros de la célula de Leganés eran delincuentes de poca monta, personas que vivían en España y que hasta el 11-M se habían dedicado al tráfico de drogas, documentos falsos y vehículos robados. Y, sin embargo, lo que ni el juez ni Dezcallar explican es cómo es posible que individuos de este perfil arriesgaran sus vidas o como mínimo su libertad en una operación radical islámica.No nos referimos a El Tunecino, cuyas motivaciones religiosas están acreditadas. Tampoco a El Chino, aunque, como bien apuntó ayer el propio ex jefe del CNI, resulta sorprendente que un islamista ortodoxo organizara en su cuartel de Morata de Tajuña fiestas a las que acudían «chicas con piercing en el ombligo». La gran incógnita es por qué personas como Rafá Zouhier -un ex portero de discoteca y ladrón de joyerías, que detesta todo lo islámico y es confidente de la UCO- y Emilio Suárez Trashorras -un ex minero asturiano al que le iban relativamente bien la cosas gracias a su participación «en actividades continuadas» de compraventa de explosivos sin que hiciese nada para impedirlo su controlador de Avilés- se sumaron a la arriesgadísima aventura de sus amigos islamistas. ¿Qué esperaban obtener a cambio? ¿Dinero? ¿Y en qué medida fue decisiva su condición de confidentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado en tanto y en cuanto pudo hacerles pensar que eran inmunes a cualquier represalia o castigo? Estas son preguntas que la comparecencia de los propios confidentes contribuiría a despejar, aunque mientras el PSOE persista en bloquearlas, habrá que contentarse con las explicaciones que se espera den hoy el jefe de la UCO, Félix Hernando, y el entonces Director General de la Benemérita, Santiago López Valdivielso. En cuanto al testimonio de Dezcallar, cabe señalar que el CNI ya estaba «fuera de juego» antes del propio atentado, por su inquietante incapacidad para prever que una «célula durmiente» podía activarse en España. Una vez cometida la masacre, los espías tenían ya muy poco que aportar. Ahora bien, Aznar debería haber convocado formalmente el gabinete de crisis, incluyendo a Dezcallar en la reunión celebrada en La Moncloa el 11-M. Lo mismo se puede decir de las presiones que desde la Secretaría de Estado de Comunicación se ejercieron sobre el jefe del CNI. Fueron errores sintomáticos de los últimos meses de Aznar, cuando la consulta y la deliberación fueron sustituidas por las decisiones unilaterales y personalistas.Curiosamente, el mismo estilo de gobierno equivocado por el que han sido criticados sus principales aliados, Blair y Bush.
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