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El Diario Vasco, 12 de Marzo de 2004

Editorial

Masacre cruel e inhumana

Los ciudadanos de Madrid se convirtieron ayer en objetivo de uno de los atentados terroristas más sangrientos de la historia. Decenas de seres humanos, procedentes de los barrios más humildes de la ciudad, se vieron atrapados en una trampa espantosa. El desafío que el terrorismo lanzó a la sociedad y a las instituciones de la España democrática obliga a éstas a combatir sin tregua al fanatismo.

El asesinato de dos centenares de personas destrozadas por la explosión de una cadena de bombas convirtió ayer Madrid en escenario del horror y pánico. El dolor y la impotencia que mostraban los ciudadanos que pudieron salir vivos del trance fue dejando paso a la dantesca visión de cuerpos mutilados, esparcidos o atrapados entre los hierros, y abandonados en un primer momento ante el fundado temor de que pudieran estallar otros artefactos. La muerte de un ser humano a manos de un semejante constituye siempre el acto de injusticia más extrema que pueda imaginarse. Pero los atentados de ayer realzaron especialmente la inocencia de sus víctimas; de personas que ni por un instante podían imaginar que su vida iba a acabar de forma tan brusca y cruel. Mujeres y hombres que se dirigían a sus puestos de trabajo, niños y jóvenes que se trasladaban a sus centros de estudio, pasajeros cotidianos que ni siquiera pudieron despertar a la mañana porque un plan terrorífico los había señalado como objetivos.

La fecha de ayer ha quedado grabada en la memoria colectiva de los españoles y en las páginas de la historia que relatan los actos más execrables de barbarie y brutalidad. A medida que el anonimato al que la escalofriante cifra de asesinados conduce a cada víctima dé paso al relato de su peripecia humana, la crónica de la masacre de Madrid se convertirá en uno de los testimonios más inhumanos y aleccionadores sobre el fundamentalismo totalitario como un mal que acecha a la humanidad.

Ayer cada ciudadano pudo identificarse con todas y cada una de las víctimas que acabaron afectadas por las deflagraciones del terror. Esta vez también ocurrió en Madrid. Pero le hubiese podido ocurrir a cualquiera en cualquier otro luga, porque ése fue precisamente el mensaje que los terroristas quisieron dejar escrito mediante tan aterradora destrucción: la extensión de su amenaza al conjunto de una ciudadanía de forma indiscriminada y atroz.

El asesinato colectivo de ayer demuestra hasta qué punto puede llegar a ser cierto que todos los terrorismos responden al mismo patrón fanático; que todos los terrorismos persiguen inocular en los ciudadanos sensaciones de inseguridad que hagan de las sociedades libres comunidades desvalidas y vulnerables ante la intolerancia extrema. Por eso mismo la entereza, la serenidad y el comportamiento solidario de los ciudadanos de Madrid se convirtieron en el testimonio de esperanza firme frente al terror. Son también esa entereza y esa serenidad las que obligan al Estado de derecho a proporcionar a la ciudadanía los mayores niveles de seguridad y confianza que la democracia sea capaz de proporcionar frente al desafío de cualquier amenaza terrorista.

Lo ocurrido delata que quienes protagonizaron el ataque terrorista sólo pretendían provocar el daño causado con la gran tragedia de inhumanidad que conlleva semejante actuación. Por eso mismo sería inhumano e inútil especular sobre las intenciones que albergaban sus ejecutores, cuando la única consecuencia tangible de su proceder es el rastro que queda de sufrimiento humano de las víctimas mortales de los atentados y de sus familiares y allegados. La presunción de que los autores de los atentados terroristas de ayer en Madrid pudiesen actuar motivados por algún ideal político no hace sino mancillar el recuerdo de cuantas mujeres y hombres han sido asesinados.

La cruel matanza de ayer obliga a reforzar la unidad frente a las consecuencias inhumanas de semejantes atentados terroristas, más allá de que la investigación policial en marcha aconseje cautela sobre la imputación definitiva de su autoría. Un dato, que en cualquier caso nunca conseguirá mitigar el inmenso sufrimiento de las víctimas. Pero esta unidad no puede construirse de espaldas a los afectados por la masacre, sino siendo plenamente solidarios y sensibles con su padecimiento, evitando la tentación de que, una vez identificados los cadáveres, los representantes públicos pudieran medir sus pasos en función de una u otra estrategia particular. Nadie puede ser ajeno a las convocatoria de movilizaciones de protesta convocadas, porque no hay nada más necesario que fortalecer un clamor unánime contra un acto de cruel inhumanidad como el que tuvo lugar ayer en Madrid, al margen de cual sea el origen definitivo de su autoría, que la investigación en marcha deberá determinar en última instancia.