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ABC, 14 de Marzo de 2004 EDITORIAL LECCIÓN CÍVICA Y MORAL LA sociedad española, la inmensa mayoría de sus ciudadanos, ha dictado una sublime lección moral de civismo. En realidad, lleva décadas dictándola. No hay en este dictamen nada de complacencia y sí todo de reconocimiento de la realidad de los hechos. Padecer la más brutal agresión no confiere ningún mérito moral al agredido. El valor reside en la respuesta. Y ésta ha sido y es admirable. Son ya treinta años de padecimiento de la brutalidad del terrorismo. Son miles y miles los ciudadanos, todos los que tienen menos de cuarenta años, que han sido forzados a convivir desde que adquirieron conciencia con la barbarie terrorista y a vivir bajo la sombra amenazante del terror. Y han sabido dar siempre, como sus mayores, la mejor respuesta cívica y moral, que no consiste en el desistimiento ni la claudicación, sino en la capacidad de soportar el infortunio y de adoptar la mejor manera de combatirlo: la defensa de las instituciones democráticas y la exigencia de la adopción de todas las medidas que permite el Estado de Derecho para erradicarlo. Que son, por otra parte, además de las únicas morales, las más eficaces. Y no era difícil caer en la tentación de transgredir esos límites políticos y morales. La sociedad española lleva décadas exhibiendo la más alta paciencia y cargándose de la más poderosa razón. Apenas es necesario insistir en la masiva concurrencia a las manifestación convocadas por el Gobierno en toda España en apoyo de las víctimas, en defensa de la Constitución y contra el terrorismo. Sí cabe resaltar la esperanzadora y apabullante presencia de los jóvenes. Ni su generosidad ni sus expectativas vitales son compatibles con la convivencia con el terror. Por eso claman, con el resto de los ciudadanos, por su exterminio. La denuncia del terror supera las fronteras políticas o ideológicas. Como en Auschwitz, los crímenes de Madrid entrañan una cuestión moral, no meramente política. Junto a este ejemplo cívico hay que situar el ejemplo moral de la generosidad y el heroísmo ante el sufrimiento de las víctimas y sus familiares. Deberá transcurrir tiempo hasta que alcancemos a comprender en su integridad la altura de la abnegación que han exhibido los madrileños y el resto de los españoles, sin olvidar, por supuesto, la solidaridad procedente de más allá de nuestras fronteras. España se encuentra, por desgracia, entre los países a la cabeza de los padecimientos de este terrible mal del siglo que es el terrorismo, de ese criminal atentado contra la vida y la libertad. Debe permanecer en la vanguardia de la lucha contra él. Son muchos
lustros de exhibición de prudencia política y ejemplaridad
cívica. Desde los orígenes de la transición, la mayoría
de los españoles han exigido a sus gobernantes que emprendieran
el camino de la reconciliación y la democracia. Y sólo han
apoyado masivamente a quienes han acertado a asumir ese mensaje. Y no
se han desviado de ese camino a pesar de los permanentes desafíos
terroristas. Es tan fuerte ese clamor que incluso los terroristas ocultan
a veces, como en este caso, su atroz responsabilidad. Su sordera moral
no llega hasta permitirles ignorar el dictamen ciudadano. Los españoles
saben que su principal enemigo es el terrorismo separatista de la ETA,
aunque detrás de él pueda haber, y los hay, otros. Los partidos
y los dirigentes políticos que no sean capaces de extraer las consecuencias
de este clamor e intenten confundir a los ciudadanos buscando rentabilidad
electoral recibirán el pago del desdén popular. |