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El Correo, 1 de Agosto de 2004

EDITORIAL

Comisión fallida

La Comisión parlamentaria de investigación sobre el 11-M ha concluido provisionalmente los trabajos, hasta el 7 de septiembre, con más pena que gloria y con visos de que, aunque todavía es posible que se produzcan más comparecencias, ha llegado al final de su recorrido. Es altamente improbable que PP y PSOE, embarazados de forma manifiesta con este protocolo incómodo, quieran prorrogar a comienzos del próximo curso político el penoso espectáculo de impotencia y de incompetencia que ha proporcionado hasta ahora este organismo a los ciudadanos.

El tramo final de las comparecencias -los ex ministros Ángel Acebes, Eduardo Zaplana y Ana Palacio, de un lado; el diputado socialista Alfredo Pérez Rubalcaba y el ministro de Interior, José Antonio Alonso, de otro- ha ratificado la orientación que, desde el primer momento, imprimieron los comisionados de los dos principales partidos a la instancia que debía indagar lo ocurrido antes, durante y después del 11-M. Los representantes del Gobierno saliente, con Acebes a la cabeza, han insistido en reivindicar, todavía hoy, la 'pista etarra', contra toda lógica y a pesar de que no hay una sola prueba o indicio razonable que apunte en esa dirección. Los populares se han esforzado además en defender la transparencia informativa del Ejecutivo anterior tras los terribles atentados. El partido que apoya al Gabinete entrante, en cambio, insiste en denunciar la supuesta manipulación informativa que se habría vivido entre los atentados y la jornada electoral. La opinión pública, que formó lógicamente su criterio tras aquellos acontecimientos, ha encontrado escasas aportaciones para modificar su posición ante esta dialéctica ensordecedora y obstinada. De hecho, y según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas publicada estos días, el 58,1% de los ciudadanos cree que los trabajos de la Comisión de investigación no servirán para aclarar lo sucedido el 11-M. De la decepción de los encuestados habla bien a las claras otro dato, el de que el 72% entiende, a la vez, que los trabajos de este organismo de estudio eran necesarios.

Aunque los partidos han declarado su intención de que las conclusiones del comité investigador se obtengan por consenso, resulta ya evidente que tal desiderátum no se alcanzará, ni siquiera mediante el proyectado debate en el Pleno en el que se discutirán tales conclusiones. Descartada la propuesta del PP de que el dictamen final sea redactado por un relator independiente, que no es aceptada por los restantes grupos, se mantendrán hasta el final las dos versiones de los mismos hechos, para perplejidad de los espectadores y descrédito del Parlamento, incapaz siquiera de describir lo que ya es historia. A esta situación no sería ajena, tampoco, la actuación de algunos diputados de segunda fila que han aportado bien poco ingenio al mayor esclarecimiento del fondo del asunto.

Con todo, el fracaso más grave de la Comisión es, sin lugar a dudas, el hecho de que la ciudadanía continúe sin tener respuesta a varias cuestiones clave relacionadas con el 11-M. La autoría se conoce en sus términos materiales, aunque no en su íntegra paternidad ideológica. Pero se ignora el porqué de los atentados, el cómo fue posible el fracaso de las fuerzas de seguridad del Estado que no detectaron los preparativos de la matanza, pese a estar este país, según parece, sembrado de confidentes; y sobre todo, el qué se está haciendo y se va a hacer para prevenir y evitar más atentados de la misma índole y asegurar la eficacia de las instituciones en la protección de todos los ciudadanos. Las explicaciones aportadas por las nuevas autoridades, y especialmente por el ministro de Interior, no han colmado las expectativas de una sociedad que ahora ha de enfrentarse a dos formas igualmente insidiosas de terrorismo. Apenas se conoce la creación de un Centro de Coordinación Antiterrorista, que aún parece un simple proyecto, y la propuesta de formalizar un pacto entre las fuerzas políticas contra la amenaza del terrorismo internacional no rebasa, de momento, la categoría de los deseos.

Todavía habría tiempo en septiembre de rectificar el rumbo, de tratar de superar el trauma del 11-M y de afrontar el problema de la amenaza que nos sigue rondando, pero es vano hacerse ilusiones. Como en casos anteriores, la Comisión puede desvanecerse en la constatación de que no hay conclusiones unívocas y de que los sectarismos partidistas prevalecen sobre el interés general. Parco favor se le habrá hecho entonces al Parlamento si se consuman estas más que razonables previsiones.