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TERRORISMO
EN EUROPA
La masacre de Madrid se ha convertido en el atentado más
sangriento en Europa occidental tras el atentado de Lockerbie. 21
de diciembre de 1988: un Boeing 747 de la compañía
estadounidense Panam que cubría la ruta entre Londres y Nueva
York estalló en pleno vuelo cuando sobrevolaba la aldea escocesa
de Lockerbie. El resultado fue de 270 muertos. En agosto de 2003,
Libia reconoció ante la ONU su responsabilidad en este atentado.
2
de agosto de 1980: Una bomba hizo explosión en la sala de
espera de la estación italiana de Bolonia y causó
la muerte de 85 personas, además de unos 200 heridos. Dos
miembros de un grupo de extrema derecha fueron condenados a cadena
perpetua.
15
de agosto de 1998: Reino Unido vivió el peor atentado de
los 30 años de conflicto en Ulster. Un coche bomba causó
en Omagh 29 muertos, entre ellos un niño y una profesora
españoles, y 220 heridos. El atentado fue reivindicado por
el IRA Auténtico, un grupúsculo disidente del IRA
opuesto al proceso de paz.
19
de junio de 1987: Un atentado con un coche bomba que había
sido estacionado en el aparcamiento de un centro comercial de Hipercor
en Barcelona causó 21 muertos y 45 heridos. Este atentado
era, hasta ayer, el más sangriento de los perpetrados por
ETA en su historia. |
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El
Correo, 12 de Marzo de 2004
activados
con móviles
Diez
mochilas bomba estallaron en cuatro trenes en apenas tres minutos
El
retraso de un convoy evitó que los terroristas volaran la
estación de Atocha
Los
artefactos contenían unos 1o kilos de explosivo y se activaron
con móviles
AINHOA DE LAS HERAS/BILBAO
El 11-M pasará a la historia como el atentado más
cruento de la historia de España. Los terroristas colocaron
trece mochilas bomba con entre 10 y 12 kilos de explosivo cada una
en cuatro trenes de cercanías de la línea C-2 de Renfe
atestados de viajeros que partieron a partir de las siete de la
mañana de Guadalajara y Alcalá de Henares. Testigos
afirmaron haber visto en la estación de Alcalá a al
menos dos individuos sospechosos que entraban con bolsas y salían
de los vagones, aunque especialistas en la lucha antiterrorista
atribuyen la acción a entre doce y veinte terroristas. Después,
los harían estallar en cadena a través de control
remoto mediante teléfonos móviles, según fuentes
policiales, en las estaciones de Atocha, el Pozo del Tío
Raimundo y Santa Eugenia, estas dos últimas barriadas del
humilde distrito de Vallecas, al Sur de la capital. Diez de los
artefactos explotaron en un intervalo de apenas tres minutos, a
partir de las ocho menos veinte de la mañana. Los otros tres,
colocados en Atocha y el Pozo fallaron, según el ministro
de Interior, Ángel Acebes. La dinamita segó vidas,
desató el pánico en Madrid y conmocionó al
mundo.
Los
artificieros de los TEDAX detonaron después de forma controlada
otros tres coches-trampa que los autores de la masacre habían
colocado con temporizadores en los alrededores de los apeaderos
para asesinar a los sanitarios y policías que acudieran a
auxiliar a los heridos. Al cierre de esta edición, el último
balance elevaba a 192 el número de fallecidos y a 1.500 los
heridos, muchos de ellos trabajadores y estudiantes que acudían
a sus quehaceres diarios en plena hora punta. «¿Por
qué?», era ayer la eterna pregunta que flotaba en el
ambiente sin obtener respuesta.
Pisar
cadáveres
Madrid
empezó a temblar justo a las 7.39 horas. En ese instante
estallaron en Atocha dos trenes: uno detenido junto al andén,
y otro a quinientos metros, en la calle Tellez. El retraso de dos
minutos de este segundo convoy evitó que los terroristas
materializaran su plan de volar por los aires la estación
de Atocha. En el primer tren había una carga en cada uno
de los cinco vagones. Fuentes de Interior citadas por la cadena
Ser situaron ayer en esta unidad a un terrorista «suicida»,
si bien este extremo no fue confirmado oficialmente.
La
explosión sincronizada de seis bombas dentro de la estación
habría multiplicado los efectos demoledores de la onda expansiva
provocando un derrumbamiento, según aseguraron los arquitectos
municipales.
Algunos
supervivientes relataban cómo tuvieron que romper las ventanillas
y pasar por encima de los cadáveres para escapar de aquel
infierno. Los heridos deambulaban desorientados con los rostros
tiznados de polvo y sangre y las ropas rasgadas a jirones. Y describían
escenas terribles, casi «apocalípticas».
Pero,
la pesadilla no había hecho más que empezar. A las
7.41 horas otras dos sacudidas partían en pedazos un tren
de cercanías lleno de pasajeros en la estación de
El Pozo de Tío Raimundo, una barriada de infraviviendas en
una de las zonas más deprimidas de Madrid. En este escenario
se produjo el mayor número de víctimas mortales, 67,
según el balance provisional realizado ayer por Emergencias-Madrid.
Obreros con tarteras, estudiantes con carpetas y madres con sus
hijos en brazos viajaban en el convoy cuando les asaltó la
primera detonación. El vagón central se desintegró
literalmente.
Cuando
huían del amasijo de hierros, otra bomba explotaba en una
marquesina de la estación y les alcanzaba de nuevo, según
explicó Eva, una joven madrileña. El colapso de las
ambulancias, que no daban abasto, llevó a numerosos heridos
a montar en autobuses urbanos para acercarse hasta algún
centro hospitalario.
Casi
simultáneamente, otra explosión retumbaba en el corazón
de la cercana estación de Santa Eugenia, también en
Vallecas. «Ha sido dantesco, una auténtica carnicería:
humo, cuerpos destrozados, gritos de pánico, personas atrapadas
en los asientos y trozos de tren por todas partes», describía
conmocionado uno de los pasajeros.
Entre
el horror, también hubo muestras de solidaridad. Los vecinos
de las viviendas colindantes a la estación se echaron a la
calle para consolar a las víctimas. «Bajaban mantas
y sujetaban con la mano los goteros que los sanitarios colocaban
a los heridos más graves». Otros hicieron cola en los
autobuses para donantes hasta saturar los bancos de sangre.
Los
rumores sobre nuevas amenazas de bomba hacían mella entre
los ciudadanos, que corrían despavoridos de un lado a otro.
«La gente estaba acongojada, triste, como zombie. Todos pensábamos
que nos podía haber tocado. Esos trenes los coge gente que
vive en los extrarradios; muchos van con sus hijos para dejarlos
en la guardería, pero ¿qué clase de monstruo
puede alimentarse así con la sangre de otros?», se
preguntaba Bego, una bilbaína que vive frente a la estación
de Atocha y a la que despertó la primera bomba.
Morgue
de urgencia
Antes
de las ocho de la mañana, las tres zonas azotadas por el
terror ya estaban bajo control policial, el SAMUR había improvisado
un hospital de campaña y los Bomberos buscaban cadáveres
entre los hierros retorcidos de los vagones. Los restos mortales
fueron trasladados a una morgue de urgencia habilitada en el parque
ferial Juan Carlos I de Madrid.
A las
10.00 horas, Madrid era una ciudad fantasma. La 'operación
jaula' desarrollada por la Policía impedía cualquier
intento de abandonar la urbe. La línea 1 del metro y el servicio
ferroviario suspendieron su servicio y las entradas a la ciudad
se colapsaron. El Cuerpo Nacional de Policía localizó
una furgoneta sospechosa aparcada en Alcalá de Henares. Dentro
había siete detonadores y una cinta en la que habían
sido grabados «versículos del Corán»,
según detalló en una comparecencia pública
a las ocho de la tarde el ministro Acebes, para quien todas las
hipótesis sobre la autoría del atentado están
abiertas.
Poco
a poco, a medida que se apagaba el machacón ulular de las
sirenas, el silencio ganó las calles y los madrileños
se refugiaron en sus casas. Desolado, un ministro del Gobierno espetó:
«España ya tiene su 11-M».
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