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El Correo, 23 de marzo de 2004

Megaterrorismo en Madrid

ANDRÉS MONTERO GÓMEZ/PRESIDENTE DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA DE LA VIOLENCIA

El asesinato en masa del 11 de marzo en Madrid quedará alojado en la memoria de la población española, con intensidad multiplicada en las familias de las víctimas más directas, revelando sus efectos a través de toda una serie de procesos psicológicos con una alta variabilidad interindividual. Miedo latente e inseguridad se extenderán en afectación decreciente y paulatina desaparición a medida que observemos círculos menos próximos a los mil doscientos muertos y heridos con sus familias. Más allá de las reflexiones que se puedan realizar acerca de la aparición de cuadros clínicos relacionados con los trastornos de ansiedad (diversas fobias, estrés agudo, estrés postraumático) o del estado de ánimo (episodios afectivos, depresiones), que incidirán sobre las personas más próximas física o afectivamente al epicentro de la matanza de Madrid, podrían aparecer diversos mecanismos psicológicos que, tal vez habiendo contribuido parcialmente a generar algún desorden psicológico, serán responsables de una serie de secuelas -no necesariamente de entidad clínica- en el comportamiento de la población general madrileña a corto y medio plazo.

Uno de los procesos básicos involucrados en la reacción psicológica a los atentados viene determinado por la 'ruptura del espacio de seguridad' en la población. Este proceso, que se observa asimismo en otros escenarios traumáticos como los abusos sexuales a menores por parte de familiares o las agresiones a mujeres por sus parejas afectivas, se desencadena cuando una amenaza rompe súbitamente, desde el interior, las fronteras de un entorno vital definido previamente por parámetros de confianza. Cuando se establece una relación interpersonal afectiva o, en este caso, cuando se confía en que amenazas colectivas de determinado calibre sólo puedan proceder del exterior del espacio de convivencia colectiva de una población, cualquier agresión intensa desde el mismo seno del espacio de seguridad de esa relación (familiar, social o íntima) ocasiona efectos desestabilizadores de suma intensidad, que no pueden ser compensados inicialmente por ningún tipo de defensa. Los efectos inmediatos son un miedo intenso, hipervigilancia, la irrupción de un proceso de desorientación general con embotamiento afectivo y el desmoronamiento de la estructura de referentes personales del sentido de identidad de las víctimas. Esos referentes para la propia identidad, previamente establecidos bajo un escenario de seguridad, pierden su sentido y se convierten en amenazas, que trastocan el sistema de guías vitales de la persona. Los atentados en medios de transporte públicos -red de metro, trenes o aviones- tienen ese pernicioso efecto de desmontar la sensación de confianza que es indispensable para que la población viaje con seguridad.

Tras los atentados de septiembre de 2001 en EE UU, el proceso de desorientación general, la disminución drástica de las expectativas de autoeficacia -aquello que se espera poder hacer con los medios de los que se dispone- y el incremento en la sensación de vulnerabilidad en la población a resultas de la ruptura de su espacio colectivo de seguridad produjeron un movimiento compensatorio inicial dirigido, en primera instancia, a recomponer referentes de identidad para incrementar la seguridad percibida y, en segundo término, a recomponer la capacidad de respuesta por medio de acciones de autoafirmación. El afloramiento de símbolos de la identidad cultural estadounidense -himnos, banderas-, la exaltación de los valores de patria y unidad como refugio, el repliegue interior de la sociedad y la respuesta bélica dirigida a defenderse de un agresor al que pudiera dotarse de un contorno delimitado de amenaza potencial (Afganistán e Irak) constituyeron todas pautas de comportamiento destinadas a restaurar el desintegrado espacio de confianza y a reducir la incertidumbre atribuible a una amenaza difusa.

En España, en cambio, la búsqueda de equilibrio tras el traumático desequilibrio accionado por el asesinato en masa ha tenido menos ribetes simbólicos y ha estado más orientada a la autoafirmación. La externalización del luto a través de banderas con crespón negro ha vestido las ciudades envolviendo un ejercicio masivo de contestación pública en las calles. Del mismo modo, en un coincidencia de casualidad o causalidad ignoradas al menos por el momento, la concatenación de un trauma colectivo con la celebración de unos comicios electorales ha ofrecido a la población una especie de catarsis generalizada. El derecho al voto es el paradigma de conducta colectiva en las democracias, el comportamiento que permite a la comunidad de individuos expresarse sabiendo que sus acciones tendrán una influencia y traducción determinadas y directas. Aunque la variabilidad individual se manifiesta por la opción política elegida, el conjunto del voto comprende una conducta de autoafirmación colectiva de primera magnitud. Estoy convencido de que la inmediatez de la respuesta (la manifestación y después la conducta de voto) tras la agresión (los atentados) ha canalizado de algún modo bastante fluido los procesos emocionales de la población ante los asesinatos.

La influencia que en los resultados electorales pudieran haber tenido las asociaciones mentales implicadas en la ejecución de la conducta, una vez se apreciaban visos de identificación de la autoría de los crímenes, es algo muy complejo de determinar. Afirmar que el triunfo del PSOE es un voto de castigo al PP a causa de los atentados es tal vez tan simplista como negar toda injerencia de los atentados en el voto individual de muchas personas, conociendo que cualquier conducta humana de elección está mediada, de forma compleja, por juicios emocionales. Cierto es que la vinculación entre el apoyo del Gobierno español a la invasión de Irak y los asesinatos de bandas islamistas ya era parte del mensaje que los terroristas trataban de transmitir, pero asumir la relación de causalidad en idéntico sentido en el que se presenta por los asesinos es cuanto menos bastante desfavorable para la contención del fenómeno terrorista en el futuro.

No obstante, entiendo que los resultados electorales no traducen miedo de la población española. Al contrario, son la conjunción de dos procesos paralelos. El incremento de la participación fue la consecuencia directa de una reacción de autoafirmación, dedicada a externalizar la libertad que el terrorismo pretendía subyugar. Por otra parte, la inclinación del voto hacia el PSOE estuvo influida, primero, por una inflación, en este caso muy traumática, de la sensación ciudadana de que Aznar realmente se había equivocado en involucrar al país en la invasión de Irak. Y a esta secuela que la población ya poseía latente desde las manifestaciones antibélicas se añadió como potenciador de la frustración de la población la intensa corriente de opinión generada en torno a la idea de que el Gobierno Aznar estaba, si no ocultando, sí gestionando torticeramente la información sobre los atentados.

Con todo, las posibilidades que ha tenido la sociedad española, sobre todo la madrileña, de actuar emitiendo una respuesta serán muy beneficiosas para aminorar a medio plazo el impacto psicológico de los atentados. Reveladores son en este sentido los desplazamientos a los colegios electorales de personas heridas. En un país desolado por cuarenta años de asesinatos en serie cometidos por pistoleros de ETA, la empatía con el dolor ajeno ha sido extensa y generalizada. El miedo contenido ante la incertidumbre e imprevisibilidad del terrorismo islamista persistirán, y desde luego quedará un importante trabajo de restauración psicológica con varios miles de personas en el cinturón más próximo a las víctimas directas. Sin embargo, no es aventurado ser optimista respecto a la favorable evolución de las primeras repercusiones en la población española. Una sustantiva, a computar en el conjunto de consecuencias, será la interiorización de una noción de terrorismo más ligada a una amenaza global a la sociedad y a un crimen contra la Humanidad, que espero sustituya al grave error de contemplar al terrorismo como un epifenómeno localista y dependiente de conflictos adulterados.