| ¡Basta Ya! | ||
| Publicado en ABC |
| Minutaje para un nuevo partido |
|
A los partidos políticos establecidos más les vale absorber la palpitación colectiva para ir reforzando el calcio de su sistema óseo y la flexibilidad muscular. Integrar nuevas dinámicas mejora sus capacidades de iniciativa y atracción. Como impedimento, la naturaleza de la clase política -según los clásicos- consiste en lograr el monopolio del poder político y filtrar el acceso a la elite, de gobierno o de oposición. La partitocracia genera inercias, indolencia, autismo. Con el intento de crear un nuevo partido -registrado por ahora como Unidad, Progreso y Democracia- lo primero de que se habla es del trasvase de votos que puede generar. En realidad, la primera cuestión debiera concernir al mapa político de España y a las necesidades actuales de la sociedad civil. Nadie pone en duda la libertad de fundar partidos y los hay registrados a centenares, pero lo que intriga es el «tempo» de la nueva iniciativa, su configuración y su sustento. En estos casos, las simpatías se extinguen con más o menos rapidez y lo que queda es la áspera urgencia de constituir una organización, con su aparato y su financiación. Aunque en su íntima oclusión se postule como partido-bisagra o como partido de cuadros, siempre necesitará de una infraestructura mínima, de sus profesionales de la política, de sus tesoreros. Para que todo eso tenga plena cobertura, un nuevo partido requiere de un programa. Si atendemos al precedente más inmediato que es Ciutadans en Cataluña, su programa ha sido de parcheo, algo inconcreto, irresuelto, descoordinado. La razón es sencilla: la rampa de lanzamiento natural de Ciutadans no era la de un partido político, sino la de una asociación ciudadana o un frente de ciudadanía con objetivos muy concretos, tan concretos que no daban el ancho de vía adecuado para lo que se considera la omnipresencia programática de un partido. Es postulable que su trabajo hubiera cundido mejor perfilándose como «liga» o «movimiento» ciudadano en busca de convencer al votante de uno u otro partido sin pedirle el voto, pero con un mensaje -monotemático, si se quiere- que por ser estructuralmente apartidista podía influir en casi todo el hemiciclo. Esas «ligas» imbrican valores, tienen soltura para la pedagogía que los partidos no saben o quieren hacer y al mismo tiempo les condicionan y presionan. De hecho, así es como las sociedades civiles vertebran sus modos de corregir el sistema de partidos. Por otra parte, los partidos de intelectuales casi nunca han plasmado realidades: ocurrió en la Segunda República con «Acció Catalana» o con la agrupación fundada por Ortega. En el caso de Ciutadans, de haber concentrado su quehacer y activismo en torno a la crítica la política lingüística y otras proclividades nacionalistas habría permitido aunar voluntades y ejercer presión específica en los partidos y en las instituciones. Ahora, estar en las instituciones quiebra el potencial primigenio de Ciutadans, con la aparición de grietas en su quilla. A primera vista, Ciutadans está dilapidando de modo fútil los votos recibidos. En el caso de la iniciativa surgida en tierras vascas, aunque el nuevo partido proclame su vocación de alcance nacional, hubo en el pasado un momento de lo más oportuno para constituir en el País Vasco una liga constitucionalista como campo magnético de voluntades democráticas, sin necesidad de fundar partidos, sino con la idea de influir en los existentes. Algún promotor de Unidad, Progreso y Democracia argumenta que al no ser un partido nacionalista podría abrir el melón para la reforma electoral y también reforzar las competencias del Estado. Exótica prognosis cuando a la vez se hacen proyecciones electorales de dos o tres escaños.
Lo que a la sociedad española más falta le hace son diagnósticos acertados y no candidaturas de buena voluntad. Joaquín Costa aspiró a crear un partido nacional pero quizás dio mejores resultados que su análisis del caciquismo influyera en Maura. En la lejanía del tiempo, una izquierda nacional -con esbozo de partido radical- acaba por ser contigua a la izquierda de la que se quiso apartar y que quién sabe por dónde andará en el futuro. Pudiera no ser así, y en tal caso habría que preguntarse de nuevo por qué razón se quiso ser partido político y no elemento más expresivo de la sociedad civil.
|