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ENTREVISTA A MIKEL AZURMENDI

ANTZUELO

Mikel Azurmendi (San Sebastián 1942) es profesor de la UVP, escritor, traductor y conocedor en primera persona de la
persecución política que desde postulados nacionalistas
ha tenido, y tiene, que soportar desde hace bastantes años. Su oposición a las expresiones más violentas e intolerantes de este nacionalismo le han obligado a dejar temporalmente su plaza en la Universidad del País Vasco debido a las constantes
amenazas. Ha trabajado hasta ahora en el Instituto Cervantes de la ciudad marroquí de Tánger.

¿El fallecimiento de Imanol, del que usted era íntimo amigo, fuera del País Vasco pone el foco sobre un exilio poco conocido de ciudadanos vascos, casi un tabú en la sociedad vasca actual?
La sociedad vasca no es consciente de que es testigo de una limpieza étnica y, en eso, comparte alguna similitud con sociedades modernas de máxima crueldad y exclusión, como la nazi-germana, la castro-cubana o la franquista. En su seno ha existido, primeramente, una operación de demarcación simbólica: entre los nuestros y ellos, nuestros contrarios y enemigos, los de Madrid, los españolistas. Toda demarcación ideológica es un poner fronteras y límites de pureza que justifican los peligros en que incurren determinadas gentes impuras: desde la muerte hasta una presencia silente. A esta gente se la ha exterminado, se la ha sacado de los términos de la convivencia pluralista y se la ha expulsado, para siempre afuera, al cementerio o al destierro. El nacionalismo, prefiriendo jugar a víctima, no quiere verse como sujeto agente de esta operación de exclusión social y de liquidación del demos, avanzando inconscientemente ya hacia un ethnos tribal de uniformidad totalitaria. ¿Qué hay de malo en ello? asume imbécilmente el lehendakari. El exterminio en Euskadi no es un tabú, no, sino un momento intenso y prolongado de ceguera tan cruel como estúpida. Del tabú se es consciente siempre y son muy nítidos sus linderos de pureza y peligro, así el del Decálogo de Moisés. Tras el fallecimiento de Imanol, muerto por implosión de tristeza del alma, y el de la última asesina etarra que se suicidó en una cárcel porque su vida ya no la veía con sentido alguno (en ello se equivocaba profundamente, porque siempre podía arrepentirse, pedir perdón y abandonar el campo del verdugo), solamente quedará para la historia la ceguera estúpida de los vascos. Quienes jamás se opusieron activamente al exterramiento de los miles de Imanoles, que se han tenido que marchar, lo han venerado a él como aceptable, pero más que aceptable todavía a ella. El verdugo y la víctima ninguneados, a una no se la deja morir como ella ha querido y se la explota en el peor estilo nazi y, al otro, se le precisa muerto para ser reconocido. En nuestra tierra ya sólo existen hipocresía y estupidez, que son dos caras de la misma moneda de la crueldad.

Se habla de cifras diferentes, que pueden llegar a cientos de miles de personas, pero se conoce muy poco de las experiencias humanas que hay tras esos números. La mayoría no sólo se va, sino que también lo hace en silencio.
No son solamente cifras lo que da escalofrío sino más todavía el desconocimiento culpable de los vascos ante viudas que se han marchado en la ignominia; hijos de asesinados que son mirados con desdén y huyeron; familiares que se ocultan como pueden y fingen. Hay miles de vidas destrozadas y sin sentido porque no comprenden por qué se les asesinó un familiar; pero hay cientos de miles que miran hacia otro lado o incluso hacen concesiones al verdugo para que no les suceda lo mismo. Euskadi es una máquina de desguazar vidas, un vertedero de odio étnico que desintegra el alma.

El "algo habrá hecho" con el que se cubría a muchos asesinados por ETA, tiene ahora su continuidad en "se va porque le da la gana", como forma de ensuciar y ocultar la realidad.
Efectivamente, la última versión de la crueldad es decir que nos hemos ido porque nos ha dado la gana. Lo dijo Arzalluz por mí y algunos otros más. López de Lacalle, Miguel Ángel Blanco, Pagaza, Pedrosa y todos los exterminados también se hubiesen ido la víspera de su asesinato. Certísimo que se hubiesen ido. Jamás se creyeron que un buen día cualquiera de ellos estaba en su último día. Doce días antes de ser asesinado, López de Lacalle no se lo creía, pero yo, que me lo temía, se lo dije. Y se rió y me dijo: "Tú, Mikel, optimista como siempre". Pero, la vida no lo es todo, claro; es para defenderla y dignificarla por lo que hemos inventado los derechos humanos. La vida digna sí lo es todo y las víctimas son quienes, sobre todo, han vivido una vida digna mostrando que había valores por los que seguir viviendo. No existe derecho alguno por el que se pueda suprimir una sola vida humana. Atutxa lo dijo cierta vez, pero era de boquilla, porque él y los suyos viven como viven, tocando poder, gracias al exterminio de vascos que ellos han decidido que no son como ellos. Ez baitira guretakoak, dicen.

¿Se va el que quiere o sólo el que puede? Dicho de otra manera, ¿estamos ante un exilio mayoritariamente de gente con recursos económicos, culturales, profesionales y, por tanto, hay mucha más gente que desea irse, pero no puede por falta de medios?
Debe de estar sucediendo con los vascos lo que con los millones de africanos que ahora mismito se vendrían hacia nosotros porque aspiran a una vida más digna. Se irían todos los vascos no nacionalistas de saber que, en Euskadi, fuese a haber alguna vez alguna especie de masacre o noche de cuchillos largos. Y, por supuesto, se marcharían de saber que alguno de su familia iba a ser asesinado. Lo que sucede es que ese miedo vuelve más deseable la vida y hace que la gente aparezca, incluso al votar, como de aspiración nacionalista. Yo ya tengo sobrinos que ejercen su profesión fuera de Euskadi y se han separado de sus padres. Marcharse de su tierra es muy duro para cualquier ser humano. Y buscarse la vida no es nada fácil; pero los universitarios estamos siendo posiblemente más beneficiados que el resto de excluidos.

Hay exilios que se disuelven, como referencia política, una vez que son acogidos por sus nuevos hogares. Otros forman una cierta resistencia, mantienen capacidad de influencia política. ¿Dónde nos encontramos?
Lo mío, lo de Imanol y otros no es un exilio, sino un ex-terramiento forzado por haber querido vivir con más dignidad, no teniendo que estar a diario preocupados con asegurar como sea un día más de vida, sino con buscar condiciones óptimas de libertad y creatividad. Imanol y yo fuimos españoles de convencimiento; yo lo sigo siendo todavía, un vasco que se siente tan español como uno de Murcia y tan europeo como Stephan Zweig, otro perseguido por los nazis. A lo largo y ancho del país, en nuestras relaciones humanas, Imanol y yo hemos ido encontrando intuiciones, sentimientos y pulsiones de fraternidad, simpatía y amor para confirmar aquellos nuestros argumentos pro-españoles. Desde 1968, a mí se me pasó completamente el odio a lo español; a Imanol, al inicio de los 70 (y yo intervine activamente en ello) pero nuestra referencia política en el exilio francés no fue solamente España sino también Francia, concretamente la integración social de los inmigrantes. Lo que Imanol y yo pasamos en Francia durante el franquismo sí fue un exilio, pese a todo: nuestra meta era volver a Euskadi, cambiar sus condiciones de libertad y justicia. Hasta ayer, seguíamos luchando contra la exclusión y por la libertad de realizar cada cual su propio proyecto de vida. Hemos resistido hasta hoy ambos; en mi proyecto de vida está el seguir viéndome como resistente. Un día será mi último día y me gustaría haber logrado algo, mejorar en algo la situación cultural, social y política vasca. Imanol fue hasta su último día un resistente contra la exclusión; por eso luchó hasta el último aliento contra el nacionalismo aun teniendo muchos amigos nacionalistas. "¿Dónde nos encontramos?" me pregunta, pero es una pregunta insoluble porque el exterramiento es un asunto eminentemente privado; solamente existimos como exterrados, uno a uno, aspirando únicamente a una vida personal con dignidad. No existe conjura alguna de algún colectivo desde el exilio o desde el destierro.

Es curioso que Madrid, ciudad satanizada por el nacionalismo vasco, sea uno de los lugares escogidos por muchos para seguir la vida con algo más de tranquilidad y/o alegría.
Lo es, ciertamente, porque Madrid es la ciudad más cosmopolita e incluyente del extraño que existe en España y, también, en Europa. Madrid es un amasijo de gentes venidas de toda España, primero; y, ahora, un melting pot de gentes de todo el mundo. Se vive y se deja vivir. Pero vivir es difícil en Madrid, dado el vértigo de las relaciones laborales y la velocidad de lo cotidiano. El nacionalismo vasco es falso hasta en ese icono del enemigo, Madrid. Es un viejo icono sabiniano que aún siguen alentando como lelos, pero los parlamentarios nacionalistas y cualquier persona sensata vasca sabe que cuando quiere disfrutar de libertad para hacer lo que le venga en gana, desde hacer el amor, follar, ver arte y hasta hacer algún negociete, se tiene que venir a Madrid. El nacionalismo es falso por sus cuatro costados y algún día caerá como cayeron todas las mentiras que han sostenido al poder moderno.

¿Es posible que al hablar de exilio por marchar de una parte de España a otra no se esté haciendo un poco el juego al nacionalismo? ¿De nuevo la injusticia de algunas palabras casi sin darnos cuenta?
No lo sé. Creo que "exilio" no es un buen término para describir lo que nos pasa. "Exterminio" es más apropiado: o te matan o te vas, es decir, te ex-territorializan. Euskadi ya no es demos, sino ethnos y su territorio es ya EuskalHerria, es decir, un no-lugar, algo que no existe realmente sino sólo en la imaginación de los nacionalistas. Ese territorio no es un espacio ya, sino un tiempo de delimitación semántica del nosotros/ellos, un tiempo de expurgo, un tiempo para impedir ser diferente y perseguirte. Los nacionalistas lo llaman "construcción nacional", es decir una duración en obra permanente, en expurgo ininterrumpido.
A nosotros nos sacaron de EuskalHerria, por mucho que hablásemos eusquera en familia, hubiésemos hecho la tesis doctoral en eusquera y estuviésemos impartiendo docencia en eusquera o dando en castellano clases sobre "Cultura vasca". Más de una docena de octavillas diciéndote que eres un profesor colonialista y que no te saldrá gratis tu manera de ser. Pintadas a decenas en las que tu nombre está situado como punto de mira de un fusil. Tu nombre arrancado de la puerta de tu despacho de facultad. Nadie te defiende; todos miran hacia abajo cuando se cruzan contigo. Y te plantan el último aviso, que ya esperabas, en forma de bomba en tu casa. Éramos ya vascos fuera de la tribu, abyectos enemigos, "alemanes de Mallorca" en una versión más pícara. Y algunos nos marchamos de ese exilio real que era vivir en Euskadi. Nosotros, los ex-terrados, no somos exiliados, no. Los exiliados son los que han huido hacia dentro de sí mismo y siguen machacados viviendo en Euskadi. A ellos, mi saludo y reverencia. Y, sobre todo, agradecimiento.

Tras la muerte de Imanol se ha hablado y escrito de su situación, pero algunos lo han hecho con guantes de cirujano y espíritu amnésico, sin ponerle nombres ni circunstancias a esa marcha..
Yo no quiero atacar a las personas que han sido hipócritas y estúpidas: sólo me interesa fustigar sus motivos y señalar en la medida de mis fuerzas los puntos en los que se apoya su crueldad. Con Imanol el nacionalismo ha sido despiadado. Ana Urchueguía, Totorica y algún edil socialista más le han echado un cable institucional. Sus amigos, un puñado nada más, nacionalistas y no nacionalistas, sí le han ayudado material y moralmente.

¿La espalda del nacionalismo gobernante y la de los partidos que lo conforman hacia esta marcha de ciudadanos vascos tiene un carácter político o también humano?
Dar la espalda a la ciudadanía que no es "de los nuestros" y se ex-terra implica, antes que nada, haber consentido en señalar linderos y términos para distinguir quién es quién y situarlo; implica, además, haber justificado que "por algo" les sucedía lo que les sucedía. La última crueldad de dar la espalda a quien lo deja todo y se larga va precedida de un sinnúmero de actos de exclusión, simbólica, ideológica, política y moral. Dar la espalda es una cosa, pero ¿regocijarse? ¿decirle a su hijo "que se joda tu viejo" o "uno menos"? La miseria moral del nacionalismo es de la misma especie que la de aquellos nazis que cuando veían desde los visillos de sus ventanas detener a vecinos judíos y meterlos en camiones, echaban la cortina gorda y se ponían a contarle cariñitos a su canario. Hoy pesa todavía en la conciencia alemana esa miseria moral y, desde algún día próximo, comenzará a pesar también en la conciencia de los vascos. Y de los hijos de nuestros hijos.

Tras un hipotético final de ETA, ¿no asistiremos a la petición de amnistía para los asesinos como equiparación con el regreso de las víctimas?
No es sencillo imaginar el futuro de ETA. Pero cualquier solución en la vía de la conciliación pasará por que los presos pidan perdón por lo que han hecho, muestren ostensivamente que no lo volverían a hacer y se pongan a disposición de la piedad de la ciudadanía. Lo que en justicia se le debe a las víctimas (no se olvide que mil víctimas no volverán del cementerio, ni miles de familiares regresarán con sus asesinados, ni cientos de protésicos y traumatizados recobrarán su salud), lo que es justo que la sociedad les implore a las víctimas es que sea perdonada por ellas y que, según el nivel de arrepentimiento, les pida que cedan en sus derechos de satisfacción y justicia. La amnistía que haya habrá de ser individual, basada en casos particulares de compunción y contrición.
Está claro que los actuales agentes de paisano de ETA, camuflados de batasunos o de lo que fuere, habrán de ser los agentes que más se signifiquen en pedir perdón a la sociedad vasca que han desintegrado. Todo esto es muy difícil de imaginar todavía porque, para empezar, ni el bloque PNV-EA ha aceptado este diseño de final de justicia. Recuerde lo que dijo Egibar al final de los 90, cuando se iba hacia Estella: "No queremos la derrota militar de ETA pero, tampoco, la derrota política de HB".

Usted es profesor en la UPV y tuvo que irse por las constantes amenazas del mundo radical y pro-ETA. ¿Qué le parece la más que probable realidad de que veamos antes el regreso de los asesinos de ETA a las virtuales aulas de la UPV que el suyo a la docencia en esa misma universidad?
Yo quisiera que mañana mismo pudiesen los asesinos de ETA venir a estudiar a la universidad, porque hayan pedido ya perdón hoy mismo y se hayan arrepentido profundamente, etc. Quisiera creer que los colegas nacionalistas de la universidad ahora mismo hicieran lo propio para ir yo junto a ellos, pero ¿no va precisamente en esta dirección el Plan Ibarretxe, verdad?¿Cree que PNV-EA-Aralar-Batasundia quieren que yo vaya a la universidad mañana mismo con el mismo nulo riesgo que ellos pasean hoy en las aulas?
Esas son preguntas que solamente pueden ser contestadas por ellos. Y las deberían contestar afirmativamente, antes de proponernos ninguna mejora constitucional, autonómica o de referéndum, si quieren que realmente nos creamos que están por la solución de este problema de la exclusión social y la total desintegración cívica de ésta, nuestra tierra.