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DEL
MILHOJAS
AL
MILOJOS
P:
Nació en San Sebastián en 1951. ¿Qué
recuerdos guarda de su infancia y de su juventud?
R: Todos buenos. Cuando vuelvo a San Sebastián, me parece
que siempre he vivido en San Sebastián. Tengo la impresión
de que no la he dejado. He podido estar a lo mejor cuatro o cinco
meses sin pisar la ciudad, pero cuando lo hago tengo la sensación
de que tengo que ir a Oquendo 2, que es mi casa. Nunca he tenido
la sensación de lejanía. Es curioso. Ahora lo que
me pasa es que, a veces, cuando paseo por San Sebastián,
me invade algo tremendo, un sentimiento de nostalgia, será
la edad... Siempre he tenido ese buen recuerdo de San Sebastián,
que hace que nunca haya estado lejos de ella. Durante los años
de gobierno, siempre tuve la sensación de que la víspera
estaba subiendo la cuesta de Aldapeta. San Sebastián es mi
ciudad, no tengo otra. Puedo vivir en otras ciudades, pero esta
es la ciudad de mis recuerdos, de mi niñez. Yo todo se lo
debo a San Sebastián:a mis padres, a mi educación,
a mi colegio, a mis amigos
P: Entre el San Sebastián de aquella
época y el de hoy en día ¿ve muchos cambios?
R: Yo creo que ha habido defectos que siempre han estado en San
Sebastián. No sé si los hemos superado, creo que no.
Es una ciudad tan bella, tan bonita, que es como si estuviese excesivamente
satisfecha de sí misma. Hay un déficit de ambición
en casi todos los terrenos. Se vive tan bien, es tan cómoda
y tan hermosa, que al final falta algo muy importante en la vida
que es el esfuerzo. Y falta ambición profesional. Esto ha
pasado siempre. Demasiado satisfecha quizá con contemplarse
a sí misma. A esto hay que unir que durante muchos años
no tuvo universidad. Aunque eso tenía una ventaja para los
donostiarras: que teníamos que salir. Era una inmensa ventaja,
al menos en mi caso. Estoy feliz de haber vivido en San Sebastián,
de haber estudiado el bachillerato en los Marianistas, pero he de
decir que también estoy muy feliz de haber tenido que estudiar
fuera. Acabé estudiando en Valencia y para mí fue
un conocimiento de otra cultura, de otra forma de ser, de otra manera
de entender la vida. Y eso es muy positivo.
P: Si viviera usted en libertad y pasara
unos días en San Sebastián, ¿qué le
gustaría hacer?
R: ¿A mí? Pues hacer solo lo que ahora no puedo hacer
solo. Por ejemplo recorrer exactamente los mismos trayectos que
hacía de niño. Y no lo puedo hacer, porque, en el
fondo, cuando paseo por San Sebastián, voy tan rodeado y
tan protegido que eso no es paseo, es otra cosa
Eso tan sencillo
y tan elemental de salir un día de la calle Oquendo para,
entre calles, subir Aldapeta y volver por la Concha, es lo que me
gustaría hacer.
P: ¿Nos deja ser frívolas
un rato?
R: Sí, sí
P: ¿Cuándo no usa corbata?
R: El domingo. En mi casa. Con mi familia. Estoy mucho más
cómodo, pero me cuesta mucho en los actos públicos
quitarme la corbata, porque tengo la sensación de ir disfrazado.
Además, sé que la gente, para asistir a un acto público,
se arregla y a mí me corresponde hacer lo mismo por respeto.
Aznar siempre dice de mí que cree que nací con corbata.
Hay personas que dicen que te aleja de la gente, pero creo que en
esto cada uno tiene que ser como es.
P: ¿Elige usted su ropa?
R: Tengo tan poca variedad
Mi mujer me compra la ropa alguna
vez porque exactamente sabe cuáles son las dos o tres cosas
que uso. Reconozco que no gasto mucho tiempo en esto. Soy de gris
y azul marino.
P: Su postre favorito.
R: Mi postre favorito son todos. El recuerdo que tengo de los postres
en San Sebastián son los de la Nicolasa. Había una
cosa maravillosa que era una especie de surtido de postres: el huevo
mol, el tocino de cielo, el helado de chantilly. Yo he sido siempre
muy goloso. Ahora ya tengo que limitar los postres. Había
y hay una pastelería en Ordizia que se llama Unanue que era
espectacularmente buena. Allí había una cosa maravillosa
que es el ponche. Nosotros veraneábamos hasta el año
63 en Ordizia y nuestra casa, cosas de la vida, estaba enfrente
de la de Múgica Garmendia "Artapalo" y un poco
más a la izquierda la de Goiburu Mendizábal. Fijaros
si éramos golosos que íbamos todos los días
a misa en verano o a las 8 o a las 8'30 de la mañana y a
la salida parábamos en la pastelería Unanue, en la
vieja, en la que estaba al lado de la parroquia, no en la nueva
que está en la calle Mayor, y ahí nos daban la posibilidad
de comernos dos pasteles. Así estábamos de hermosos
todos. Siempre había una discusión entre los primos,
entre los que eran de las bombas y los que éramos de los
milhojas.
P: Tiene usted ojos bonitos, ¿por
qué no los explota?
R: Lo que tengo son ojos miopes, una miopía de 5 dioptrías
en cada ojo, que ha ido creciendo poco a poco. No sé si tengo
los ojos bonitos o feos, pero en cualquier caso me han servido para
ver muchas cosas en el País Vasco, buenas y malas.
P: Una situación romántica.
R: El primer recuerdo que tengo de Isabel, paseando por Larraitz
un 14 de noviembre de 1979.
P: Un libro.
R: Uno que descubrí hace cinco o seis años, El arte
de la prudencia de Baltasar Gracián.
P: Una película.
R: Lo siento, pero para mí Casablanca sigue siendo la película.
También El tercer hombre.
P: Un lugar.
R: San Sebastián.
P: Una manía.
R: En el colegio me comía las corbatas. Bueno, hay gente
que se come las uñas
yo me comía las corbatas.
La he superado. No tengo ninguna manía.
P: Un vicio.
R: De los vicios queda el puro después de comer y después
de cenar.
P: Hablando de vicios, cuéntenos
un poco cómo se le ocurrió meterse en política.
¿Cuándo y qué le impulsó a ello? ¿Por
qué en la UCD?
R: Hubo una relación muy personal con Marcelino Oreja en
aquellos años que a mí me hizo vivir con intensidad
la transición democrática en España. Yo no
tenía ninguna condición para estar en política:
no me gustaba hablar en público, siempre he sufrido haciéndolo,
rehuía las reuniones sociales, yo no era divertido, siempre
he sido aburridísimo, las pandillas eran para mí un
aburrimiento absoluto
¿A mí qué me gustaba?
Disfrutaba recorriendo los pueblecitos de Gipuzkoa, de una buena
película, es decir yo no tenía las condiciones de
un político. En un momento dado, se producen dos cuestiones
en mi entorno. La primera es que estudio la carrera de Ingeniero
Agrónomo pero al final me doy cuenta de que me interesan
otras cosas y voy buscándolas progresivamente, haciendo la
carrera de Derecho, una actividad que a mí me pueda satisfacer
más. La segunda cuestión, y simultánea, es
una cierta pasión por el proceso político que vivimos
en España y empiezo a sentir el gusanillo de la política.
Fue una conjunción extraña. Pocas personas en mis
circunstancias se habrían decantado por la política.
Hay un factor de azar. En aquellos tiempos, en San Sebastián,
nadie quiere ser de UCD, del partido del Gobierno. Yo tengo veintitantos
años y me presto a colaborar en esa tarea.
P: Parte de su juventud transcurrió
durante los últimos años del franquismo. ¿Cómo
vivió usted aquella época?
R: Estuve hasta el año 68 en San Sebastián. En aquel
momento los que no pertenecíamos a una familia muy determinada
por la política no vivíamos la política. En
el colegio nadie hablaba de política, aunque yo descubrí
la ikurriña en el pupitre de un compañero de clase.
En mi casa no se había vivido la pasión de la política.
Es verdad que la decadencia del régimen anterior se vive
a partir del año 68, en el que yo salgo fuera a estudiar.
Paso el curso en Valencia y los veranos en el extranjero. Casi no
piso San Sebastián, salvo en Navidad y Semana Santa. No vivo
ningún ambiente político especial, aunque tengo la
preocupación desde el año 75 de favorecer la transición
y me incorporo realmente a ella el año 77.
P: ¿En la Universidad tampoco?
R: Apenas. Yo estoy estudiando en una Universidad Politécnica
de Valencia y en general en este tipo de universidades siempre hay
una tendencia a estar un poco más alejados de la política.
Nosotros vivimos los residuos del franquismo y a modo de ejemplo
diré que en esa época en la escuela de agrónomos
no hubo más que dos huelgas en ocho meses. No viví
en Valencia una situación politizada, tampoco mi familia
era nada política, mi padre era un ginecólogo de San
Sebastián muy poco introducido en lo que era el interés
político. Era un señor que se ocupaba estrictamente
de su tarea profesional y poco más. Ahora es verdad que nunca
me enseñaron en casa a tener una posición de odio
ni de visceralidad anti nada. No se hablaba de política en
casa.
P: ¿En que año fue usted
Delegado del Gobierno en Euskadi?
R: De 1 de Agosto del 82 al 3 de Enero del 83. Había que
sustituir al primer delegado de gobierno que era Marcelino Oreja
siendo gobernador civil de Gipuzkoa Pedro Arístegui. De una
manera un tanto extraña el ministro Rosón y Calvo
Sotelo pensaron que no valía la pena cambiar a los gobernadores
de sitio por unos meses y decidieron nombrarme a mí para
ese cargo. Fue en realidad algo testimonial porque al poco tiempo
Calvo Sotelo disolvió el Parlamento, por lo que fui más
tiempo, casi, delegado de gobierno con los socialistas que con UCD.
Fue una situación totalmente provisional y transitoria en
mi vida.
P: ¿Cómo se encaraba, en
el final de los 70 y principios de los 80, bajo los gobiernos de
UCD, el "problema vasco"?
R: Creo que absolutamente a la defensiva. Los recuerdos que tengo
del año 80 y 81 son estremecedores. Sobre todo hubo un momento
en el 80 en que tuve la sensación de que me iban a matar,
porque habían matado al número dos y al número
tres de mi lista. Tuve, además, varios incidentes. Incluso
se detuvo a un comando informativo en la calle Oquendo en el momento
en que yo estaba entrando en casa y se produjo una escena de película
policíaca. También tuve la suerte de que en un paseo
que hacía entre San Sebastián y Orio me escapé
de un intento de atentado. En aquel momento, en que todavía
era soltero y vivía aún en la calle Oquendo, recuerdo
que por las noches tenía una sensación que luego he
podido identificar como miedo. Era un desasosiego como no he vivido
nunca. He aprendido lo que es el miedo. Es la sensación siguiente:
aunque tengas las ventanas de tu habitación cerradas no estás
tranquilo por la noche. Eso es lo peor que te puede suceder, que
ni siquiera en tu casa y con las ventanas cerradas puedas estar
tranquilo.
El recuerdo que tengo de aquella época era la necesidad de
defendernos. Era como una especie de botella de champán que
había salido con una fuerza enorme y que algunos nos cogía
en plena efervescencia. Y los gobiernos de UCD se colocaron a la
defensiva, algo así como "vamos a ver si las cosas en
el País Vasco no nos impiden la transición a la democracia
en el conjunto de España". Pero a la UCD del País
Vasco nos obligaban a una posición de claudicación
permanente al nacionalismo. El Estatuto tenía que ser para
los nacionalistas. Recuerdo que cuando elaboramos el Estatuto, nosotros
lo defendimos y, en contra de lo que dice Arzalluz, hicimos campaña
en su favor. Pero a nosotros la propia UCD nos recortó el
presupuesto para actividades en el País Vasco a cifras testimoniales
porque consideró el partido que el Estatuto lo tenía
que capitalizar el PNV. Yo era Secretario General de la UCD vasca
y doy fe de que en aquel momento se creyó que para que saliese
bien el Estatuto tenía que ser un instrumento de los nacionalistas
y en la medida en que nosotros apareciésemos excesivamente
eso significaba que iba a tener un peor resultado. Nosotros hicimos
una campaña con un presupuesto infinitamente inferior al
que pedimos, por ese tipo de razones estratégicas. Nosotros
teníamos muy poca fortaleza política en aquel momento
en el País Vasco. Recuerdo que hubo una disposición
adicional que luego fue conflictiva en el Estatuto. Desde el País
Vasco nosotros anunciamos que no podíamos apoyarla, porque
era una disposición demasiado abierta y entendíamos
que había que referirla más a la Constitución.
Por eso decidimos que íbamos a votar sí al Estatuto,
pero manteniendo una reserva ante esa disposición y, sin
embargo, desde Madrid nos "forzaron" a votar que sí
sin ningún tipo de reservas. La sensación que teníamos
era que nosotros aquí no existíamos. Eso que dijo
Arzalluz el otro día de que "estos no tienen ni sedes",
"no son vascos" no es nuevo. Esa sensación la sentíamos
entonces. El complejo se había apoderado de nosotros
P: ¿Cómo describiría
la transición ideológica desde aquellos planteamientos
hasta la reciente ley de partidos?
R: Ha habido un proceso que creo que es positivo para España
y que es la fortaleza democrática que no se había
producido en otras etapas. No había habido tiempo nunca en
España para fortalecer democráticamente sus instituciones
y su Constitución. Lo que se ha producido es una superación
de complejos gradual, progresiva. La historia de la lucha contra
el terror en el País Vasco ha sido consecuencia de impulsos
de instituciones y de la movilización de la sociedad. En
la democracia tenemos que tener sólo la limitación
de la Ley y con la Ley no hay que tener complejos en su utilización
y aplicación. Una democracia tiene que tener una Ley pero
una Ley eficaz. La Ley de Partidos viene a ser como la síntesis,
la culminación de la pérdida de complejos para abordar
un fenómeno como el terrorismo. En el País Vasco se
están dando pasos progresivamente. Hace un año presentamos
una alternativa democrática al nacionalismo. La Ley de Partidos
es otro paso. El decir que la alternativa democrática, en
el País Vasco, es España también tiene que
ser otro paso adelante. Cuando haya que articular una mayoría
frente al independentismo planteado Ibarretxe, la alternativa democrática
se llama España y eso está en la propia esencia del
País Vasco, en mi opinión. No es una realidad ajena
al País Vasco. La transición española es un
verbo: transitar. El proyecto del año 82 de los socialistas
es otro verbo: cambiar. Y si hubiese que definir nuestra etapa en
el gobierno lo haría con el verbo fortalecer. Transitar,
cambiar y fortalecer democráticamente España. Este
es el resumen de lo que han significado los tres periodos (UCD,
PSOE y PP) de los gobiernos de España.
P: ¿Cómo explicaría
el fenómeno que se ha producido de asentamiento del odio
en una parte importante de la sociedad vasca?
R: Yo creo que en el nacionalismo vasco solo hay dos realidades:
PNV y ETA. No hay más. El PNV es esencialmente la ambigüedad
y la mentira y ETA es el crimen. La asociación de mucha mentira
y de mucho crimen produce una sociedad muy debilitada. En el País
Vasco en estos quince o veinte años se ha ido debilitando
la sociedad. Creo que el problema vasco es esencialmente una mentira
histórica. Una mentira sobre nuestra historia. Cuanto más
histórica es la mentira, más cómplices tiene
que tener en el presente. Para sostener una mentira histórica
necesitas mentirosos y criminales en el presente, porque es una
mentira que se tiene que imponer como sea. En estos momentos en
el País Vasco el crimen y la mentira coinciden en un proyecto.
Coinciden en Estella y su portavoz es ETA, que en el comunicado
aquel de septiembre del 98 dice que el PNV y EA están con
ellos, pero que ellos, ETA, son los portavoces y además ofrecen
un cese indefinido de la violencia. Hoy es el mismo proyecto con
la diferencia de que el portavoz es el Lehendakari y lo solemniza
en el Parlamento Vasco y además no hay ninguna esperanza
de que ETA vaya a dejar de actuar, al revés, el PNV asume
el valor de la ruptura de ETA como propio y eso lo que produce y
producirá en ETA, más que nunca, es un deseo de demostrar
que en esa ruptura quien manda es ETA. La lógica está
en que ETA, aunque está muy debilitada orgánicamente,
aunque tiene menos comandos, tiene la victoria política que
le ha dado el PNV diciéndole que tenía razón.
Que la calculada ruptura es lo que había que haber hecho.
Eso es lo que hace que ETA diga que en este momento es cuánto
hay que actuar.
P: ¿No cree que están pactando
una tregua?
R: Yo creo que hoy por hoy todavía ETA va a querer maltratar
al PNV pero matándonos a los demás. Maltrata políticamente
al PNV matándonos a los constitucionalistas.
P: ¿Qué hemos hecho tan mal
los constitucionalistas para haber llegado a esta situación?
R: Yo tengo esperanza. Yo creo que al final el País Vasco
urgirá una alternativa. Hay que seguir y creo que estamos
en la buena dirección. En una situación de crimen
y mentira, los demás no hemos tenido el valor suficiente
de alzar la voz. Por eso todos somos culpables, nosotros por cobardía
y silencio.
P: A día de hoy, ante el desafío
institucional del Gobierno y del Parlamento vasco, ¿cuál
es la actitud que debe adoptar el Gobierno de España para
defender la legalidad?
R: No olvidemos que la iniciativa sigue estando en el Estado de
Derecho y que lo que hace falta es que esa iniciativa tenga lugar,
porque no ha hecho nada más que empezar. Se han cerrado sedes
de Batasuna. Hay un macroproceso en la Audiencia Nacional contra
el mal llamado entorno de ETA. Está pendiente el proceso
de ilegalización de Batasuna en el Tribunal Supremo. En definitiva
nos tenemos que fijar más en la ejecución de nuestra
iniciativa y en que se sostenga en el tiempo, más que en
la falsa iniciativa que para contrarrestar la nuestra ponen los
nacionalistas encima de la mesa. Por lo tanto primera cuestión:
nuestra iniciativa. Segunda cuestión: a cada iniciativa contraria
que desborde el marco constitucional, una respuesta con la Ley en
la mano, desde el Gobierno, desde el Estado o desde el País
Vasco o desde Álava o desde la Diputación de Álava.
No nos equivoquemos: nosotros primero tenemos que comprometernos
a que nuestra iniciativa sea una realidad y que la impunidad de
los verdugos en el País Vasco termine. Además, para
cada una de las medidas fuera de la ley que propongan los nacionalistas,
habrá una respuesta desde la legalidad. Si al final hay un
desbordamiento global, se aplicarán los instrumentos constitucionales
previstos. El Estado de Derecho tiene que dar una respuesta pero
no puede ahorrarnos a los constitucionalistas vascos el mal rato
y el sacrificio de emerger, de crecer y de fortalecer la alternativa
en el País Vasco.
KATUARRAINAK
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