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NOSOTROS CREEMOS A IBARRETXE

Ignoramos a estas alturas si el lehendakari se toma vacaciones alguna vez y si habrá querido olvidarse siquiera unos días de su dichoso Plan, lo que podría ayudarle a percatarse de que hay muchas otras cosas en el mundo que interesan a la mayoría de los vascos y las vascas, como por ejemplo, y sin salir de casa, conseguir la derrota definitiva de ETA y garantizar las mismas libertades y la misma seguridad a toda la ciudadanía, sin necesidad de comprar un carnet de su partido o del de sus socios. Pero nada de esto parece probable. Del terrorismo, Ibarretxe apenas ha dicho nada que no sea otro tópico vacío, y nada en absoluto sobre la necesidad básica de que todos tengamos las mismas libertad y seguridad. Eso sí, ha aprovechado los foros y fotos disponibles en julio y agosto para reclamar la retirada del Pacto Antiterrorista y reiterar que él, por su parte, nunca retirará su Plan (nada sorprendente: es sabido que aquí los únicos que deben retirarse, retractarse y callarse son los constitucionalistas). Ibarretxe persevera en la intención de votar su Plan este otoño en el Parlamento vasco, y convocar a continuación unas elecciones autonómicas donde el tema estrella sea la celebración de un referéndum inconstitucional e ilegítimo, celebrado bajo el chantaje y la amenaza terrorista, pero presentado en sociedad como la panacea de todos los males imaginables.
La consumación del referéndum tendría muy graves consecuencias, pero para los nacionalistas ofrece la ventaja de que materializaría como un hecho consumado esa soberanía ilimitada y a la carta que pretende instituir el Plan. Es el tipo de pasos adelante decisivos que ETA reclamó en 1998 para declarar la tregua-trampa y suscribir el Pacto de Lizarra, y cuya presunta falta le sirvió para justificar la vuelta al asesinato. De manera que parece sensato interpretar la estrategia de Ibarretxe como otro nuevo intento de convencer a los etarras para alguna clase de tregua, haciendo de su Plan un camino hacia la paz (nacionalista, se entiende). Las encuestas disponibles prevén que la mayoría de los ciudadanos vascos estarían dispuestos a votar en un referéndum así, aunque fuera ilegal. La pobre cultura democrática que nos aflige en Euskadi desde hace tanto tiempo juega a favor de Ibarretxe, que tiene fácil conseguir la aprobación de sandeces como la de que "los vascos serán lo que quieran ser, sin que nadie pueda o deba oponerse a su voluntad", o el ubicuo y necio "¿qué hay de malo en ello?".
Impedir que los planes de Ibarretxe lleguen a materializarse corresponde al gobierno del Estado. Naturalmente, habrá que explicar entre todos por qué el Plan y el referéndum son ilegítimos, peligrosos e impresentables, por qué son un chantaje político que rompe en dos a la sociedad vasca. Pero la responsabilidad última de impedir ese atrabiliario experimento es del Estado, y en concreto del Gobierno nacional. Es el Gobierno el que tiene la autoridad, la potestad, la legitimidad y los medios para proteger el bien común y poner en su lugar a quien amenace ponerlo en peligro con algo más que palabras. No sería muy sensato esperar a que un mal anunciado se haya producido para penalizar al culpable y restituir la normalidad.
El Gobierno de Rodríguez Zapatero debería compensar el mensaje de Ibarretxe, tan peligroso como perseverante, con otro no menos nítido y preventivo: uno que dejara claro que no se piensa tolerar -no lamentar o deplorar, sino tolerar- un desafío como la celebración de un referéndum ilegal convocado bajo la sombra de un grupo terrorista en activo que pretende destruir toda oposición al nacionalismo. Naturalmente, este mensaje tendría más credibilidad si todos los partidos constitucionalistas dejaran claro al PNV, EA e IU que no habrá gobierno conjunto con ellos si no retiran el Plan Ibarretxe. Y es aquí donde comienzan los problemas. Porque no es éste el mensaje que algunos están emitiendo. Quitar importancia a cosas como el concepto de nación, promover el regreso de los etarras presos a la UPV, frivolizar con los pleviscitos o especular a estas alturas con la disponibilidad al pacto de un invisible "nacionalismo moderado y autonomista" -que le pregunten a Joseba Arregi-, es sencillamente temerario. Ibarretxe ha demostrado una y otra vez lo lejos que está el nacionalismo gobernante de toda concepción pragmática, consensuada y moderada de la política. Ha dicho claramente que su único objetivo político y existencial es devolver al pueblo vasco la soberanía a la que, según él, tendría derecho inalienable por esa voluntad indomable de ser como es, procedente de la prehistoria una de cuyas expresiones, y no otra cosa, es ETA. ¿Qué esperan algunos para creerle (y pararle)?