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BALANCE
DE LA SITUACIÓN
El tiempo transcurrido desde las elecciones generales que otorgaron
el triunfo al Partido Socialista ha permitido constatar que en la
lucha contra el terrorismo la política de consenso con el
Partido Popular se mantiene firme y sin aparentes fisuras. La ratificación
del pacto antiterrorista y de la Ley de Partidos, la puesta fuera
de circulación de la candidatura del entorno batasuno a las
elecciones europeas, el duro golpe asestado al comando de reserva
de ETA en territorio francés y la noticia de que nunca hubo
tantos miembros de ETA encarcelados, así lo atestiguan.
Sin embargo, conviene recordar que la situación de fondo
que el terrorismo ha cultivado a lo largo de décadas en el
País Vasco sigue vigente. No en vano, grupos como Gesto por
la Paz o Elkarri vienen denunciando el acoso y las amenazas a los
sectores no nacionalistas en Euskadi. Siendo esto sumamente importante,
estas organizaciones mantienen respecto a Basta Ya una diferencia
de percepción evidente: constatan el ambiente hostil y de
extorsión, el horror de llevar una vida vigilada y sin libertad,
pero no extraen ciertas consecuencias políticas de ello.
En otras palabras: la amenaza es como la lluvia, cae sin ideología
aparente que la motive.
Por ello en Basta Ya consideramos insuficientes y hasta cierto punto
engañosos estos afanes, porque no abordan el entramado ideológico
nacionalista que en el fondo anima a esta persecución del
disidente y que a la postre determina el escaso eco de solidaridad
que puede observarse respecto a los afectados dentro de una sociedad
vasca satisfecha con su estado de bienestar y con un Gobierno vasco
dadivoso para con sus afines.
A nosotros quizá nos toque recordar nuevamente lo obvio,
ser los aguafiestas en una situación que aparentemente está
normalizada, pues el terrorismo etarra no actúa mortalmente
desde hace más de un año. Los planes del lehendakari,
el apoyo a la participación política de grupos que
no condenan la violencia terrorista, el pulso de los sindicatos
nacionalistas que disfrazan su afán soberanista en reivindicaciones
laborales enconadas, el intento continuado de desprestigiar o suplantar
a colectivos de víctimas o iniciativas ciudadanas, son operaciones
que abonan el campo con más semilla nacionalista tratando
de hacernos desistir en nuestras reivindicaciones de igualdad y
libertad para otras opciones políticas. En suma: o nos acercamos
todos al abrazo consolador comunitario o nuestras dificultades persistirán.
Parece no estar en manos de quien gobierna el País Vasco
desde hace un cuarto de siglo la menor posibilidad de acabar con
la anomalía de la violencia terrorista, aunque proclamen
desearlo fervientemente.
La perduración de la anomalía política en Euskadi,
con el run-run de fondo de la amenaza, y la proliferación
de reivindicaciones semejantes en diferentes autonomías españolas,
están creando una situación de cierto desconcierto
ante las posibles medidas a adoptar por un Gobierno socialista que
debe canalizar con sensatez estas fiebres identitarias tan en boga.
El impulso y consolidación de una Constitución de
rango europeo podría verse desde la perspectiva española
como un horizonte en el que diluir, por la ampliación del
concepto de ciudadanía, los ánimos secesionistas.
La integración en igualdad de los ciudadanos dentro de la
Constitución europea permitiría, en teoría,
quebrantar los afanes de desigualdad que las reivindicaciones teñidas
de etnicismo promueven. Sin embargo, la escasa participación
de los electores en las pasadas elecciones europeas, no augura un
futuro demasiado prometedor. Máxime si la estrategia de los
partidos nacionalistas, que han visto que en la futura Constitución
el concepto de integridad territorial de los veinticinco países
de la Unión se garantiza sin cortapisas, se encamina a promover
la abstención de sus votantes en el referéndum de
aprobación de la carta europea. La desidia de los ciudadanos
poco motivados por la Unión Europea, más la abstención
militante de los nacionalista interesados sólo en una Europa
que acreciente su poder y minimice la influencia sobre ellos de
los Estados a los que pertenecen, podría llevarnos a una
situación confusa y complicada. En efecto, se reeditaría
en Europa la cantinela persistente en el PNV del "nosotros
no secundamos esa Constitución", para a la postre apoyarse
en ella en lo que les favorezca y criticarla cuando no suponga rentabilidad
patria..
El esfuerzo por consolidar nuestra ciudadanía europea, sin
desdeñar una razonable identidad propia, se nos ofrece como
un horizonte insoslayable. En esto habrá que afanarse para
tratar de minimizar las influencias de signo etnicista y excluyente.
Europa garantiza un territorio común, no exento de problemas,
donde la igualdad de los ciudadanos debe promover la integración
en su seno de quien esté dispuesto a secundar y defender
su carta magna.
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