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OPONERSE
Y CONVENCER
Finalmente
el parto de los montes ha dado el resultado esperado, contando la
criatura de Ibarretxe con padres y madres solidarios entre los miembros
del actual Gobierno vasco. Lo pergeñado por el lehendakari
y sus asesores se ha convertido en el horizonte reivindicativo de
sus socios de gobierno. Algunos incluso anuncian plan propio pero,
no nos engañemos, cualquier alternativa terminará
por refrendar el prodigio pacificador de Ibarretxe.
Y es por aquí por donde conviene comenzar a criticarlo, porque
aunque este entramado de artículos, remedo de Constitución
para Euskal Herria con máscara de nuevo Estatuto, trajera
el cese de los tiros, la extorsión y las bombas, no alcanzaría
por ello el grado de verdad y bondad necesario, la legitimidad mínima
requerida. El terrorismo no va a claudicar a estas alturas porque
ha alcanzado a ver la luz de la verdad y el camino de la justicia.
Por ello, si no abandona por falta de medios y apoyos, acuciados
como están por el estrechamiento del cerco judicial y policial,
lo hará porque vislumbra que puede alcanzar sus objetivos
merced a vericuetos como los permitidos por el plan ahora presentado.
En tal caso, el cese de la violencia no provendría de la
supuesta bondad del plan, sino del chantaje y de los males que los
más radicales auguran a la ciudadanía constitucionalista
encapsulada en este proyecto con síndrome fundamentalista.
Pero sea como fuere, si hay pactada tregua, bienvenida sea, que
seguiremos criticando desde esa perspectiva más "tranquila"
este proyecto partidista y de desencuentro social.
Es por eso necesario denunciar el solipsismo y la tozudez fanática
del demiurgo Ibarretxe: sus engañosas palabras, su aparente
sosiego, su falsa amabilidad, su victimismo reiterado, su "qué
hay de malo en ello", su escaso talante democrático
disfrazado del falaz recurso al "todo proyecto es respetable".
Son palabras y gestos embaucadores, no sólo para los nacionalistas
sino para muchos ciudadanos vascos y españoles que aspiran
a vivir en paz y olvidarse de la lacra terrorista. Detrás
de toda esta panoplia de buenas palabras e intenciones se afianza
un proyecto obstinado, la negación más palmaria del
diálogo reivindicado por doquier y convertido en referente
arrojadizo hacia los opositores políticos.
No cabe aquí analizar punto por punto el plan presentado
por el lehendakari, pero está fuera de duda que una feroz
oposición a él sin argumentos bien elaborados, o la
tranquila espera a que los poderes constitucionales echen por tierra
semejante delirio, no va a contribuir precisamente a hacerlo desaparecer
sino todo lo contrario. Podríamos formular una máxima:
a mayor oposición sin explicación minuciosa de nuestros
argumentos, más viabilidad política para el plan de
Ibarretxe. En otras palabras, la oposición basada en el simple
"no" es la contribución más favorable para
las aspiraciones del lehendakari. Conviene pues dotarnos de razones,
hacerlos extensivos a nuestros conocidos, familiares y amigos, mostrar
a los cuatro vientos nuestro convencimiento de que tenemos mejores
criterios y mejor plan para la convivencia entre todos los vascos,
mimetizar desde nuestra perspectiva constitucionalista ese paso
de buey, lento pero firme, que Ibarretxe representa para el nacionalismo.
En suma, si el lehendakari aburre por la reiterada repetición
de sus bondadosos mensajes, hemos también de mantener una
presencia constante en la opinión pública desmontando
día tras día las falacias de este horizonte paradisíaco
que se nos promete.
Abocados pues a responder a la pregunta decisiva "¿qué
hacer?", la respuesta no puede ser más que una: "oponerse
y convencer".
No se nos escapa que aun convencidos de esta labor es necesario
ponernos de acuerdo en aquellos principios básicos en los
que se asienta nuestra propuesta. Que la Constitución y el
Estatuto son nuestros referentes y nuestro plan, es obvio. Y esto
que muchos ciudadanos pensamos debe ser el referente unívoco
de los dos grandes partidos constitucionalistas es algo que hay
que recordar, exigiendo su permanente refrendo. No hay más
alternativa que ganar para nuestra causa a aquellos sectores seducidos
por los cantos de sirena del nacionalismo. En esta labor, las fuerzas
políticas constitucionalistas deben elaborar estrategias
para, en unos casos juntas, y en otros separadas, lograr a la postre
sumar más votos para la causa de la convivencia. |