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¿EN
FASE TERMINAL?
Parece razonable preguntar si estamos inmersos
en plena fase terminal de la horrible agonía terrorista y,
de paso, de unas cuantas enfermedades asociadas a ella, como el nefasto
soberanismo o nacionalismo étnico, por mejor nombre. En efecto,
el balance que los etarras pueden extraer del año 2002 no puede
ser más demoledor para ellos: mientras escribimos estas líneas,
ETA sólo ha conseguido asesinar a cinco personas: el concejal
socialista de Orio Juan Priede, a dos guardias civiles en acción,
a un señor que esperaba el autobús en Torrevieja, y
en esa misma ciudad a una niña de cinco años, hija de
otro guardia civil. Una miserable e imperdonable cosecha de sangre,
pero sobre todo miserable en toda la extensión del concepto.
Pues el envés de esos cinco crímenes lo forman los más
de 182 terroristas detenidos y numerosos comandos desarticulados (lo
siento, hemos perdido la cuenta), otros dos etarras muertos por su
propia bomba y uno que se suicidó tras una excarcelación
muy discutible. Añadamos la práctica erradicación
de la kale borroka, y sobre todo el comienzo del proceso de ilegalización
de Batasuna iniciado con el auto de suspensión de actividades
del juez Garzón, que sigue su curso, y con la votación
por mayoría absoluta del Parlamento español del proceso
de ilegalización previsto en la nueva Ley de Partidos.
Aunque lo más espectacular del panorama es la caída
de la actividad y la eficacia criminal de ETA, quizás sean
más trascendentales los efectos políticos de la ilegalización
de Batasuna -acelerados por la apatía e indiferencia causadas
por un suceso que parece indignar más al inicuo Egibar que
al mismísimo Otegi.
Comencemos por ETA. De lo que le está sucediendo se pueden
extraer tres conclusiones significativas: primera, que el mito de
su invencibilidad y eternidad toca a su fin; segundo, que seguramente
desaparecerá por la acción policial y judicial, unidas
a la condena social y al acoso político; tercero, que si bien
ETA puede matar y matará con toda la brutalidad que pueda,
es altamente improbable que consiga recuperarse de reveses tan graves
como los sufridos el 18 y 19 de diciembre, cuando un comando destinado
a sembrar el terror en Madrid fue desarticulado tras asesinar a un
guardia civil en un control de rutina, revés aumentado al día
siguiente por la detención de la nueva cúpula de los
comandos operativos y de otros nueve terroristas. Todo esto anima
a pensar que el fin de ETA está más próximo que
lejano.
¿Explica esa sensación de fase terminal la pasividad
de las bases sociales de Batasuna ante la ilegalización de
su partido? Sin duda: sin eficacia terrorista ni kale borroka es mucho
menos interesante manifestarse por ETA-Batasuna. El fin de Batasuna
y la agonía de ETA van a demostrar, aunque sea a cámara
lenta, que tras ellos sólo había y hay una combinación
perversa de fanatismo, xenofobia y mafia, pero no un verdadero movimiento
social con aspiraciones políticas dignas de ese nombre, por
mucho que se empeñen en contradecirnos mamarrachos del guerrilla-fashion
como el subcomandante Marcos y sus hooligans de la izquierda-caviar
a lo Vázquez-Montalbán.
El declive de ETA-Batasuna también crea serios problemas al
soberanismo. Para que el absurdo plan de Libre Asociación Ibarretxe
prospere, necesita un frente nacionalista unido que estimule el trasvase
de votos batasunos al PNV, y también que la amenaza terrorista
siga gravitando de forma que anime a los más neutros y pusilánimes
a apoyarlo a cambio de paz. Pero ETA no acepta sin más la extinción
política que significa apoyar el voto masivo al PNV. Y buscará
cómo presentarse a las elecciones municipales, sea como Abertzale
Sozialistak o bajo otra máscara, de modo que Ibarretxe no recibirá
todos los votos que esperaba de esa parte.
Unamos a esto que el rechazo del Plan desde prácticamente todas
las instancias sociales consultadas -patronal, sindicatos no nacionalistas,
universidad pública, Comisión Europea- comienza a extenderse
entre la opinión pública. Según el euskobarómetro
de diciembre, solamente el 26% de los consultados creen que ese Plan
mejorará en algo la situación política vasca,
mientras que el 45% lo rechaza. Más significativo es que sólo
el 53% del electorado de PNV-EA consideren que el Plan sirve para
algo. Con semejante recepción, Ibarretxe puede irse olvidando
de emular a las islas Aaland, el paraíso báltico-soberanista
de Azkarraga. Sobre todo si ETA continúa su declive, porque
al disminuir la presión más personas y agentes sociales
perderán miedo y decidirán huir del aventurerismo étnico
que encarna Ibarretxe y el resto de la lamentable cofradía
batzokiana. En resumen, Ibarretxe no va ganar gratuitamente los votos
que esperaba de Batasuna, tiene problemas con sus socios de EA y ELA,
y puede empezar a perder votos moderados de ese electorado propio
que no comparte su Plan.
Todo este proceso iría más rápido, ciertamente,
si PP y PSE demostraran mayor capacidad de iniciativa política
y más capacidad para construir una alternativa política
seria a eso que tantos años lleva afligiéndonos. No
basta con fichar a figuras como Guevara, ni con rechazar firmemente
todas las ocurrencias del lehendakari y su séquito apesebrado.
Hay que ser capaces de convencer al electorado de que el futuro inmediato
estará libre de ETA y de la tiranía nacionalista, pero
no por concesión graciosa de esta última, sino porque
nosotros -la ciudadanía movilizada, las víctimas de
ETA, los partidos constitucionalistas- les hemos ganado con una idea
mejor y más real de país. Y para eso necesitamos iniciativas
políticas sólidas que corresponden al PP y al PSE, sea
unidos -como el Pacto Antiterrorista y la Ley de Partidos-, sea por
separado pero en sintonía. Y es en este aspecto donde no hay
muchas razones para el optimismo. El ambiente de cainismo salvaje
de tantos tertulianos y políticos de la Corte y periferia -revelado
por la catástrofe del Prestige en Galicia, pero no producido
por ella- no ayuda nada a normalizar la situación vasca, sino
todo lo contrario. |
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