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  EUSKADI NO SERA OTRA YUGOSLAVIA
El plan de Ibarretxe ha tenido la virtud, cuando menos, de despejar todas las dudas sobre las verdaderas intenciones y naturaleza del nacionalismo gobernante: se trata de un nacionalismo étnico al que no le importa romper en pedazos la sociedad vasca para cumplir los sueños racistas de Sabino Arana. Ya no estamos hablando de la vieja, tradicional y despiadada indiferencia hacia las víctimas del terrorismo, sino del intento de marginar definitivamente a los no nacionalistas, aprovechando la amenaza latente del terrorismo. Ibarretxe sabe que necesita mayoría en el Parlamento Vasco para poner en marcha su plan de Libre Asociación. Aunque se ha negado a disolver el grupo parlamentario de Batasuna -incumpliendo la ley-, sigue sin tener esa mayoría porque ETA -cada vez con menos vida por delante, pero no menos asesina ni fanática- se niega a someterse a la ingeniería política de Sabin-etxea. Por tanto, Ibarretxe intentará convertir las próximas elecciones municipales en la versión abertzale del 14 de abril de 1931: un plebiscito a favor del cambio de régimen. Si consigue una holgada mayoría nacionalista -aprovechando la ilegalidad de Batasuna y explotando el miedo ambiental-, adelantará las elecciones autonómicas, obteniendo quizás una tregua terrorista para ofrecer su plan como la única alternativa que traerá la paz. Si le sale bien, celebrará el plebiscito que consagrará la Libre Asociación como voluntad mayoritaria y unilateral del pueblo vasco, tratando de convertirlo en conflicto abierto con España -donde ningún gobierno democrático podrá aceptar tamaño atropello de la Constitución- y solicitando una mediación internacional.
El objetivo es obtener una especie de independencia virtual que, evitando una declaración formal de soberanía, mantenga a la CAV dentro de la Unión Europea, disfrutando de todas las ventajas y sin ninguno de los deberes correspondientes, comenzando por el de respetar la integridad y legalidad de los Estados miembros. Y manteniendo abierta la reivindicación irredentista de Navarra y de los territorios vascofranceses. Por supuesto, es un plan tan alocado que Europa no podrá aceptarlo de ningún modo. En el supuesto de que los nacionalistas forzaran la obtención de la independencia, algo sólo imaginable con un incremento brutal de la violencia, el estatus del estado vasco resultante sería semejante al actual de Bosnia o incluso de Kosovo: un territorio bajo administración internacional para que no contagie su cáncer étnico a los vecinos.
El ejemplo yugoslavo es apropiado porque también allí los nacionalistas serbios y croatas creyeron poder edificar sendos estados étnicos y excluyentes a cualquier precio, con el resultado conocido: una guerra civil terrible, una sociedad hundida en el odio étnico y unos estados arruinados, taifas tribales inviables fuera de una Europa que, con la excepción de Eslovenia, los excluye de cualquier próxima ampliación. Pero, en el intento, los Milosevich y Tudjman destruyeron un país necesario, con historia y sentido.
Aquí nunca pasará algo parecido si la sociedad vasca toma conciencia de lo que se juega y, abandonando la indiferencia y el lenguaje melifluo -ya hay quienes quieren vender el Plan de Ibarretxe como el no va más del ingenio democrático-, se moviliza contra ese plan en concreto y contra el nacionalismo étnico en general. En la manifestaciòn del sábado 19 de octubre se vio que esa movilización es tan necesaria como posible y que hay muchos ciudadanos dispuestos a trabajar para que crezca. Desde luego, en Basta Ya estamos dispuestos a seguir trabajando en esa línea. Permanezcan atentos a la pantalla de las nuevas iniciativas en curso.