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A
las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari
Juan José Ibarretxe no fue a la Oficina del Registro Público
en Kew para entregar a los responsables del archivo de documentos
públicos británicos alguna copia de algún folleto
elaborado por su gobierno en el que se pudiese quizás dar
cuenta de la correspondencia del primer lehendakari vasco, José
Antonio Aguirre, para lograr el auxilio de la diplomacia británica
cuando era un fugitivo del nazismo en Amberes o en Berlín.
El
lehendakari podía haber empleado el atardecer de su único
día completo en Londres para vincular la historia de los
gobiernos vascos con la historia política británica.
Podría haber refrescado la simpatía con la que ilustres
británicos, desde Graham Green a Hugh Thomas, han observado
a los correligionarios de Ibarretxe al volcar su mirada sobre la
España que les fascinaba.
A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari
Juan José Ibarretxe no buscó entre las calles de Belgravia
el lugar donde tuvo su sede el Consejo Nacional Vasco, en los años
difíciles de Manuel Irujo, para colocar quizás una
placa en la casa que acogió aquella conspiración de
exiliados vascos con españoles, franceses, británicos
o estadounidenses, en los tiempos del Día D y la entrada
de los aliados en París.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único
día completo en la capital británica para marcar en
las calles de Londres, en cuya identidad contemporánea importa
lo ocurrido en los años treinta y cuarenta, la huella histórica
de unas instituciones y biografías vascas entonces asociadas
también a la defensa de la libertad en Europa.
A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari
Juan José Ibarretxe no marchó hacia el este de Londres
y buscó un campo verde -preferiblemente con vistas al mar-
para sembrar una semilla de roble en recuerdo de George Steer, periodista
de The Times, nacido en la desembocadura del Támesis, que
salvó el prestigio internacional de Aguirre y de la República
con su Tree of Guernica y sus reportajes veraces sobre lo que allí
ocurrió.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único
día completo en Londres para sembrar un mensaje universal
contra la aberración de la guerra o para elogiar, junto a
la memoria de Steer, la contribución al bienestar general
del periodismo veraz. O incluso para renovar la acusación
histórica contra José María Aznar, apologista
tan tardío, 1978, de la herencia de Franco y de la Luftwaffe
en Guernica y que aún no ha encontrado las palabras para
enmendarse.
A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari
Juan José Ibarretxe no visitó o recibió a los
heridos británicos en el atentado de ETA en Santa Pola, el
pasado verano, a la mujer británica gravemente herida en
la explosión de un coche bomba en Madrid, el 7 de noviembre
de 2001, a los 16 heridos británicos por la explosión
de una bomba de ETA en Reus, en julio de 1996.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único
día completo en Londres para alentar a los británicos
a que sigan acudiendo como turistas a España o para alterar
en algo la reputación perdida por lo que hoy es más
conocido de los vascos en el Reino Unido: que, en nombre precisamente
de los vascos, ETA anuncie regularmente que le parece legítimo
y digno de su nombre colocar bombas en lugares públicos y
en parajes turísticos para amedrentar, herir o matar a personas
de toda edad, condición o nacionalidad.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único
día completo en Londres, en la primera visita de un presidente
vasco a la capital británica, para todo eso. Pero, a las
seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari Juan
José Ibarretxe se subió a la noria.
(Ha oscurecido sobre Londres. El lehendakari Juan José Ibarretxe
sube a una cápsula acristalada de la Noria del Milenio, en
la ribera del Támesis opuesta al hotel en el que se hospeda,
el Savoy, y comienza la lenta ascensión de la vertiente oriental.
Van alcanzando altura el lehendakari, su séquito y la cohorte
de periodistas que le siguen en su periplo. Las nubes cierran el
horizonte. Una retícula de luces perfila la trama de la gran
ciudad. Podría ser la ilustración de un complejo de
nodos interconectados sobre la plancha circuital de la modernidad
en la que el lehendakari ha proyectado, en su discurso de la víspera,
la Euskadi de sus sueños...)
Llega Ibarretxe a Londres en el mediodía del día 20.
Tras el almuerzo, acude a la sede del Financial Times, donde charla
con un grupo de periodistas. Marcha después hacia el salón
de actos de la London School of Economics, donde el lehendakari,
aunque no disfruta de la fortuna de ser de Bilbao, inicia su conferencia
-que traduzco de su versión en inglés- frotando el
lustre a su propia figura: "El escenario de este discurso no
podría ser más sugerente. Londres, el centro mundial
de la primera globalización, en el siglo XIX. El Centro para
la Gobernación Global, dirigido por el distinguido Lord Desai,
un magnífico observatorio de las más recientes transformaciones
del capitalismo global. Y, finalmente, la voz y perspectiva, no
diré que inusual pero ciertamente no común, del Presidente
de una pequeña nación o, para ser incluso más
sugerente, de uno de esos 'estados regionales' emergentes de los
que habla Kenichi Ohmae".
Tras tomar nota de lo sugerente que el lehendakari se encuentra
esa tarde a sí mismo, el espectador materialista anota que
su presencia como vértice de tal tríada no debe ser
ajena al interés de la rama comercial de la escuela universitaria,
LSE Enterprise Ltd, en proseguir su negocio de consultoría
y cursos con el Ayuntamiento de Bilbao, la Diputación de
Bizkaia y la BBK.
El discurso de Ibarretxe ante los estudiantes de la LSE advierte,
desde la cita en el primer párrafo al gurú japonés,
que su visión de Euskadi en el mundo vendrá avalada
con referencias librescas. Tras Ohmae desfila entre los citados
el profesor Derek Diamond, jubilado de la facultad londinense, que
ha prologado al lehendakari presentando los datos de un estudio
aún no concluido, cuyo cliente no especifica, consistente
en comparar los índices económicos y sociales de la
Comunidad Autónoma Vasca con los de entidades como el Reino
Unido, Estados Unidos o España. Diamond debió de enviar
al lehendakari -¿su cliente?- un anticipo de sus hallazgos,
porque Ibarretxe cita durante su discurso, y en otro posterior,
en Oxford, que, según las tablas de Diamond, "Euskadi
se situaría entre los diez primeros países del mundo
en el Índice de Desarrollo Humano".
El optimismo estadístico hubiese quedado más redondo
si Lord Desai no hubiese advertido allí mismo que él,
como uno de los creadores del IDH para la ONU, siente alguna simpatía
por quienes afirman que el IDH pretende medir tantas cosas que al
final no mide nada.
(... Sube y sube lentamente la cápsula del lehendakari por
la noria. El fragmento que divisa de la capital de la primera globalización
acoge una población similar a toda la CAV. Toda la ciudad
suma entre tres y cuatro veces la población de la CAV. ¿Le
dejarán las nubes bajas divisar el contorno de Haringey,
hacia el norte, donde el ayuntamiento reconoce más de ochenta
idiomas entre sus residentes? ¿Divisará las mezquitas
de Brick Lane, las iglesias católicas de los polacos de Ealing,
las sinagogas de Golders Green, las calles como Bombay de Southall,
las diferencias entre los nigerianos, los beninenses y los caribeños
en Brixton, las crecientes voces de eslovenos o rusos en el metro
de Londres? ¡Nosotros tenemos el índice mejor que éstos!,
dice una voz contra la retícula de luces de la oscura gran
ciudad y la voz rebota en la superficie acristalada de la cápsula
vasca. Marroquíes o ecuatorianos abandonan a esa misma hora
sus economías de patera, el mapa de sus naciones también
inventadas, y se acercan al norte británico, alemán
o español, pero no al norte vasco -tan pobre en inmigrantes
recientes del mundo globalizado, según también los
índices-, porque allí no cabe ya más gente
de fuera según el orden de Euskalherrian euskaraz y ETA expide
carnés de identidad...)
Las citas que salpican el discurso de Ibarretxe ofrecen un aval
intelectual superior al de otros conferenciantes en el ciclo de
la LSE sobre Gobernación Mundial. Suspachai Patichpakdi,
director general de la Organización Mundial de Comercio,
no había citado a nadie para explicar las expectativas de
la economía global en sectores como la propiedad intelectual,
la agricultura y los servicios dentro de la ronda de Doha. Kofi
Annan, secretario general de la ONU, ofreció una mísera
cita para articular sus propuestas de desarrollo sostenible en un
contexto internacional definido por los acuerdos de Doha, Johanesburgo
y Monterrey. A Bill Clinton también le bastó un libro
reciente para corroborar su visión sobre la globalización.
Al lehendakari Ibarretxe le avalaron siete autores -el octavo era
José María Aznar y, como la cita fue negativa, no
cuenta- para explicar el rol de "Euskadi en un mundo globalizado".
Siete. Número mágico de Euskal Herria.
El discurso de Ibarretxe en la London School of Economics combina
una lectura de la historia del País Vasco como un conflicto
permanente entre vascos y España desde la abolición
de los Fueros- 'constitución secular' de los vascos- y una
propuesta programática que vincula el futuro del País
Vasco con la paz y con la articulación idónea de poderes
regionales en el nuevo mundo de la globalización.
Ibarretxe argumenta que, en la historia vasca, "hay una dialéctica
de la economía y de la política moviéndose
en diferentes direcciones", siempre como traducción
de la versión inglesa de su discurso en castellano. Esa dialéctica
habría cuajado por "el rápido avance de la segunda
fase del capitalismo, la de los estados nacionales, como consecuencia
del desarrollo industrial", que se había iniciado en
un contexto ambiguo, tras la 'derrota' de 1839 pero mediante el
impulso de la navegación y el comercio exterior. La dialéctica
de una economía y una política que se mueven en direcciones
contrapuestas consiste, según el lehendakari, en que las
fases de desarrollo económico agudo del País Vasco
ocurren tras la abolición foral y alcanzan su cenit en el
momento de mayor pérdida de autonomía y libertad en
el País Vasco, la dictadura de Franco. Se produce entonces
la crisis de los años setenta, sobre la que Ibarretxe no
ofrece dictamen en su visión de la dialéctica de las
estructuras y superestructuras divergentes. Y surge el embrión
de una nueva armonía, con rememoración foral, a partir
de 1979, entre los trompicones causados por ETA y los gobiernos
de Madrid.
El lehendakari expresará con más nitidez los argumentos
sobre su propuesta constitucional en su última conferencia
inglesa, en el St. Antony´s College de Oxford. En la LSE,
Ibarretxe ofrece la visión de la nueva armonía vasca
en el sistema internacional. La Euskadi de Ibarretxe es un nodo
en el circuito interconectado del mundo, uno de esos nodos de Manuel
Castells, uno de los estados regionales de Kenichi Ohmae, que, en
alguno de sus libros para visionarios y gestores, ha hablado -aunque
Ibarretxe no lo explique- de la emergencia de regiones mejor equipadas
para competir en los entornos rápidamente cambiantes de las
economías globalizadas por su capacidad de hacer atractiva
su diferencia en una economía abierta e internacionalizada,
donde la uniformidad puede ser una desventaja para atraer y retener
capital, tecnología y personas portadoras de conocimiento.
El lehendakari menciona brevemente el Concierto, la fuente presupuestaria
de su poder y la más aparente diferencia en el entorno de
su estado regional, pero explica, ya en su conclusión, que,
para la definitiva armonización de la dialéctica de
las estructuras económicas y políticas divergentes,
para la normalización política del País Vasco
y para la humanización de la modernidad predicada por Stephen
Toulmin, es necesario el diálogo en torno a su propuesta
de libre asociación del País Vasco con España
y con Europa, presentada, en la traducción inglesa del discurso,
ya no como propuesta sino, con mayúsculas, como un Acuerdo
para la Convivencia.
El razonamiento así expuesto provocaría posiblemente
la indiferencia de Toulmin, porque el lehendakari Ibarretxe no ofrece
argumentos sobre por qué los poderes transferidos a su soberanía
contribuyen a mejorar la vida de la población. No hay referencias
en su discurso a lo que cabría esperar en el foro de la LSE,
en el contexto de un debate internacional sobre la globalización:
las ventajas y desventajas de la administración local, central
o internacional de la justicia, los ejemplos benéficos para
la sociedad de la administración local de un puerto, las
ventajas de su administración por un gobierno vasco con respecto
a uno español o por un gobierno vasco con respecto a uno
municipal o por un gobierno vasco con respecto a una empresa privada.
El lehendakari concluye inevitablemente con una cita noble. Tras
recordar antes que la red radial de transporte propuesta por Aznar
no sirve a Euskadi en el mundo globalizado porque no la acerca a
Europa sino a África, Ibarretxe apacigua a los mosqueados
abrazando la causa de Nelson Mandela. Y le cita con una idea tomada
de Kant : "Una y otra vez los conflictos se resuelven mediante
cambios que eran inimaginables en su comienzo".
Se produce entonces, en el anfiteatro de la LSE, un momento con
posibilidades académicas realmente sugerentes. El profesor
encargado de responder brevemente al discurso del lehendakari es
John Gray, un curioso personaje de la intelectualidad británica.
Fue asesor entusiasta de los primeros gobiernos de Margaret Thatcher
y abogado de la liberalización radical de las economías
hasta que, en un fenómeno de conversión intelectual,
abandonó aquella causa al entender que el empuje del liberalismo
radical promovido en los años ochenta provoca destrucción
y desorden y pone en peligro los precarios equilibrios del mundo.
Gray toma la palabra y afirma que el discurso de Ibarretxe le ha
recordado la reciente lectura de The Spirit of Capitalism, Nationalism
and Economic Growth (El espíritu del capitalismo, Nacionalismo
y crecimiento económico), de Liah Greenfeld. En su libro,
la profesora americana argumenta, contra la tradición académica
que desde Max Webber ha achacado a la ética protestante una
influencia necesaria en el despegue del capitalismo, que el nacionalismo
fue una fuerza más decisiva. Y que los sentimientos de pertenencia
y las afinidades nacionales fundan el orden moral de la sociedad
moderna y son la fuente de sus valores.
El ajuste de esta teoría de Greenfeld, abrazada por Gray,
con la visión histórica del desarrollo económico
del País Vasco, mediante la dialéctica de las economías
y los nacionalismos divergentes, expuesta por el lehendakari, promete
intriga. Pero no hay manera. La conferencia ha terminado y el lehendakari
parte hacia la planta superior de la LSE, donde ofrece una recepción
a todos los asistentes. Antes de retirarse a cenar con sus anfitriones
de la LSE, Ibarretxe pasa una hora larga entablando conversación
con cada uno de los estudiantes que se acercan a discutir su intervención.
Quien quiera ganarle unas elecciones tendría que emular su
energía.
(... Sube la cápsula del lehendakari por la noria, en el
atardecer del 21 de noviembre de 2002, y llega a lo más alto
de su circunferencia. Si mira hacia el este, ve el origen cotidiano
del sol, ese otro astro que ilusoriamente gira. Cuando el sol avanza
cada mañana desde su amanecer, el hombre que lo observa ve
que el tiempo avanza hacia él y que atardecerá a sus
espaldas y, sin embargo, cuando habla, el hombre comúnmente
considera que el futuro es algo que tiene delante. La dialéctica
de las perspectivas divergentes.
Juan José Ibarretxe está también, en ese instante,
en condiciones de ver lo que deja como pasado tras su visita. Porque,
mañana, marchará a Oxford. Londres ha sido la primera
escala de su viaje internacional para promover la "Propuesta
Política para la Convivencia". Ayer, se entrevistó
con unos periodistas del FT con afán de documentarles y dio
una charla a 150 estudiantes de la LSE. En la mañana de hoy,
se ha entrevistado con directivos de empresas británicas
con presencia en el País Vasco o que son también clientes
de LSE Enterprise Ltd. Luego, ha acudido a un salón de la
Cámara de los Comunes del Parlamento británico, para
compartir conversación y mesa con cinco diputados de los
partidos nacionalistas escocés y galés, que no forman
parte de sus gobiernos regionales.
Y, tras el almuerzo, ha marchado a la BBC World Service donde, en
la mañana, había un revuelo entre programas. Los de
Europa Hoy intentan pasar la entrevista del lehendakari, comprometida
telefónicamente antes del viaje, a los de Mundo hoy, porque
los 'europeos' van a dedicar su programa informativo a la cumbre
de la OTAN. Austera suena la voz del comentarista de ETB cuando
anuncia, como apertura de su propio informativo, en el ya anochecer
vasco, que Ibarretxe habla en ese momento al mundo a través
del programa de la BBC World Service sobre el que ha caído
el peso del dignatario sobrante. Y, tras declarar por concluida
su segunda jornada internacional, el lehendakari se ha subido a
la noria del milenio con su séquito y con los periodistas
que le siguen, antes de irse todos juntos a cenar.
El balance sorprendente de la primera escala del viaje internacional
del lehendakari, antes de partir hacia Latinoamérica, es
que, para promover su Propuesta Política para la Convivencia,
no ha hablado en Londres con nadie que, de una manera siquiera menor,
pueda hacer más viable la idea de un País Vasco también
libremente asociado en la UE. La noria comienza su descenso. El
balance de la visita del lehendakari es que los actos de relevancia
en la primera visita de un presidente de un Gobierno Vasco al Reino
Unido son académicos...)
En el auditorio del St.Antony's College de Oxford, donde el lehendakari
va a pronunciar la conferencia "Euskadi ante su futuro y el
de la nueva Unión Europea", hay unas cincuenta personas
y más de la mitad son el copioso y variado séquito
del propio lehendakari y el grupo de periodistas vascos. No acude
Timothy Garton Ash, el director del programa de estudios europeos,
bajo cuyo paraguas se oirá el discurso. La acogida al presidente
vasco corre a cargo del director del St. Antony's, Sir Marrack Goulding,
un patricio de la diplomacia y de la academia británica.
El espectador materialista anota, en Oxford, que el college tiene
un convenio con Eusko Ikaskuntzak subvencionado en su totalidad
por el Gobierno Vasco y que eso debe justificar la presencia en
la mesa presidencial del salón de conferencias del St. Antony's
de la consejera de Educación, Anjeles Iztueta, y de su séquito,
como la víspera se habría justificado la del portavoz,
Josu Jon Imaz, y el suyo en el almuerzo parlamentario con diputados
de la oposición escocesa y galesa. Tximinoa gorago eta ipurdia
agiriago.
Pero el calibre académico del viaje exige mesura. La medida
es como sigue: los trece folios del discurso del lehendakari Ibarretxe,
"honrado de traspasar los muros" de la Universidad de
Oxford, "por cuyos claustros y colegios he paseado lleno de
respeto y admiración", contienen numerosos problemas
de sintaxis y, al menos, 56 errores de ortografía. Entre
ellos, la denominación del país de los vascos, Iparralde,
en francés, como Pays Vasque, con uve.
El lehendakari afirma en su discurso -y la versión escrita
lo confirma- que la dictadura franquista duró desde 1939
a 1979. ¿Es sectarismo criticarlo? ¿Se trata de un
pedante ejercicio para partir un cabello por la mitad, como dice
el refrán inglés? ¿Algo de importancia tan
discutible como las normas de ortografía? La versión
de Ibarretxe sobre la duración de la dictadura desvela que
es una fantasía ofrecida al público presentarse a
sí mismo, en un párrafo posterior, destinado a explicar
la evolución de ETA, en estos términos: "Menos
aún podíamos imaginar que, después de haber
combatido y sufrido el fascismo, un sector de aquella lucha iba
a derivar hacia una ideología intolerante y totalitaria".
Nadie que no fuese de ETA militar y que combatió el fascismo
-o lo que fuera aquello- puede decir que la dictadura terminó
en 1979. Y quien lo sufrió no debería jugar con las
fechas recientes si no está seguro. La dictadura terminó
en las elecciones del 15 de junio de 1977 y una de las mejores pruebas
es que Ajuriaguerra, Zubiri, Irujo, Elósegui o Bujanda fueron
candidatos del PNV en aquellas elecciones. Quizás las faltas
de ortografía en un discurso del lehendakari en Oxford dicen
mucho del PNV posmoderno de Ibarretxe, en el que nada, salvo el
mantenimiento del poder de gobierno, parece tener demasiada importancia.
Ni siquiera calificar como colaboradores del franquismo a quienes
desde el PNV se opusieron a la dictadura. Decir que la dictadura
duró hasta 1979 es afirmar también que existe una
prueba distinta a las elecciones libres como baremo de una democracia.
Es también decir que la Constitución de 1978 se aprobó
durante la dictadura franquista. Es decir simplemente que ETA militar
tenía razón al convertirse en la única fuerza
vasca -o lo que sea- que no participó en las elecciones de
1977. Es también decir que la democracia sólo comenzó
cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía, fuente
del poder de Ibarretxe, quien, durante el fascismo, o lo que fuera,
obviamente estudiaba. Lo cual es más que respetable. Pero,
si se dedicó a estudiar, ¿por qué no ha sido
capaz de encontrar a alguien para su equipo que sepa poner las comas?
(... Desciende ya la cápsula vasca por la vertiente occidental
de la noria y divisa el lehendakari la inmediatez física
del Big Ben y del Parlamento británico. Es decir, de Irlanda.
Allí, en el invernadero de Westminster, campeó, como
poder en apariencia eterno, Margaret Thatcher, ejemplar como víctima
en el Grand Hotel de Brighton: "El IRA ha intentado matar al
gobierno democrático". Allí sobrevivió,
zarandeado, John Major, el hombre ordinario que dio vida al proceso
irlandés de paz, parecido en algunas cosas a Juan José
Ibarretxe: un lehendakari tan zarandeado y políticamente
impotente que viaja a Londres para promover su propuesta pública
mediante una visita privada. Que sube finalmente a disfrutar de
la estupenda noria como colofón de una diplomacia vacía.
Que atrae a la mesocracia vasca al menos por su falta de pose y
de mal aire, por su disposición a prepararse un espectáculo
de diapositivas -Primera diapositiva: ¿Quiénes somos?;
Segunda diapositiva: ¿De dónde venimos?- para presentarlo
como apoyo gráfico de su discurso, ante el auditorio del
St. Antony's, desde su ordenador personal portátil, con el
programa PowerPoint, como uno más de entre nosotros, un lehendakari
totalitario, que confunde lo vasco con lo nacionalista vasco, pero
que no es caudillo, administrador que tampoco parece llevarse a
casa el dinero de la caja registradora. El orden moral de las cosas
que el nacionalismo provee, según cuenta una tal Liah Greenfeld.
¡Si en Madrid hubiese otro John Major! Pero no lo hay. Ni
hay en Bilbao un John Hume, que ofrezca paraguas político
a la transición del terrorismo hacia la democracia pero desde
la oposición, sin conciertos económicos ni policías
bajo su mando, dispuesto a jugarse por la aventura de la paz irlandesa
la vida y su futuro profesional como político, es decir,
el prestigio y el poder de un escaño. Pero no hay, en el
vasquismo de Sabin Etxea y del coche oficial, un John Hume, de la
misma manera que no hay en Madrid ni Thatcher ni Major ni Blair.
Ni hay que buscar en Elgoibar a Gerry Adams, porque no está
allí, sino entre los muros de West Belfast, que no se divisan
desde la cápsula en la noria de Westminster...)
El discurso del lehendakari en Oxford describe de nuevo, en su inicio,
la dialéctica de la economía y de la política
divergentes en el desarrollo histórico vasco. Pero cansa
seguir el hilo de un discurso en el que se presentan, como "Avance
de Reflexiones", pasajes así revueltos: "Una gran
diferencia con el pasado no sólo medieval sino con todo él,
es que la Europa de hoy aspira a una Unión libre y en paz
en su interior y también en sus relaciones con el exterior".
El lehendakari asocia luego los problemas de Irlanda, Cataluña,
Chechenia, Tibet o el País Vasco con un argumento negativo:
los gobiernos británico, español, ruso y chino niegan
que tengan similitudes. Pero, tras afirmar su reparo, porque "no
sirve de nada mirar a otro lado", ofrece una solución
generalista: "Hay que aceptar que hay tibetanos, vascos, irlandeses,
catalanes, tamiles, chechenos".
Ibarretxe argumenta que su propuesta es fiel a los principios de
la construcción europea, porque "las políticas
públicas como la promoción económica, la enseñanza,
las nuevas teconologías o la política social van a
ser mejor abordadas a nivel regional". Pero no desarrolla esta
idea sino que ya acomete otra nueva: el concepto de soberanía
compartida de poderes en Europa se debe extender "también
al plano simbólico".
Ibarretxe no concreta nada al respecto, aunque lanza al aire una
interrogante, deducida, porque carece, en el texto, de signos de
interrogación: "¿No es completamente lógico
llegar al reconocimiento de una ciudadanía vasca compartida
con las anteriores (la de cada Estado y la europea), cuando viene
avalada por la identidad nacional de un pueblo libre y democráticamente
expresada". ¿La respuesta al acertijo es Engelbert Humperdinck?
Ibarretxe se refiere después concretamente a la política
vasca del momento y afirma que la legitimidad de su gobierno es
superior a la del ejecutivo de Aznar -48% contra 44% de los votos-
y que quienes se le oponen en el País Vasco han de saber
que "las minorías deben ser respetadas, pero no tienen
el derecho a bloquear propuestas y a petrificar unas instituciones
políticas que ya no son un punto de encuentro y que no sirven
para prosperar en la nueva era del capitalismo global".
Ibarretxe concluye su discurso y su estancia en el Reino Unido,
la primera de un lehendakari vasco en ejercicio, explicando a su
pequeña audiencia en el St. Antony's que la propuesta constitucional
que ha presentado en el País Vasco "se ajusta a los
principios de la construcción europea y a las necesidades
que exige la globalización".
Durante su visita a Londres, el lehendakari Juan José Ibarretxe
no ha emprendido ninguna gestión significativa que haga avanzar
la diplomacia internacional en favor de su propuesta de libres asociaciones
vascas con España y con Europa. En la trama interna de sus
dos discursos académicos en el Reino Unido, no ha ofrecido
la narrativa lógica y los ejemplos posibles para sustentar
su argumento central: que el desarrollo económico del País
Vasco en el marco abierto de la Unión Europea y de la nueva
globalización de las comunicaciones, exige mayores transferencias
de poder a su gobierno.
Pero Ibarretxe remata su estancia británica, camino de Chile,
recordando desde Oxford a los políticos de su oposición
amenazada -con quienes tendría que negociar, todos bien rodeados
de guardaespaldas, la viabilidad de su propuesta constitucional-
que están intelectualmente retrasados ante los retos de la
globalización y que tienen derechos políticos limitados.
(... Desciende la noria del lehendakari hasta el punto de partida.
La noria es ya metáfora del entero viaje. Nada hay de mayor
relevancia que el resonar de voces en la cápsula vasca. Nada
tendrá mucha más consecuencia que el campanilleo de
fragmentos de los discursos de Ibarretxe en la saturada conciencia
de los ciudadanos del País Vasco, mediante la proyección
de sus palabras a través de los periodistas que le siguen.
Sostiene Ibarretxe - dirán los periódicos del día
siguiente, con permiso de Pereira y de Tabucchi- que más
poder para Ibarretxe traeá la paz y el desarrollo económico
en la economía globalizada. Se abre la puerta de la cápsula
como se abre al atardecer el apetito).
IÑIGO GURRUTXAGA
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