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EL LEHENDAKARI EN SU NORIA

 

A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari Juan José Ibarretxe no fue a la Oficina del Registro Público en Kew para entregar a los responsables del archivo de documentos públicos británicos alguna copia de algún folleto elaborado por su gobierno en el que se pudiese quizás dar cuenta de la correspondencia del primer lehendakari vasco, José Antonio Aguirre, para lograr el auxilio de la diplomacia británica cuando era un fugitivo del nazismo en Amberes o en Berlín.

El lehendakari podía haber empleado el atardecer de su único día completo en Londres para vincular la historia de los gobiernos vascos con la historia política británica. Podría haber refrescado la simpatía con la que ilustres británicos, desde Graham Green a Hugh Thomas, han observado a los correligionarios de Ibarretxe al volcar su mirada sobre la España que les fascinaba.
A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari Juan José Ibarretxe no buscó entre las calles de Belgravia el lugar donde tuvo su sede el Consejo Nacional Vasco, en los años difíciles de Manuel Irujo, para colocar quizás una placa en la casa que acogió aquella conspiración de exiliados vascos con españoles, franceses, británicos o estadounidenses, en los tiempos del Día D y la entrada de los aliados en París.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único día completo en la capital británica para marcar en las calles de Londres, en cuya identidad contemporánea importa lo ocurrido en los años treinta y cuarenta, la huella histórica de unas instituciones y biografías vascas entonces asociadas también a la defensa de la libertad en Europa.
A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari Juan José Ibarretxe no marchó hacia el este de Londres y buscó un campo verde -preferiblemente con vistas al mar- para sembrar una semilla de roble en recuerdo de George Steer, periodista de The Times, nacido en la desembocadura del Támesis, que salvó el prestigio internacional de Aguirre y de la República con su Tree of Guernica y sus reportajes veraces sobre lo que allí ocurrió.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único día completo en Londres para sembrar un mensaje universal contra la aberración de la guerra o para elogiar, junto a la memoria de Steer, la contribución al bienestar general del periodismo veraz. O incluso para renovar la acusación histórica contra José María Aznar, apologista tan tardío, 1978, de la herencia de Franco y de la Luftwaffe en Guernica y que aún no ha encontrado las palabras para enmendarse.
A las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari Juan José Ibarretxe no visitó o recibió a los heridos británicos en el atentado de ETA en Santa Pola, el pasado verano, a la mujer británica gravemente herida en la explosión de un coche bomba en Madrid, el 7 de noviembre de 2001, a los 16 heridos británicos por la explosión de una bomba de ETA en Reus, en julio de 1996.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único día completo en Londres para alentar a los británicos a que sigan acudiendo como turistas a España o para alterar en algo la reputación perdida por lo que hoy es más conocido de los vascos en el Reino Unido: que, en nombre precisamente de los vascos, ETA anuncie regularmente que le parece legítimo y digno de su nombre colocar bombas en lugares públicos y en parajes turísticos para amedrentar, herir o matar a personas de toda edad, condición o nacionalidad.
El lehendakari podría haber empleado el atardecer de su único día completo en Londres, en la primera visita de un presidente vasco a la capital británica, para todo eso. Pero, a las seis de la tarde del 21 de noviembre de 2002, el lehendakari Juan José Ibarretxe se subió a la noria.
(Ha oscurecido sobre Londres. El lehendakari Juan José Ibarretxe sube a una cápsula acristalada de la Noria del Milenio, en la ribera del Támesis opuesta al hotel en el que se hospeda, el Savoy, y comienza la lenta ascensión de la vertiente oriental. Van alcanzando altura el lehendakari, su séquito y la cohorte de periodistas que le siguen en su periplo. Las nubes cierran el horizonte. Una retícula de luces perfila la trama de la gran ciudad. Podría ser la ilustración de un complejo de nodos interconectados sobre la plancha circuital de la modernidad en la que el lehendakari ha proyectado, en su discurso de la víspera, la Euskadi de sus sueños...)
Llega Ibarretxe a Londres en el mediodía del día 20. Tras el almuerzo, acude a la sede del Financial Times, donde charla con un grupo de periodistas. Marcha después hacia el salón de actos de la London School of Economics, donde el lehendakari, aunque no disfruta de la fortuna de ser de Bilbao, inicia su conferencia -que traduzco de su versión en inglés- frotando el lustre a su propia figura: "El escenario de este discurso no podría ser más sugerente. Londres, el centro mundial de la primera globalización, en el siglo XIX. El Centro para la Gobernación Global, dirigido por el distinguido Lord Desai, un magnífico observatorio de las más recientes transformaciones del capitalismo global. Y, finalmente, la voz y perspectiva, no diré que inusual pero ciertamente no común, del Presidente de una pequeña nación o, para ser incluso más sugerente, de uno de esos 'estados regionales' emergentes de los que habla Kenichi Ohmae".
Tras tomar nota de lo sugerente que el lehendakari se encuentra esa tarde a sí mismo, el espectador materialista anota que su presencia como vértice de tal tríada no debe ser ajena al interés de la rama comercial de la escuela universitaria, LSE Enterprise Ltd, en proseguir su negocio de consultoría y cursos con el Ayuntamiento de Bilbao, la Diputación de Bizkaia y la BBK.
El discurso de Ibarretxe ante los estudiantes de la LSE advierte, desde la cita en el primer párrafo al gurú japonés, que su visión de Euskadi en el mundo vendrá avalada con referencias librescas. Tras Ohmae desfila entre los citados el profesor Derek Diamond, jubilado de la facultad londinense, que ha prologado al lehendakari presentando los datos de un estudio aún no concluido, cuyo cliente no especifica, consistente en comparar los índices económicos y sociales de la Comunidad Autónoma Vasca con los de entidades como el Reino Unido, Estados Unidos o España. Diamond debió de enviar al lehendakari -¿su cliente?- un anticipo de sus hallazgos, porque Ibarretxe cita durante su discurso, y en otro posterior, en Oxford, que, según las tablas de Diamond, "Euskadi se situaría entre los diez primeros países del mundo en el Índice de Desarrollo Humano".
El optimismo estadístico hubiese quedado más redondo si Lord Desai no hubiese advertido allí mismo que él, como uno de los creadores del IDH para la ONU, siente alguna simpatía por quienes afirman que el IDH pretende medir tantas cosas que al final no mide nada.
(... Sube y sube lentamente la cápsula del lehendakari por la noria. El fragmento que divisa de la capital de la primera globalización acoge una población similar a toda la CAV. Toda la ciudad suma entre tres y cuatro veces la población de la CAV. ¿Le dejarán las nubes bajas divisar el contorno de Haringey, hacia el norte, donde el ayuntamiento reconoce más de ochenta idiomas entre sus residentes? ¿Divisará las mezquitas de Brick Lane, las iglesias católicas de los polacos de Ealing, las sinagogas de Golders Green, las calles como Bombay de Southall, las diferencias entre los nigerianos, los beninenses y los caribeños en Brixton, las crecientes voces de eslovenos o rusos en el metro de Londres? ¡Nosotros tenemos el índice mejor que éstos!, dice una voz contra la retícula de luces de la oscura gran ciudad y la voz rebota en la superficie acristalada de la cápsula vasca. Marroquíes o ecuatorianos abandonan a esa misma hora sus economías de patera, el mapa de sus naciones también inventadas, y se acercan al norte británico, alemán o español, pero no al norte vasco -tan pobre en inmigrantes recientes del mundo globalizado, según también los índices-, porque allí no cabe ya más gente de fuera según el orden de Euskalherrian euskaraz y ETA expide carnés de identidad...)
Las citas que salpican el discurso de Ibarretxe ofrecen un aval intelectual superior al de otros conferenciantes en el ciclo de la LSE sobre Gobernación Mundial. Suspachai Patichpakdi, director general de la Organización Mundial de Comercio, no había citado a nadie para explicar las expectativas de la economía global en sectores como la propiedad intelectual, la agricultura y los servicios dentro de la ronda de Doha. Kofi Annan, secretario general de la ONU, ofreció una mísera cita para articular sus propuestas de desarrollo sostenible en un contexto internacional definido por los acuerdos de Doha, Johanesburgo y Monterrey. A Bill Clinton también le bastó un libro reciente para corroborar su visión sobre la globalización. Al lehendakari Ibarretxe le avalaron siete autores -el octavo era José María Aznar y, como la cita fue negativa, no cuenta- para explicar el rol de "Euskadi en un mundo globalizado". Siete. Número mágico de Euskal Herria.
El discurso de Ibarretxe en la London School of Economics combina una lectura de la historia del País Vasco como un conflicto permanente entre vascos y España desde la abolición de los Fueros- 'constitución secular' de los vascos- y una propuesta programática que vincula el futuro del País Vasco con la paz y con la articulación idónea de poderes regionales en el nuevo mundo de la globalización.
Ibarretxe argumenta que, en la historia vasca, "hay una dialéctica de la economía y de la política moviéndose en diferentes direcciones", siempre como traducción de la versión inglesa de su discurso en castellano. Esa dialéctica habría cuajado por "el rápido avance de la segunda fase del capitalismo, la de los estados nacionales, como consecuencia del desarrollo industrial", que se había iniciado en un contexto ambiguo, tras la 'derrota' de 1839 pero mediante el impulso de la navegación y el comercio exterior. La dialéctica de una economía y una política que se mueven en direcciones contrapuestas consiste, según el lehendakari, en que las fases de desarrollo económico agudo del País Vasco ocurren tras la abolición foral y alcanzan su cenit en el momento de mayor pérdida de autonomía y libertad en el País Vasco, la dictadura de Franco. Se produce entonces la crisis de los años setenta, sobre la que Ibarretxe no ofrece dictamen en su visión de la dialéctica de las estructuras y superestructuras divergentes. Y surge el embrión de una nueva armonía, con rememoración foral, a partir de 1979, entre los trompicones causados por ETA y los gobiernos de Madrid.
El lehendakari expresará con más nitidez los argumentos sobre su propuesta constitucional en su última conferencia inglesa, en el St. Antony´s College de Oxford. En la LSE, Ibarretxe ofrece la visión de la nueva armonía vasca en el sistema internacional. La Euskadi de Ibarretxe es un nodo en el circuito interconectado del mundo, uno de esos nodos de Manuel Castells, uno de los estados regionales de Kenichi Ohmae, que, en alguno de sus libros para visionarios y gestores, ha hablado -aunque Ibarretxe no lo explique- de la emergencia de regiones mejor equipadas para competir en los entornos rápidamente cambiantes de las economías globalizadas por su capacidad de hacer atractiva su diferencia en una economía abierta e internacionalizada, donde la uniformidad puede ser una desventaja para atraer y retener capital, tecnología y personas portadoras de conocimiento.
El lehendakari menciona brevemente el Concierto, la fuente presupuestaria de su poder y la más aparente diferencia en el entorno de su estado regional, pero explica, ya en su conclusión, que, para la definitiva armonización de la dialéctica de las estructuras económicas y políticas divergentes, para la normalización política del País Vasco y para la humanización de la modernidad predicada por Stephen Toulmin, es necesario el diálogo en torno a su propuesta de libre asociación del País Vasco con España y con Europa, presentada, en la traducción inglesa del discurso, ya no como propuesta sino, con mayúsculas, como un Acuerdo para la Convivencia.
El razonamiento así expuesto provocaría posiblemente la indiferencia de Toulmin, porque el lehendakari Ibarretxe no ofrece argumentos sobre por qué los poderes transferidos a su soberanía contribuyen a mejorar la vida de la población. No hay referencias en su discurso a lo que cabría esperar en el foro de la LSE, en el contexto de un debate internacional sobre la globalización: las ventajas y desventajas de la administración local, central o internacional de la justicia, los ejemplos benéficos para la sociedad de la administración local de un puerto, las ventajas de su administración por un gobierno vasco con respecto a uno español o por un gobierno vasco con respecto a uno municipal o por un gobierno vasco con respecto a una empresa privada.
El lehendakari concluye inevitablemente con una cita noble. Tras recordar antes que la red radial de transporte propuesta por Aznar no sirve a Euskadi en el mundo globalizado porque no la acerca a Europa sino a África, Ibarretxe apacigua a los mosqueados abrazando la causa de Nelson Mandela. Y le cita con una idea tomada de Kant : "Una y otra vez los conflictos se resuelven mediante cambios que eran inimaginables en su comienzo".
Se produce entonces, en el anfiteatro de la LSE, un momento con posibilidades académicas realmente sugerentes. El profesor encargado de responder brevemente al discurso del lehendakari es John Gray, un curioso personaje de la intelectualidad británica. Fue asesor entusiasta de los primeros gobiernos de Margaret Thatcher y abogado de la liberalización radical de las economías hasta que, en un fenómeno de conversión intelectual, abandonó aquella causa al entender que el empuje del liberalismo radical promovido en los años ochenta provoca destrucción y desorden y pone en peligro los precarios equilibrios del mundo.
Gray toma la palabra y afirma que el discurso de Ibarretxe le ha recordado la reciente lectura de The Spirit of Capitalism, Nationalism and Economic Growth (El espíritu del capitalismo, Nacionalismo y crecimiento económico), de Liah Greenfeld. En su libro, la profesora americana argumenta, contra la tradición académica que desde Max Webber ha achacado a la ética protestante una influencia necesaria en el despegue del capitalismo, que el nacionalismo fue una fuerza más decisiva. Y que los sentimientos de pertenencia y las afinidades nacionales fundan el orden moral de la sociedad moderna y son la fuente de sus valores.
El ajuste de esta teoría de Greenfeld, abrazada por Gray, con la visión histórica del desarrollo económico del País Vasco, mediante la dialéctica de las economías y los nacionalismos divergentes, expuesta por el lehendakari, promete intriga. Pero no hay manera. La conferencia ha terminado y el lehendakari parte hacia la planta superior de la LSE, donde ofrece una recepción a todos los asistentes. Antes de retirarse a cenar con sus anfitriones de la LSE, Ibarretxe pasa una hora larga entablando conversación con cada uno de los estudiantes que se acercan a discutir su intervención. Quien quiera ganarle unas elecciones tendría que emular su energía.
(... Sube la cápsula del lehendakari por la noria, en el atardecer del 21 de noviembre de 2002, y llega a lo más alto de su circunferencia. Si mira hacia el este, ve el origen cotidiano del sol, ese otro astro que ilusoriamente gira. Cuando el sol avanza cada mañana desde su amanecer, el hombre que lo observa ve que el tiempo avanza hacia él y que atardecerá a sus espaldas y, sin embargo, cuando habla, el hombre comúnmente considera que el futuro es algo que tiene delante. La dialéctica de las perspectivas divergentes.
Juan José Ibarretxe está también, en ese instante, en condiciones de ver lo que deja como pasado tras su visita. Porque, mañana, marchará a Oxford. Londres ha sido la primera escala de su viaje internacional para promover la "Propuesta Política para la Convivencia". Ayer, se entrevistó con unos periodistas del FT con afán de documentarles y dio una charla a 150 estudiantes de la LSE. En la mañana de hoy, se ha entrevistado con directivos de empresas británicas con presencia en el País Vasco o que son también clientes de LSE Enterprise Ltd. Luego, ha acudido a un salón de la Cámara de los Comunes del Parlamento británico, para compartir conversación y mesa con cinco diputados de los partidos nacionalistas escocés y galés, que no forman parte de sus gobiernos regionales.
Y, tras el almuerzo, ha marchado a la BBC World Service donde, en la mañana, había un revuelo entre programas. Los de Europa Hoy intentan pasar la entrevista del lehendakari, comprometida telefónicamente antes del viaje, a los de Mundo hoy, porque los 'europeos' van a dedicar su programa informativo a la cumbre de la OTAN. Austera suena la voz del comentarista de ETB cuando anuncia, como apertura de su propio informativo, en el ya anochecer vasco, que Ibarretxe habla en ese momento al mundo a través del programa de la BBC World Service sobre el que ha caído el peso del dignatario sobrante. Y, tras declarar por concluida su segunda jornada internacional, el lehendakari se ha subido a la noria del milenio con su séquito y con los periodistas que le siguen, antes de irse todos juntos a cenar.
El balance sorprendente de la primera escala del viaje internacional del lehendakari, antes de partir hacia Latinoamérica, es que, para promover su Propuesta Política para la Convivencia, no ha hablado en Londres con nadie que, de una manera siquiera menor, pueda hacer más viable la idea de un País Vasco también libremente asociado en la UE. La noria comienza su descenso. El balance de la visita del lehendakari es que los actos de relevancia en la primera visita de un presidente de un Gobierno Vasco al Reino Unido son académicos...)
En el auditorio del St.Antony's College de Oxford, donde el lehendakari va a pronunciar la conferencia "Euskadi ante su futuro y el de la nueva Unión Europea", hay unas cincuenta personas y más de la mitad son el copioso y variado séquito del propio lehendakari y el grupo de periodistas vascos. No acude Timothy Garton Ash, el director del programa de estudios europeos, bajo cuyo paraguas se oirá el discurso. La acogida al presidente vasco corre a cargo del director del St. Antony's, Sir Marrack Goulding, un patricio de la diplomacia y de la academia británica. El espectador materialista anota, en Oxford, que el college tiene un convenio con Eusko Ikaskuntzak subvencionado en su totalidad por el Gobierno Vasco y que eso debe justificar la presencia en la mesa presidencial del salón de conferencias del St. Antony's de la consejera de Educación, Anjeles Iztueta, y de su séquito, como la víspera se habría justificado la del portavoz, Josu Jon Imaz, y el suyo en el almuerzo parlamentario con diputados de la oposición escocesa y galesa. Tximinoa gorago eta ipurdia agiriago.
Pero el calibre académico del viaje exige mesura. La medida es como sigue: los trece folios del discurso del lehendakari Ibarretxe, "honrado de traspasar los muros" de la Universidad de Oxford, "por cuyos claustros y colegios he paseado lleno de respeto y admiración", contienen numerosos problemas de sintaxis y, al menos, 56 errores de ortografía. Entre ellos, la denominación del país de los vascos, Iparralde, en francés, como Pays Vasque, con uve.
El lehendakari afirma en su discurso -y la versión escrita lo confirma- que la dictadura franquista duró desde 1939 a 1979. ¿Es sectarismo criticarlo? ¿Se trata de un pedante ejercicio para partir un cabello por la mitad, como dice el refrán inglés? ¿Algo de importancia tan discutible como las normas de ortografía? La versión de Ibarretxe sobre la duración de la dictadura desvela que es una fantasía ofrecida al público presentarse a sí mismo, en un párrafo posterior, destinado a explicar la evolución de ETA, en estos términos: "Menos aún podíamos imaginar que, después de haber combatido y sufrido el fascismo, un sector de aquella lucha iba a derivar hacia una ideología intolerante y totalitaria". Nadie que no fuese de ETA militar y que combatió el fascismo -o lo que fuera aquello- puede decir que la dictadura terminó en 1979. Y quien lo sufrió no debería jugar con las fechas recientes si no está seguro. La dictadura terminó en las elecciones del 15 de junio de 1977 y una de las mejores pruebas es que Ajuriaguerra, Zubiri, Irujo, Elósegui o Bujanda fueron candidatos del PNV en aquellas elecciones. Quizás las faltas de ortografía en un discurso del lehendakari en Oxford dicen mucho del PNV posmoderno de Ibarretxe, en el que nada, salvo el mantenimiento del poder de gobierno, parece tener demasiada importancia. Ni siquiera calificar como colaboradores del franquismo a quienes desde el PNV se opusieron a la dictadura. Decir que la dictadura duró hasta 1979 es afirmar también que existe una prueba distinta a las elecciones libres como baremo de una democracia. Es también decir que la Constitución de 1978 se aprobó durante la dictadura franquista. Es decir simplemente que ETA militar tenía razón al convertirse en la única fuerza vasca -o lo que sea- que no participó en las elecciones de 1977. Es también decir que la democracia sólo comenzó cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía, fuente del poder de Ibarretxe, quien, durante el fascismo, o lo que fuera, obviamente estudiaba. Lo cual es más que respetable. Pero, si se dedicó a estudiar, ¿por qué no ha sido capaz de encontrar a alguien para su equipo que sepa poner las comas?
(... Desciende ya la cápsula vasca por la vertiente occidental de la noria y divisa el lehendakari la inmediatez física del Big Ben y del Parlamento británico. Es decir, de Irlanda. Allí, en el invernadero de Westminster, campeó, como poder en apariencia eterno, Margaret Thatcher, ejemplar como víctima en el Grand Hotel de Brighton: "El IRA ha intentado matar al gobierno democrático". Allí sobrevivió, zarandeado, John Major, el hombre ordinario que dio vida al proceso irlandés de paz, parecido en algunas cosas a Juan José Ibarretxe: un lehendakari tan zarandeado y políticamente impotente que viaja a Londres para promover su propuesta pública mediante una visita privada. Que sube finalmente a disfrutar de la estupenda noria como colofón de una diplomacia vacía. Que atrae a la mesocracia vasca al menos por su falta de pose y de mal aire, por su disposición a prepararse un espectáculo de diapositivas -Primera diapositiva: ¿Quiénes somos?; Segunda diapositiva: ¿De dónde venimos?- para presentarlo como apoyo gráfico de su discurso, ante el auditorio del St. Antony's, desde su ordenador personal portátil, con el programa PowerPoint, como uno más de entre nosotros, un lehendakari totalitario, que confunde lo vasco con lo nacionalista vasco, pero que no es caudillo, administrador que tampoco parece llevarse a casa el dinero de la caja registradora. El orden moral de las cosas que el nacionalismo provee, según cuenta una tal Liah Greenfeld.
¡Si en Madrid hubiese otro John Major! Pero no lo hay. Ni hay en Bilbao un John Hume, que ofrezca paraguas político a la transición del terrorismo hacia la democracia pero desde la oposición, sin conciertos económicos ni policías bajo su mando, dispuesto a jugarse por la aventura de la paz irlandesa la vida y su futuro profesional como político, es decir, el prestigio y el poder de un escaño. Pero no hay, en el vasquismo de Sabin Etxea y del coche oficial, un John Hume, de la misma manera que no hay en Madrid ni Thatcher ni Major ni Blair. Ni hay que buscar en Elgoibar a Gerry Adams, porque no está allí, sino entre los muros de West Belfast, que no se divisan desde la cápsula en la noria de Westminster...)
El discurso del lehendakari en Oxford describe de nuevo, en su inicio, la dialéctica de la economía y de la política divergentes en el desarrollo histórico vasco. Pero cansa seguir el hilo de un discurso en el que se presentan, como "Avance de Reflexiones", pasajes así revueltos: "Una gran diferencia con el pasado no sólo medieval sino con todo él, es que la Europa de hoy aspira a una Unión libre y en paz en su interior y también en sus relaciones con el exterior".
El lehendakari asocia luego los problemas de Irlanda, Cataluña, Chechenia, Tibet o el País Vasco con un argumento negativo: los gobiernos británico, español, ruso y chino niegan que tengan similitudes. Pero, tras afirmar su reparo, porque "no sirve de nada mirar a otro lado", ofrece una solución generalista: "Hay que aceptar que hay tibetanos, vascos, irlandeses, catalanes, tamiles, chechenos".
Ibarretxe argumenta que su propuesta es fiel a los principios de la construcción europea, porque "las políticas públicas como la promoción económica, la enseñanza, las nuevas teconologías o la política social van a ser mejor abordadas a nivel regional". Pero no desarrolla esta idea sino que ya acomete otra nueva: el concepto de soberanía compartida de poderes en Europa se debe extender "también al plano simbólico".
Ibarretxe no concreta nada al respecto, aunque lanza al aire una interrogante, deducida, porque carece, en el texto, de signos de interrogación: "¿No es completamente lógico llegar al reconocimiento de una ciudadanía vasca compartida con las anteriores (la de cada Estado y la europea), cuando viene avalada por la identidad nacional de un pueblo libre y democráticamente expresada". ¿La respuesta al acertijo es Engelbert Humperdinck?
Ibarretxe se refiere después concretamente a la política vasca del momento y afirma que la legitimidad de su gobierno es superior a la del ejecutivo de Aznar -48% contra 44% de los votos- y que quienes se le oponen en el País Vasco han de saber que "las minorías deben ser respetadas, pero no tienen el derecho a bloquear propuestas y a petrificar unas instituciones políticas que ya no son un punto de encuentro y que no sirven para prosperar en la nueva era del capitalismo global".
Ibarretxe concluye su discurso y su estancia en el Reino Unido, la primera de un lehendakari vasco en ejercicio, explicando a su pequeña audiencia en el St. Antony's que la propuesta constitucional que ha presentado en el País Vasco "se ajusta a los principios de la construcción europea y a las necesidades que exige la globalización".
Durante su visita a Londres, el lehendakari Juan José Ibarretxe no ha emprendido ninguna gestión significativa que haga avanzar la diplomacia internacional en favor de su propuesta de libres asociaciones vascas con España y con Europa. En la trama interna de sus dos discursos académicos en el Reino Unido, no ha ofrecido la narrativa lógica y los ejemplos posibles para sustentar su argumento central: que el desarrollo económico del País Vasco en el marco abierto de la Unión Europea y de la nueva globalización de las comunicaciones, exige mayores transferencias de poder a su gobierno.
Pero Ibarretxe remata su estancia británica, camino de Chile, recordando desde Oxford a los políticos de su oposición amenazada -con quienes tendría que negociar, todos bien rodeados de guardaespaldas, la viabilidad de su propuesta constitucional- que están intelectualmente retrasados ante los retos de la globalización y que tienen derechos políticos limitados.
(... Desciende la noria del lehendakari hasta el punto de partida. La noria es ya metáfora del entero viaje. Nada hay de mayor relevancia que el resonar de voces en la cápsula vasca. Nada tendrá mucha más consecuencia que el campanilleo de fragmentos de los discursos de Ibarretxe en la saturada conciencia de los ciudadanos del País Vasco, mediante la proyección de sus palabras a través de los periodistas que le siguen. Sostiene Ibarretxe - dirán los periódicos del día siguiente, con permiso de Pereira y de Tabucchi- que más poder para Ibarretxe traeá la paz y el desarrollo económico en la economía globalizada. Se abre la puerta de la cápsula como se abre al atardecer el apetito).
IÑIGO GURRUTXAGA