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Una
evaluación de los costes que para la economía vasca
supondría la secesión del País Vasco con respecto
a España debe tomar en considerción tres elementos:
El
primero se refiere a la imposibilidad de que, de una manera automática,
el nuevo Estado surgido del hecho secesionista forme parte de la
Unión Europea. Dado que los Estados miembros de la Unión
adquieren esta condición tras negociar y firmar un tratado
de adhesión, cabe esperar que la nueva Euskadi tardara varios
años en adquirir esa condición; y ello, bajo el supuesto
de que ninguno de los actuales miembros de la Unión vetara
su entrada. Si se prescinde de este supuesto -por ejemplo, porque
España, disconforme con una secesión unilateral, ejerciera
el veto- entonces habría que pensar que la nueva Euskadi
no llegará a formar parte de la Unión Europea y que,
en consecuencia, sus relaciones económicas con dichos Estados
se verán mediatizadas por el aparato de protección
vigente en ella.
El segundo alude a la actual configuración de las relaciones
que vinculan a la economía vasca con la española y
con las europeas, así como a la importancia que para el País
Vasco tienen tales relaciones. Tener en cuenta esta configuración
es imprescindible para la referida evaluación, pues sólo
a partir de la base realmente existente es posible intentar un cálculo
prospectivo. A este respecto debe tenerse presente que el funcionamiento
de cualquier economía encierra una gran inercia y que los
cambios son siempre lentos y acumulativos. En la economía
no hay nunca revoluciones ni es posible forzar transformaciones
radicales a corto plazo mediante la acción política;
ello hace que cualquier perturbación externa ocasione largos
y costosos procesos adaptativos.
Y el tercero concierne al hecho de que sólo una parte del
problema que aquí se aborda es susceptible de valoración
cuantitativa debido a que sólo existen registros estadísticos
de las relaciones comerciales, pero se carece de datos precisos
de los intercambios de naturaleza financiera, en particular sobre
las inversiones.
Como se acaba de señalar, se conocen bien los intercambios
comerciales que vinculan el País Vasco con España
y con los demás países del mundo, de manera que, a
partir de ellos, puede obtenerse una idea cabal de su importancia
para la economía vasca. Una visión global de esos
intercambios -referida en los datos a 1999, último año
éste para el que se dispone de información completa-
se recoge en los datos que aparecen en el cuadro 1. A partir de
ella, se puede destacar que:
Las relaciones con el exterior son cruciales para el funcionamiento
de la economía vasca dado su alto nivel de apertura a los
intercambios con otras áreas. Considerando la totalidad de
éstos -es decir, tanto los referidos a los bienes como a
los servicios-, las exportaciones y las importaciones suponen más
del 65 y del 63 por 100 del PIB, respectivamente. Esta apertura
exterior es imprescindible para que dicha economía se haya
ido especializando en las producciones para las que cuenta con mayores
ventajas relativas y, en consecuencia, para que, explotando éstas,
se haya logrado un nivel de bienestar apreciable que, en términos
del PIB per capita, se sitúa alrededor de la media europea
y, por tanto, por encima del promedio español.
La mayor parte de esas relaciones se concreta en los intercambios
que el País Vasco realiza con el resto de España.
Así, seis de cada diez euros de importación o exportación
corresponden a las mercancías y servicios que se trasiegan
entre ambas áreas geográficas. Y los cuatro restantes
conciernen a las vinculaciones entre el País Vasco y el extranjero
-donde lo fundamental son las que se establecen con los países
de la Unión Europea-. Es, por tanto, una falacia pensar que,
como ha dicho en alguna ocasión el presidente del PNV, los
vascos "no necesitamos a Madrid para nada".
Más aún, la relación con Madrid -término
éste que debemos tomar como una metáfora de España-
no sólo es fundamental para la economía vasca, sino
que, además, se salda con un déficit de apreciable
dimensión para ésta que sólo es sostenible
gracias al superávit que se obtiene en los intercambios con
el extranjero.
Digamos finalmente que el comercio exterior vasco de bienes se distribuye
entre España y el extranjero de manera más equilibrada
que el de servicios. Así, mientras que sólo un 56
por 100 de los intercambios de mercancías se realizan con
las demás regiones españolas, esa proporción
alcanza el 87 por 100 en los servicios.
En síntesis, la evidencia contable pone de relieve que la
economía vasca se ha estructurado de manera tal que su vinculación
con el exterior, muy importantemente con España, ha de mantenerse
en un alto nivel para asegurar el funcionamiento de las actividades
productivas y, con ello, la generación de las rentas que
garantizan el nivel de vida actual de la población vasca.
¿Sería posible mantener esas actividades y esas rentas
si, finalmente, el nacionalismo logra imponer la secesión
del País Vasco? La respuesta a esta cuestión es claramente
negativa si se acepta la idea, antes enunciada, de que la secesión
dejaría al País Vasco fuera del marco de la Unión
Europea. Ello es así debido a que la salida de España
y de la Unión conlleva un cambio radical del marco institucional
que, en una primera aproximación, implicaría el establecimiento
de barreras arancelarias para las exportaciones vascas. Tales barreras
supondrían, de manera automática, una elevación
de los precios de esas exportaciones y, debido a la sensibilidad
de la demanda a este elemento, una reducción de su cuantía.
¿Hasta dónde podría llegar esta reducción?
Puede contestarse a esta pregunta a partir de algunos supuestos
razonables acerca de dicha sensibilidad o elasticidad-precio de
las exportaciones y del nivel de la protección arancelaria,
como los que se recogen en el cuadro 2. Y la respuesta señala
que las exportaciones de la nueva Euskadi pueden experimentar una
caída de entre el 2,7 y el 4,5 por 100, lo que, en términos
del PIB, equivale a una cifra que se mueve entre el 1,3 y el 3 por
100.
Estas cifras, aparentemente modestas, supondrían, por su
repercusión en el saldo exterior, una reducción de
entre el dos y el tres por ciento del PIB vasco, implicando así
un deterioro del nivel de bienestar de la población. Además,
la economía vasca pasaría de su actual situación
de superávit externo a otra de déficit en la que el
saldo negativo se situaría entre el 0,9 y el 2,1 por 100
del PIB.
Las cifras precedentes constituyen el coste directo e inmediato
de la "no España" para el País Vasco que,
partiendo de los datos de la contabilidad regional y aplicando supuestos
razonables, es posible estimar. A él habría que añadir
el coste adicional que, en términos dinámicos, se
derivaría, por la reducción de actividad que implica,
de una perturbación como la indicada; un coste éste
que, a falta de un modelo macroeconómico de la economía
vasca, no es posible calcular por el momento.
Pero más allá de esta derivación cuantitativa
de la información contable, pueden hacerse otras consideraciones
que permiten intuir que el impacto de la secesión sería
mucho mayor que el que se acaba de señalar. Ello es así
debido a que una buena parte de las empresas sobre las que, debido
a su tamaño o a su liderazgo en el terreno tecnológico,
gravita la economía vasca, se encuentran fuertemente integradas
en el espacio nacional español. Sus negocios y su actividad
productiva se reparten a lo largo y ancho de esa geografía,
de manera que una alteración radical de ésta, por
medio de la aparición de fronteras, podría dar lugar
a reestructuraciones adaptativas destinadas a preservar su cuota
de mercado. Tal alteración no consiste sólo en la
aparición de la, por lo demás, reducida protección
arancelaria a la que se ha aludido en los párrafos anteriores,
sino también en posibles reacciones de rechazo de los consumidores
a los productos de origen vasco -que serían tanto más
intensas cuanto menos consensuada fuera la secesión- o en
la desaparición de los canales privilegiados de comunicación
que, por su pertenencia a España, tienen con los decisores
políticos las empresas que abastecen el mercado público.
Por ello, no resultaría sorprendente que algunas de esas
empresas acabaran deslocalizándose, abandonando el País
Vasco, o que experimentaran procesos de segregación de activos
con objeto de aislar sus actividades de ámbito regional con
respecto a las realizadas en el resto de España. Ambos fenómenos
podrían tener efectos devastadores sobre la economía
vasca.
Una idea de la importancia que tiene lo que se acaba de indicar
puede obtenerse recurriendo a algunos ejemplos significativos. En
el cuadro 3 se recogen datos de las diez mayores empresas domiciliadas
en cada una de las provincias vascas, que, en su conjunto, facturan
una cifra equivalente a casi el 60 por 100 del PIB regional; y en
el 4 se ofrece información sobre la localización de
los centros de producción de algunos grupos líderes,
tanto en el plano comercial como en el tecnológico.
Entre estas empresas se cuentan casos de filiales de multinacionales
extranjeras, de entidades integradas en grupos de capital nacional
español radicados fuera del País Vasco y, lógicamente,
de firmas controladas por el capital regional. Aunque alguna realiza
la práctica totalidad de sus actividades en el ámbito
del mercado vasco, casi todas ellas extienden sus negocios y funciones
productivas en diversas regiones españolas o en el extranjero.
Así, en el caso de MCC -el mayor grupo industrial y, contando
la facturación de Eroski, también comercial vasco-,
una parte nada despreciable de sus empresas se localizan en otras
regiones de España o en otros países, de manera que
más de la mitad de sus 60.000 sus trabajadores están
empleados fuera del País Vasco. Iberdrola, segundo grupo
por facturación, tiene centros de producción en casi
todas las autonomías y sólo así puede reunir
el 37 por 100 de la potencia instalada para la generación
de energía eléctrica y abastecer al 41 por 100 de
la población española. El grupo Correo, que lidera
el segmento de la prensa española de ámbito regional
y que, además, participa en otros medios audiovisuales, edita
sus periódicos en nueve Comunidades Autónomas. Gamesa,
empresa emblemática de una capacidad industrial diversificada
en actividades y tecnologías innovadoras, también
está presente con sus unidades productivas en gran parte
de las regiones españolas. ITP, que ha alcanzado un importante
reconocimiento en el mercado internacional de turbinas, distribuye
sus actividades entre el País Vasco -donde sólo cuenta
con el 35,6 por 100 de su empleo-, Madrid -con el 43,9 por 100-
y sus filiales en el extranjero -con el 20,5 por 100-. Y, en fin,
CAF, que por su participación en los programas de renovación
del material móvil de RENFE -principalmente por lo que concierne
a los trenes de cercanías- y de los metropolitanos de Madrid
y Barcelona, ha podido desarrollar tecnologías punteras en
el terreno ferroviario y hacerse un hueco entre los competidores
mundiales de este mercado, no sólo fabrica fuera del País
Vasco, sino que concentra la mayor parte su facturación entre
el resto de España y varios países extranjeros.
Pues bien, es a este tipo de empresas y a sus actividades a las
que hay que aludir al tratar de visualizar las consecuencias de
la secesión si ésta induce, como es probable, procesos
de deslocalización o de segregación de activos, como
antes se ha señalado. A este respecto, sólo cabe formular
hipótesis tentativas, pues la escasa disponibilidad de datos
de naturaleza microeconómica no permite un análisis
afinado. Así, si esos fenómenos acabaran afectando
a tan sólo una cuarta parte de las actividades de los grupos
industriales aludidos en el cuadro 3, ello significaría para
el País Vasco una reducción del 6,5 por 100 de su
PIB.
Por tanto, contando con las limitaciones y supuestos que son inherentes
a cualquier ejercicio prospectivo, los resultados que se han obtenido
a lo largo de este trabajo señalan que el coste directo de
la "no España" derivado de la secesión del
País Vasco podría alcanzar una cifra del orden del
9,5 por 100 del PIB. Esta cantidad -que se encuentra próxima
a la que Alberto Abadie y Javier Gardeazabal estimaron como coste
del terrorismo durante los años ochenta y noventa- implica
que, en términos del PIB per capita, el País Vasco
puede experimentar un retroceso de su posición relativa desde
el quinto al sexto puesto entre las regiones españolas o,
si se prefiere, de ocupar un lugar próximo al promedio de
la Unión Europea a situarse un 10,4 por 100 por debajo de
ésta. Ello vale tanto como decir que la secesión supondrá
desandar el camino de la última década y deshacer
los logros alcanzados en ella para que los vascos pudieran converger
hacia el nivel de bienestar prevaleciente en Europa. Tanto sacrificio,
seguramente, no merece la pena.
MIKEL
BUESA
Catedrático de Economía Aplicada (Universidad Complutense)
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