J.J. CORCUERA/ P. DE LAS HERAS/BILBAO/ MADRID
Pasqual Maragall utilizó su conferencia en el curso de verano de El Escorial -el mismo foro en el que el lehendakari defendió anteayer su plan soberanista- para exponer una batería de dudas y reclamaciones sobre las modificaciones constitucionales y estatutarias que pergeñan los socialistas. Pese a sus reclamos, el presidente de la Generalitat echó un capote al Gobierno de José Luis Zapatero en otro asunto relacionado con la organización territorial: el plan Ibarretxe.
Por primera vez, Maragall instó sin ambajes al presidente del Ejecutivo vasco a que busque un nuevo enfoque para su propuesta de reforma estatutaria. Una iniciativa en la que, a diferencia de la catalana, no han participado todas las formaciones políticas. «Deseamos -dijo- que cambie la singladura del proyecto vasco de modificación de la relación con el Estado, tras las elecciones de abril en Euskadi». A su juicio, si esto ocurriera, sería más fácil que España organizara su «diversidad interior».
El pasado 18 de junio, el presidente de la Generalitat aseguró compartir «el contenido» del plan Ibarretxe, aunque no «las formas», después de entrevistarse en Vitoria con el inquilino de Ajuria Enea. Las declaraciones fueron acogidas con un indisimulado malestar por el Gobierno y por la dirección del PSOE. Un mes después Maragall se reunió en La Moncloa con Rodríguez Zapatero y, al término del encuentro, manifestó con solemnidad que la «Generalitat es Estado, quiere ser considerada como Estado y va a ejercer de Estado», un pronunciamiento que se situaría en las antípodas del proyecto soberanista de Juan José Ibarretxe.
Ayer en Madrid, sin embargo, el dirigente catalán compensó al lehendakari y al nacionalismo vasco en general con una premonición. A su juicio, con la desaparición de fronteras que traería consigo la construcción europea, la «euroregión vasca será imparable», y auguró que de ella formarán parte las provincias del País Vascofrancés.
En la misma conferencia, el presidente de la Generalitat advirtió al Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero de que considerará muy «decepcionante» que la reforma de la Constitución, prevista para esta legislatura, no incluya una mención expresa a la condición de nacionalidades históricas de Cataluña, Galicia y el País Vasco. Aunque Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas, ya cerró la puerta a esta posibilidad hace apenas dos semanas, Maragall no tiró la toalla y argumentó su reclamación: «Si ahora se nos nombra sin denominarnos habríamos perdido más que ganado». A su entender, el texto de 1978 ya denomina de forma implícita a las tres comunidades que plebiscitaron su estatuto antes de la Guerra Civil como nacionalidades. Y por tanto -de acuerdo con su discurso- si la reforma que quiere impulsar el PSOE se limitara a citar por su nombre a las comunidades y ciudades autónomas sin definirlas como regiones, archipiélagos o lo que tercie en cada caso, se estaría dando un paso atrás.
Cambios «interinos»
Pero no fue éste el único órdago que Maragall lanzó al Gobierno. El jefe del Ejecutivo autonómico dejó claro, además, que no está conforme con la idea de hacer depender, ni en tiempo ni en contenido, la reforma del estatuto catalán, que en principio se debatirá en el Parlament la próxima primavera, de la constitucional, que se refrendaría al final de la legislatura.
Pese a la exigencia del Gabinete de Zapatero de que los cambios estatutarios no sobrepasen los límites marcados por la Carta Magna, propuso que se dejen en suspenso las modificaciones del Estatut que resulten incompatibles con la Constitución actual, hasta que se resuelva su reforma. Su idea -sugerida, según dijo, por ex un presidente del Tribunal Constitucional- sería convertir esos cambios en «interinos» a través de las disposiciones transitorias.
La tercera pata del banco para Maragall sería Andalucía. Maragall reclamó a Manuel Chaves que convierta a su comunidad autónoma en motor de la España «plural» que propone el PSOE. «Andalucía está ante una disyuntiva -advirtió-: o busca y obtiene un reconocimiento de su singularidad o se conforma con una actitud de rechazo a toda singularidad y se postula como garante de una cohesión basada en la negociación de pretendidos privilegios». Una opción esta última que calificó de «error dramático».
Maragall sostuvo que la comunidad que gobierna Chaves tendría razones de peso suficientes para reclamar un tratamiento diferenciado porque, aunque no posea lengua propia, sí tiene «una cultura robusta y singular», y porque entró en la autonomía por la vía rápida del artículo 151 de la Constitución.