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ABC, 25 de julio de 2003 ¡Viva el Québec canadiense! TEXTO: PEDRO RODRIGUEZ La sonada derrota electoral sufrida por los nacionalistas del «Parti Quebécois» ha sustituido la continua campaña separatista por un esfuerzo concertado para mejorar el sistema federal de Canadá dentro del marco constitucional vigente WASHINGTON. Entre los momentos legendarios del contumaz pulso para imponer una interesada frontera entre la provincia francófona de Québec con el resto de Canadá destaca la histórica arenga separatista del general Charles de Gaulle desde el balcón del Ayuntamiento de Montreal el 24 de julio de 1967, con la traca final de «¡Vive le Québec libre, vive le Canada français, vive la France!». Pero este impulso independentista -pese a una estrategia de reivindicaciones contínuas y sucesivos referéndums en busca de una elusiva mayoría- ha envejecido bastante mal. Desde el sonado triunfo electoral logrado esta primavera por el liberal Jean Charest, este territorio con tres veces la extensión de Francia y siete millones de habitantes ha dejado de ser un feudo de separatismo, pasando a protagonizar un ejemplar esfuerzo para lograr que las dos principales esferas del gobierno canadiense dejen de tirarse los trastos a la cabeza y sumen esfuerzos en beneficio de sus ciudadanos. Desde la garantía de cinco años de paz constitucional en Québec, Jean Charest ha empezado a liderar un esfuerzo concertado con el resto de los trece líderes provinciales y territoriales de Canadá para lograr un mejor reparto de recursos y responsabilidades con el gobierno federal de Ottawa. Dentro de este peculiar proceso, los diversos gobiernos regionales han aprobado la creación de un nuevo Consejo de la Federación, foro que aspira a orquestar un frente común para solucionar las deficiencias tan explotadas por los nacionalistas de Québec. Para diseñar estas nuevas relaciones entre las administraciones de Canadá, los líderes regionales han solicitado encuentros periódicos con el primer ministro federal, reglas negociadoras uniformes que impidan otorgar privilegiadas ventajas a determinadas provincias, e insistencia en que el gobierno de Ottawa consulte a los gobiernos regionales en ciertos nombramientos federales. El Ejecutivo de Jean Chrétien ha acogido con cautela estas peticiones. La siguiente fecha clave para este calendario de reformas será la puesta de largo de este pionero Consejo de la Federación, prevista para el próximo 24 de octubre precisamente en la capital de Québec. La amurallada ciudad deberá convertirse entonces en un simbólico epicentro para este proceso de cambios encaminados claramente a lograr una mayor transferencia de fondos a las arcas de los gobiernos regionales. Las dos fórmulas barajadas contemplan la transferencia de ingresos fiscales reservados hasta ahora al Ejecutivo federal o un aumento en la versión canadiense de los fondos de armonización entre provincias ricas y pobres. Otra propuesta sobre la mesa es la discutida creación de un consejo nacional que supervise el gasto y prestaciones sanitarias, cuestión clave para una buena parte del electorado canadiense bastante inquieto por una bajada en la calidad de esta cobertura. En todo este debate, lo que más llama la atención es el positivo protagonismo adoptado por Québec tras el abrupto final logrado hace tres meses por Jean Charest sobre el monopolio político de los nacionalistas liderados por Bernard Landry. Hasta ahora, todos los esfuerzos de reforma desde dentro del sistema y sin cuestionar el «status quo» legal en Canadá se habían visto obstaculizados por el Parti Québécois y su agenda separatista. Para el resto de líderes regionales ya era hora de que la provincia francófona dejase de ser una constante excepción. Ahora,
la bandera de Canadá vuelve a ondear sin problemas en el Parlamento
de Québec. Y en colmo de las ironías, la misma provincia
que ha venido amenazando frontalmente la unidad nacional durante el último
cuarto de siglo actúa estos días como fuente de inspiración
para lograr una Canadá mejor. En palabras del conciliador Jean
Charest, «nuestros intereses no están en contradicción
con los intereses de Canadá», aunque a su juicio haya llegado
la hora de examinar a fondo las relaciones entre Ottawa y el resto de
las provincias. |