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El Diario Vasco, 9 de diciembre de 2003 Sinn Fein, esperando al IRA ROGELIO
ALONSO, Autor de 'Matar por Irlanda. El IRA y la lucha armada' (Alianza
Editorial, 2003) Las elecciones autonómicas en Irlanda del Norte sugieren algunas reflexiones sobre el proceso de paz. En la comunidad protestante se aprecia la consolidación de unionistas que se declaran contrarios a mantener en su actual forma el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Esta creciente oposición puede responder a los siguientes factores. Es cierto que objetivamente los unionistas obtuvieron importantes dividendos a través de un Acuerdo que, como destacados dirigentes de Sinn Fein y del IRA han admitido, no reconoce las as-piraciones fundamentales de los republicanos, habiéndoles obliga-do en cambio a tragar «píldoras muy amargas». A pesar de ello, el electorado unionista ha otorgado una especial relevancia a aspectos más abstractos del proceso de paz que afectan negativamente a su interpretación del mismo. En-tre ellos destaca la percepción de un déficit moral que en su opinión se ha traducido en concesiones a una organización terrorista, como el siguiente ejemplo ilustra. En las elecciones generales de 2002 en la República de Irlanda, Bertie Ahern, primer ministro y máximo representante del nacionalismo irlandés, recalcó que ja-más admitiría a Sinn Fein en un gobierno de coalición mientras el IRA existiera. En cambio, los unionistas contemplan cómo se les ha obligado a compartir el gobierno de Irlanda del Norte con este partido a pesar de la existencia del IRA. Frente a quienes argumentan razones pragmáticas como la necesidad de mantener a los republicanos en el proceso político pa-ra asegurar el cese de la violencia, los unionistas aducen que esa actitud revela una doble moral que lleva implícita una errónea explicación de la historia del conflicto. Ese diferente criterio aplicado en el norte y el sur de Irlanda afecta a la noción de legitimidad del terrorismo. Ligada a esta cuestión se encuentra la presentación que a menudo se hace de la violencia del IRA como una respuesta necesaria e inevitable ante la opresión de unionistas y británicos en ausencia de otras alternativas. De esta forma, se ha construido una narrativa que justifica y legitima al IRA ignorando deliberadamente que los métodos pacíficos iniciados a mediados de los sesenta por el movimiento por los derechos civiles fueron eficaces, provocando reformas en el injusto estado norirlandés que se verían obstaculizadas por la irrupción de la violencia. Como sintetizaba un antiguo miembro del IRA en una entrevista con el autor, la organización «cayó en un serio declive» cuando las «necesidades materiales» fueron satisfechas a comienzos de los setenta. En opinión de otro activista, en aquella época, «al margen de la ocupación británica, había muy poca injusticia como para merecer la pena una lucha armada, y una lucha armada (en esas condiciones) no puede vencer». De ahí la constante utilización en la propaganda republicana del término «igualdad» y «justicia»para defender la presencia de Sinn Fein en el gobierno de la región pese a su relación con el IRA. Se establece así una equivalencia entre las desigualdades so-ciales de un lejano pasado, resueltas décadas atrás, con una situación presente en la que en abso- luto los nacionalistas y los católicos se ven agraviados por un trato desfavorable. Muchos observadores han aceptado esa reivindicación de igualdad tal y como la define Sinn Fein. Por el contrario, puede plantearse que es injusto y desigual que a los norirlandeses se les prive de un derecho que no se cuestiona en otros ámbitos de-mocráticos, o sea, la desaparición de un grupo terrorista que continúa existiendo a la sombra de sus representantes políticos. Esa presencia alimenta la creencia en los unionistas de que la amenaza de la reanudación de la violencia es utilizada para extraer concesiones políticas, reproduciendo así una desconfianza tremendamente dañina para el proceso de paz. La suspensión de la autonomía norirlandesa en 2002 expone los negativos efectos de mantener a Sinn Fein en el ejecutivo norirlandés a pesar de su vinculación con una organización terrorista. En octubre de ese año, la Asamblea autonómica fue suspendida por dos cuestiones: la ausencia de un desarme total por parte del IRA y la revelación de que este grupo había utilizado la sede del gobierno para llevar a cabo actividades de espionaje. En ese mo-mento, los primeros ministros británico e irlandés coincidieron en apoyar a los unionistas en su ne-gativa a participar en un gobierno autonómico que contara con Sinn Fein. Tony Blair enfatizó que sólo sería posible restablecerlo si el IRA anunciaba lo que él mismo definió como «actos de finalización» que inequívocamente de-mostraran la desaparición definitiva del grupo. Mark Durkan, líder del SDLP (Social Democratic and Labour Party), el partido que hasta la jubilación política de John Hume había representado mayoritariamente al nacionalismo constitucional, exhibió una incoherente y contraproducente postura tanto para su formación como para el unionismo partidario del Acuerdo de Viernes Santo. Durkan declaró que del mismo modo que no se podía esperar que los unionistas continuaran gobernando con Sinn Fein ante el comportamiento del IRA, tampoco el SDLP podía apoyar la exclusión del partido dirigido por Gerry Adams. Esta exclusión de Sinn Fein habría permitido la continuación de la autonomía sancionando únicamente a un partido y no al resto de los grupos políticos, medida que respeta el Acuerdo de Viernes Santo. Sin embargo, la actitud del SDLP otorgó a Sinn Fein un valioso veto y una decisiva influencia en el proceso político. En lugar de buscar el consenso con el unionismo partidario de la supervivencia del Acuerdo, el nacionalismo constitucional respaldó a quienes precisamente lo estaban poniendo en peligro. Al hacerlo, el SDLP debilitó a ese unionismo liderado por Trimble que sigue resistiendo los embates de quienes se oponen al Acuerdo en la comunidad protestante. La alianza entre nacionalistas y unionistas moderados que hizo posible dicho documento había sido destrozada. La ruptura de esa transversalidad favorecía el fortalecimiento de una política de bloques dominada por los extremos. En semejantes condiciones, el triunfo electoral de Sinn Fein queda vacío de contenido, pues la restauración de la autonomía parece improbable en ausencia de un significativo gesto por parte del IRA. Danny Morrison, destacado dirigente republicano, lo dejaba entrever en un artículo publicado a comienzos de septiembre, en el que señalaba: «Ahora los republicanos necesitamos un liderazgo unionista fuerte y progresista para consolidar el proceso de paz. La acusación a los unionistas de que no quieren a los católicos por ninguna parte puede cuajar en el nacionalismo más crudo, pero los republicanos tienen que ir más allá de cómodos eslóganes y deben reconocer que el unionismo está cambiando. Trimble no es Donald-son y Donaldson no es Paisley». Este prominente republicano valoraba positivamente a Trimble frente a otros unionistas que desafían su liderazgo. Sin embargo, como los recientes resultados electorales confirman, los lazos entre Sinn Fein y el IRA y la existencia de este grupo han servido para minar un determinado tipo de liderazgo unionista, representado por Trimble, que los propios republicanos identifican como condición necesaria para el avance del proceso de paz. En
esta situación, Sinn Fein necesita tanto o más que los unionistas
movimientos del IRA que desbloqueen el 'impasse'. Mientras el unionismo
acepta sin alarmismo que Irlanda del Norte sea administrada desde Londres,
la ausencia de autonomía plantea otros problemas para los republicanos.
El testimonio de una antigua activista del IRA así lo sugiere:
«Tenía que haberse parado (la violencia del IRA) de manera
honorable en el 86, 87, como una derrota (del IRA), mientras que siete
años después paró en el 94 percibiéndose que
era una victoria, pero no era una victoria, se percibía como tal,
y entonces lo podían vender. (...) Si hubiesen parado en 1986 no
habrían tenido a (Martin) McGuinness sentándose en Stormont
como en 2001. Habría desaparecido, habría desaparecido de
la escena política. (...) Sabían que si paraban en 1986
eso era todo (...)». Es enormemente difícil esconder el rotundo
fracaso del IRA tras haber sido este grupo incapaz de conseguir sus objetivos
nacionalistas mediante la violencia. Pero más compleja aún
resulta esta tarea cuando sus dirigentes ni siquiera disponen de una limitada
autonomía con la que justificar en vano miles de muertes. |