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El Diario Vasco, 18 de octubre de 2003 Un
interés económico compartido JAVIER LASARTE/ECONOMISTA Y PROFESOR ASOCIADO DE LA UPV Euskadi y el conjunto de España comparten un interés mutuo en su desarrollo económico. Sin embargo, alguien puede estar equivocándose una vez más en la elección de la estrategia para afrontar el desafío soberanista del nacionalismo vasco. La estrategia del miedo y de la amenaza velada o directa en el País Vasco está condenada al fracaso electoral. Parece que no han sacado conclusiones de los resultados de las elecciones autonómicas de mayo de 2001. Ahora parece que toca amenazar con la economía. Se utiliza a la patronal española como ariete para insinuar la suspensión de la autonomía vasca, se pretende 'concienciar' al empresariado español para que elija bien con quién hace sus negocios, y se ponen en marcha campañas de desprestigio contra empresas vascas con fuerte implantación en el mercado del resto de España. Se airean estudios académicos sobre opiniones de empresas vascas acerca de su actitud ante el plan Ibarretxe, y con una respuesta de 78 cuestionarios sobre una muestra de 976 empresas, se llega a la conclusión, que los medios subrayan de forma destacada, de que el 25% de las empresas vascas se plantea abandonar el País Vasco por el plan secesionista del Gobierno vasco. Sin embargo, al mismo tiempo un estudio de la Federación de Cajas Vasco-Navarra señala que la confianza de los consumidores vascos se dispara al nivel más alto en los dos últimos años, con un optimismo que supera el de sus convecinos del resto de España y de la Unión Europea, y los datos de coyuntura disponibles indican que la economía vasca sigue su crecimiento con velocidad de crucero, que las playas de Euskadi, a pesar del chapapote del Prestige y de otras consideraciones, se han visto llenas de turistas provenientes de todo el Estado y de otros países, y que las empresas vascas se enfrentan con éxito a los desafíos de la globalización y el cambio tecnológico. Alguien se empeña en no querer ver la realidad de una comunidad autónoma orgullosa de su idiosincrasia y de su capacidad de gestionar eficazmente las capacidades de autogobierno que le conceden el Estatuto de Autonomía de Gernika y el Concierto Económico, las bases de su prosperidad económica. Alguien insiste en ahondar la sima que está produciendo la política de confrontación entre los gobiernos del Estado y vasco, y en seguir rompiendo consensos y complicidades que se han tejido a lo largo de los siglos de la historia de España entre los vascos y el resto de españoles. Es evidente que el terrorismo y las situaciones de crisis e inestabilidad política e institucional afectan muy negativamente a la actividad económica y a las inversiones. En Euskadi, la existencia de ETA ha supuesto un coste de más del 10% del PIB vasco per cápita y ha alejado inversiones foráneas, tan necesarias para la modernización y diversificación del tejido productivo vasco. La secesión de Euskadi también tendría importantes costes económicos, y el catedrático Mikel Buesa y otros expertos han hecho cálculos sobre los mismos y han estimado que supondría la pérdida de más del 20% del PIB vasco, al quedar el País Vasco fuera de la Unión Europea con su independencia, y afectaría gravemente al empleo, a la recaudación fiscal y a todas las variables del desarrollo económico vasco. El propio empresariado vasco, en la nota que emitió hace un año, alertaba del riesgo económico que suponía el plan Ibarretxe por la incertidumbre que generaba para la actividad empresarial y los costes que podía tener su aplicación. Todo el mundo sensato en Euskadi es consciente de esa evidencia, salvo quizás algunos nacionalistas que se empeñan en no querer verla, o que en su iluminación caen en la inconsciencia o en la irresponsabilidad, porque ¿cómo calificar aquello de que por cada empresa que se vaya vendrán siete, dicho en un momento de inspiración por nuestro lehendakari? Decía Lord Acton en el año 1862 que la nacionalidad no aspiraba ni a la libertad ni a la prosperidad, sino que, si le era necesario, sacrificaba ambas a las necesidades imperativas de la construcción nacional. En Euskadi no hay libertad y algunos parecen dispuestos a sacrificar el bienestar económico vasco en aras de su proyecto soberanista, pero los demás debemos actuar desde la responsabilidad con los ciudadanos y ciudadanas vascos, y trabajar seriamente para que eso no ocurra. Por eso, la estrategia de los que no queremos una Euskadi independiente de España no puede ser favorecer con nuestra actuación precisamente la ruptura de todos los vínculos entre el País Vasco y España, incluso los económicos, ni dar argumentos al victimismo del nacionalismo. Euskadi importa del resto de España más productos de los que exporta. De hecho, según las cuentas económicas del Instituto Vasco de Estadística, más del 54% de la exportación de bienes y servicios del País Vasco se dirige al mercado del resto de España y recibe del mismo el 64,34% de lo que importa. Y esas relaciones comerciales hay que seguir manteniéndolas y fortaleciéndolas, porque en la última década se han debilitado, y por ello hay que aplicar una estrategia que precisamente refuerce esos vínculos, que facilite que las empresas vascas tengan cada vez más intereses en el mercado español, que las relaciones comerciales y personales sigan siendo fluidas y respetuosas con la pluralidad de ideas de cada uno, que sean cada vez más conscientes de las ventajas de pertenecer a un gran mercado europeo al que acceden directamente y sin barreras arancelarias o monetarias por ser partes integrantes de un Estado miembro de la Unión Europea. Porque el interés mutuo refuerza los lazos de convivencia. En estos momentos en que ETA atenta de nuevo contra el empresariado vasco y lanza una nueva campaña de cartas exigiendo el pago del impuesto revolucionario, el empresariado vasco tiene que sentirse respaldado por el conjunto del empresariado español, pero no puede ser objeto ni permitir su instrumentalización política en Euskadi o en el conjunto de España. Bastante tiene con afrontar su compromiso con la creación de riqueza y empleos, con mantener y crear nuevas empresas y hacerlas competitivas, con soportar la presión de la violencia terrorista y el impuesto revolucionario y con hacer frente a unas relaciones laborales contaminadas por la situación política de este país. Aunque, por supuesto, habrá que pedirle, desde el respeto a su autonomía, su posicionamiento ante todo lo que pueda afectar a la economía y a la sociedad vasca. Y el Estado también tiene que asumir sus responsabilidades en el País Vasco. Se echa en falta una mayor presencia y un mayor protagonismo de las instituciones estatales en las calles de Euskadi. El Estado tiene que hacerse visible con mayores inversiones para el desarrollo económico y social del país y tiene que favorecer el auge económico de Euskadi para que nuevamente se convierta en un motor del desarrollo económico de España y vuelva a ser un destino de flujos de población, rompa la tendencia a la emigración que está teniendo lugar en las últimas décadas y continúe con su tradición de ser un lugar de encuentro para el mestizaje de personas y culturas provenientes de otras zonas de España y de fuera del Estado. Dejemos, por tanto, que la economía y el comercio sigan siendo formas de acercar a los pueblos y a las personas entre sí, basadas en la búsqueda del interés mutuo y compartido, y no caigamos en la tentación del 'cuanto peor mejor', ni en la irresponsabilidad de esconder la cabeza en un agujero, o de creernos poseedores de una verdad divina y un destino manifiesto para un pueblo milenario, y pensemos en los ciudadanos, en sus intereses y necesidades. Trabajemos a favor de la unión y no del conflicto, desde la inteligencia política.
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