SANTIAGO GONZÁLEZ
Lo suyo del domingo en el Euskalduna fue un talantazo, presidente, si me permite el neologismo. Ninguno de sus antecesores había hecho otro tanto en la democracia española, pero su ofrecimiento a los sindicatos, sellado por usted ante la militancia socialista -«quiero deciros que éste va a ser el Gobierno que va a salvar los astilleros»-, ha contribuido a crear unas expectativas que no sé si va a poder satisfacer, presidente, aunque le deseo lo mejor.
Su encuentro con los sindicatos quedó fantástico, pero es muy probable que en su próximo acto público por estos pagos le esté esperando una manifestación de la Babcock. Y otro tanto en cada ciudad española. Por otra parte, si se pueden salvar los astilleros no se entiende muy bien a cuento de qué vino el anuncio de la Sepi, salvo que tuvieran mucha prisa en renovar el mobiliario urbano de San Fernando.
El sector naval está en retroceso. Las ayudas estatales a los astilleros están prohibidas por la Unión, salvo para la industria naval militar. En Bruselas esperan la devolución de los dineros indebidamente cobrados por Izar en tiempos del PP. No parece, por otra parte, que el Gobierno esté en situación de garantizar la carga de trabajo que necesitan los astilleros. Sólo desde el voluntarismo puede proponerse la construcción de barcos desalinizadores como alternativa a las plantas desalinizadoras, que iban a ser a su vez alternativa al trasvase del Ebro. Con parecida racionalidad podría pensarse en completar las infraestructuras sanitarias del país con barcos-hospital; la señora Gallizo podría dotarse de barcos-prisión para instituciones penitenciarias. Esto permitiría resolver la contradicción entre las reclamaciones de acercar los presos a Euskadi que hacen los partidos nacionalistas y la nula predisposición de los alcaldes de esos partidos a ofrecer terrenos en los que construir las cárceles que se necesitan para albergar a tanto preso. Podrían hacerse más barcos de guerra para misiones de paz y aun de cooperación; dotar de bateaux-mouches para pasear a los turistas a cada ciudad del litoral o con río que desemboque en el mar; abrir barcos-museo y barcos-biblioteca para que sean pilotados por la mano firme de Carmen Calvo.
'The boat of love', (El barco del amor) se llamaba en inglés una serie televisiva que aquí se tituló 'Vacaciones en el mar'. Lo que pasa, presidente, es que la clase obrera no está dotada para la metáfora y las suyas del domingo se las van a leer en sentido literal. Como el burgués gentilhombre de Molière, llevan muchos años hablando en prosa sin saberlo y como se están jugando el pan, no tienen el cuerpo para el romance ni el talante para la poesía. Algunos, presidente, aprendimos con Maiakovski que el frágil barco del amor está condenado a estrellarse contra la vida cotidiana. E la nave va.