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Diario Vasco, 27 de marzo de 2004

Los retos económicos del Gobierno socialista

ROBERTO VELASCO/CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA APLICADA EN LA UPV

De acuerdo con la tradición, la Bolsa española recibió los resultados electorales del 14-M con una fuerte caída que es fácil de explicar: los mercados son muy asustadizos y detestan los cambios de color en los gobiernos, máxime cuando se producen por sorpresa y sin mayoría absoluta. Ocurrió hace 8 años, al acceder el PP al poder y, lo mismo que en esta ocasión, las cotizaciones recuperaron su pulso en pocos días, porque las sucesivas alternancias en el poder -convenientes en democracia- de los grandes partidos han ido reduciendo el particular miedo que infunden los políticos a los agentes económicos.

En cuanto al legado económico que recibe el PSOE, es de justicia decir que la gestión del PP ha sido buena en este campo y que los hechos ofrecen pocos flancos a la discusión: entramos contra pronóstico en la zona euro, hemos crecido a tasas muy superiores a la media europea durante unos años cuasi recesivos para las grandes potencias de la Unión y se ha creado empleo abundante, todo ello en un entorno de saneamiento y equilibrio de las cuentas públicas. La entrada en la eurozona ha permitido también que la economía española haya trabajado estos años con muy bajos tipos de interés, circunstancia favorable prácticamente desconocida para ella, sin que los precios hayan desbordado el cauce del crecimiento estable, aunque no ha faltado alguna que otra amenaza de inundación a cuenta de la crecida del diferencial de inflación respecto a la media comunitaria.

En el debe del balance económico del PP destaca la progresiva pérdida de competitividad de los productos españoles en el exterior, que ya se refleja en la balanza por cuenta corriente, así como la caída de la tasa de aumento de la productividad, único parámetro que asegura el crecimiento sostenido a largo plazo. Se trata de un tema especialmente serio, porque se está produciendo en una etapa de fuerte avance tecnológico y denota una peligrosa insuficiencia de capital productivo, tanto físico como humano. Los gobiernos del PP no han sido capaces -en responsabilidad compartida con los empresarios, todo hay que decirlo- de sacar del pelotón de cola europeo a la investigación y desarrollo (I+D) española, ni de reducir la brecha digital que nos separa de los países más avanzados en materia de tecnologías de la información y comunicación. Todo ello hasta el punto de convertir estos déficit en el talón de Aquiles de una economía que, a falta de mejores pilares, se ha venido apoyando exageradamente en el fuerte tirón del consumo y la construcción.

El entrante Gobierno socialista hereda, por tanto, una economía que crece a un ritmo que para sí quisieran otros países del entorno, pero que reclama el apuntalamiento de sus vigas maestras para poder prolongar su buena marcha de los últimos años. Conscientes de esta realidad, quienes presumiblemente llevarán el timón económico durante la próxima legislatura están estos días enviando mensajes tranquilizadores a los mercados, en los que prometen ser menos intervencionistas que el equipo saliente (cosa que, la verdad, no será difícil de cumplir), que respetarán el equilibrio fiscal previsto en los Presupuestos del Estado para este año y que su proyecto de reforma del IRPF (establecimiento de un tipo impositivo único) se retrasará hasta 2006. Se han reafirmado también los contenidos inversores en materia de política tecnológica del programa electoral socialista, así como la decisión de afrontar una nueva reforma laboral que reduzca el porcentaje (30%) de temporalidad en el empleo.

Haciendo honor a la escéptica creencia de que los problemas sociales se intentan resolver siempre en España con la incorporación de una nueva asignatura a los planes de estudio o con la creación de un ministerio, el flamante presidente electo, Rodríguez Zapatero, ha adelantado también la refundación del Ministerio de la Vivienda, lo cual -bromas aparte- anima a pensar en una acción potente en este sector tan decisivo y por muchas razones complicado. Y también se han ratificado los propósitos de reordenar la política de inmigración, tan importante para un país que, dada su tasa de natalidad, necesita cerca de un millón más de inmigrantes cada año. También es previsible la recuperación del nombre y contenidos del Ministerio de Industria, cuya supresión por parte del PP se ha revelado errónea. En definitiva, los socialistas parecen optar por un cambio de patrón de crecimiento, cosa nada sencilla de lograr porque en economía pesan mucho las inercias y también porque en el mundo en que vivimos no depende sólo del Gobierno el diseño y puesta en marcha del modelo de desarrollo, sino del conjunto de las fuerzas económicas y sociales, de miles y miles de decisiones que a los gobiernos les corresponde impulsar y catalizar.

En este sentido, el modelo de futuro debería partir del sostenimiento de los logros alcanzados los últimos años y de conducir la economía española con prudencia por los estrechos márgenes de autonomía macroeconómica que permite nuestra pertenencia a la eurozona; de posicionarla desde el orgullo de lo conseguido, pero también desde la humildad que nuestro retraso relativo respecto a otros países aconseja. En ese modelo debemos pisar con firmeza el acelerador de las infraestructuras económicas y sociales; dar la batalla definitiva en el campo de la I+D (lo que se haga en los próximos años va a ser decisivo para no quedarnos descolgados) y, en general, de la innovación, para lo que es preciso terminar también con la modorra que exhibe en este ámbito una parte del empresariado respecto a sus homónimos alemanes, franceses o británicos. Hay que prepararse también para aprovechar las oportunidades y para enfrentarnos a la competencia que llegará en los próximos años de los nuevos Estados miembros de la UE; competencia que, por ejemplo, amenaza seriamente al sector del automóvil, piedra angular de la industria española; etcétera.

Con este cúmulo de necesidades y otras no menos urgentes (educación, sanidad...) que es preciso atender para continuar el proceso de convergencia real con los países avanzados de la Unión Europea, parece evidente que no se puede pensar en reducir el gasto público en porcentaje del PIB, cuando está dos puntos por debajo del promedio de la OCDE y nueve puntos bajo la media de la UE.

Así que el legado económico que el PSOE recibe es sólido, pero presenta algunos síntomas ciertamente preocupantes de desfallecimiento a medio plazo que es imprescindible atacar sin demora alguna. Y qué quieren que les diga, para el arriba firmante Pedro Solbes va a ser un magnífico sucesor de Rodrigo Rato y también una garantía.