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EL CORREO, 19 de julio de 2004

Sindicatos, huelgas y empresas

RAMÓN JÁUREGUI /PORTAVOZ DEL PSOE EN LA COMISIÓN CONSTITUCIONAL DEL CONGRESO

Confieso que me siento ante el papel con el temor de escribir sobre un tema inevitablemente conflictivo y provocador. Miedo de no encontrar el equilibrio necesario y las palabras justas para exponer mis ideas, también sometidas a paradojas y contradicciones entre deseo y realidad, entre aspiración y posibilidad, entre utopía y pragmatismo. Miedo de no ser entendido en las breves líneas de un artículo que merece un tratado. Sin embargo, creo que puedo y debo aportar mi punto de vista ante la situación sociolaboral de Euskadi, que merecería más opiniones y debates que el que genera su enorme gravedad.

Los hechos son conocidos. La negociación colectiva en el País Vasco está prácticamente bloqueada. Los grandes convenios sectoriales provinciales no están siendo renovados por la imposibilidad de alcanzar acuerdos. Huelgas larguísimas en sectores enteros, como la construcción de Guipúzcoa o factorías muy significativas como Caballito o, antes, Mercedes, en Vitoria. División sindical total e irreversible entre los sindicatos nacionalistas y las dos confederaciones estatales. Paralización absoluta de los organismos e instituciones sociolaborales, Consejo Económico y Social, Consejo de Relaciones Laborales, etcétera, bloqueados por la ruptura señalada. Impotencia e incompetencia del Gobierno ante una conflictividad que le desborda y unas contradicciones políticas internas que no puede superar. En fin, para acabar, un radicalizado debate competencial sobre los servicios y transferencias laborales pendientes, que privan a Euskadi de su techo competencial completo en materia laboral.

Estas circunstancias se producen, además, en una comunidad gravemente afectada por la inestabilidad política que genera la tensión reivindicativa del nacionalismo vasco (plan Ibarretxe, soberanía, autodeterminación, etcétera) y en un contexto de globalización económica que produce, entre otros efectos, una fuerte internacionalización del capital de las empresas, trasladando sus centros de decisión fuera de Euskadi, un acelerado proceso de relocalización empresarial y una creciente competencia de los diez países del Este que acaban de ingresar en al UE.

Euskadi es un país muy competitivo. Somos buenos en el trabajo, y gente capacitada con una gran cultura industrial y un altísimo nivel de inversión e innovación para intentar ser los mejores en aquello en lo que competimos. Pero podemos perder la batalla como país de inversión y de atracción empresarial si la conflictividad laboral y política no se serena y se encauza. En Alemania no comprenden que una huelga por el convenio dure más de ocho meses como es el caso de Caballito, en Vitoria. La dirección de Mercedes tiene serias dudas de seguir invirtiendo en la factoría alavesa en el nuevo modelo de furgoneta. El director de la planta de esta empresa fundamental para la economía vasca decía en una entrevista (EL CORREO, 5 de julio): «Vitoria tiene tres años para volver a recuperar la confianza de Mercedes. La huelga de 2003 es una espina clavada y no se va a olvidar rápidamente». Muchos empresarios vascos de Guipúzcoa y Vizcaya se preguntan cómo satisfacer demandas sindicales que cuestionan gravemente la competitividad de sus empresas. El sindicato mayoritario de Euskadi, ELA-STV, arrastrando a la otra central nacionalista, LAB, ha establecido una estrategia absolutamente extremista en lo sindical y en lo político. Sindicalmente, mostrándose inflexible en las negociaciones, maximalista en las reivindicaciones, sosteniendo en muchos casos huelgas prolongadas, para monopolizar la sindicación a través de su caja de resistencia. Políticamente, porque ha roto totalmente sus lazos y relaciones con el entramado laboral del Estado, porque busca la desaparición física de sus adversarios estatales en Euskadi, CC OO y UGT, y porque se ha convertido en vanguardia ideológica de la unidad nacionalista hacia la independencia de Euskadi.

A ELA no hay quien le ponga freno. Ha desbordado por la izquierda a LAB y por el lado nacionalista al PNV. Nadie le limita o le condiciona. Los burukides del PNV miran perplejos su actuación, incapaces de sugerir o de proponer algún remedio, por el temor de molestar a sus numerosos votantes que proceden del sindicato. EA y el consejero de Trabajo juegan a aprendices de brujo queriendo atraerse a su afiliación. Hace tiempo que conozco a su líder y le reconozco los méritos de haber construido un formidable aparato sindical. Pero no puedo negar que me preocupan sus propósitos y su manera, casi fanática, de llevarlos a cabo. Hace unos años, cuando fui consejero de Trabajo del Gobierno vasco, hice una generosa apuesta por entenderme con ELA y por el diálogo intersindical en Euskadi y hoy pienso que me equivoqué.

No es éste el modelo sindical que corresponde a los tiempos y desde luego no comparto los objetivos políticos de la alianza ELA-LAB. Naturalmente creo en los sindicatos, es más, considero tan fundamental su consolidación como su modernización, y en ese sentido soy firme partidario de potenciar sus funciones y sus diversos protagonismos institucionales. Pero también digo que su papel en la sociedad laboral del siglo XXI es más cooperativo que conflictual. La huelga sigue siendo una palanca de avance, pero concebidas como elemento esencial de la dialéctica capital-trabajo, las huelgas se difuminan en la economía global que permite a las empresas desplazar la producción a cualquiera de sus plantas o subcontratar el servicio a cualquiera de sus empresas satélites. En cambio, hay otros instrumentos de defensa sindical. La interlocucción internacional de los sindicatos, las denuncias informativas de las marcas comerciales, la colaboración con ONG y consumidores, la exigencia política de responsabilidad social corporativa, etcétera.

Hoy nos enfrentamos a realidades incuestionables. Si una empresa quiere instalarse en el Este de Europa o en el Sudeste asiático, la respuesta sindical será negociar las condiciones de su continuidad entre nosotros. Los acuerdos sindicales de Mercedes y Wolkswagen en Alemania para asegurar sus plantas frente al Este, o los acuerdos de UGT y CC OO en Nissan y Seat de Barcelona son un camino para toda la industria de la automoción.

Un sindicalismo moderno debe incorporar el concepto de empleabilidad a sus reivindicaciones. Se trata de exigir a la empresa que colabore a la formación y al reciclaje de sus trabajadores, para que, si llega un expediente de regulación o una deslocalización, la polivalencia profesional nos permita recolocar en menos de seis meses a todos los trabajadores.

El modelo sindical no puede convertir la empresa en un crisol de antagonismos, sino en una dialéctica común y constructiva de la que derivar beneficios mutuos, para trabajadores y accionistas. Es en esa perspectiva en la que el sindicalismo debe abanderar nuevas reivindicaciones, como lo son, por ejemplo, la progresiva participación de los trabajadores en los beneficios y el capital de la empresa. Algo que la nueva economía favorece por la creciente importancia del factor humano en la competitividad de las empresas.

Entre empresarios y sindicatos vascos seguirá habiendo mil problemas y negociaciones, pero conviene recordar que las organizaciones empresariales de Euskadi han sido vanguardia en interlocución sindical (el primer convenio del metal de España se negoció en Guipúzcoa en 1976) y en negociar avances sociales (media salarial, fondos de pensiones, jornada, etcétera). No veo por qué no seguimos la senda del acuerdo en vez de la del enfrentamiento estéril.