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ABC, 11 de octubre de 2003 La compañía se va Por MIKEL BUESA. Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid GABRIEL García Márquez, en el que por ahora es el primer y único volumen de sus memorias, narra con las siguientes palabras el inicio de la que más tarde sería imparable decadencia de la zona bananera del Caribe colombiano y, dentro de ella, de la Aracataca en la que nació un día de marzo de 1927 mientras caía un aguacero torrencial: «Desde que empecé a recordar, oí repetirse la frase fatídica: «Dicen que la compañía se va»». Alude así al abandono de la United Fruit Company, que después de la famosa huelga de diciembre de 1928 -y de la matanza con que terminó- se encontró con un ambiente crecientemente hostil en una circunstancia histórica -la de la crisis mundial de 1929- poco propicia para los negocios. El escritor, con la extraordinaria precisión que caracteriza su estilo, añade esta observación: «Sin embargo, o nadie lo creía o nadie se atrevió a pensar en sus estragos». Algo de esto se puede advertir hoy cuando nos enfrentamos a los probables efectos económicos que acabarán derivándose de la aventura política en la que se ha embarcado el nacionalismo vasco, a través del plan Ibarretxe, con la finalidad de dar cumplimiento a la vieja aspiración de su fundador Sabino Arana: la «independencia de Euskeria» para «aislarnos de los maketos en todos los órdenes de la vida... y trabajar por la gloria de Dios». Pues, en efecto, aunque desde algunas organizaciones patronales, como el Círculo de Empresarios Vascos, se ha sostenido que ese plan puede «generar una incertidumbre y una inestabilidad política que son perjudiciales para la actividad económica... y la generación de riqueza y empleo», no parece que quienes entre el empresariado, la política o la comunicación tienen voz pública, la hayan hecho oír para advertir del riesgo inmediato con el que nos enfrentamos. Por ello, me parece que este es un buen momento para comentar los principales resultados que hemos obtenido en una encuesta a las medianas y grandes empresas del País Vasco, realizada por el Instituto de Análisis Industrial y Financiero de la Universidad Complutense. Ha sido un trabajo de difícil ejecución por el temor a contestar de muchas de las personas a las que nos hemos dirigido, lo que no es sino una nueva expresión de la «espiral de silencio» a la que conduce el miedo que atenaza a la sociedad vasca, tal como ha mostrado Florencio Domínguez en un reciente libro sobre este asunto. Basten para mostrarlo las palabras de una carta que me escribe un importante empresario vizcaíno: «Recibí oportunamente la encuesta. No contesté, pues están infiltrados en todas partes»; y tras pedirme el envío del informe que se derivará de ella, añade que es «innecesario decir que, como no contribuimos a la encuesta, por razones obvias, contribuiremos económicamente con los gastos». Aún así, las 78 respuestas obtenidas garantizan un error máximo del orden del diez por ciento y, por tanto, una precisión suficiente para conocer las tendencias fundamentales de la acción de las empresas ante el plan Ibarretxe. Lo primero que señalan las empresas vascas es su profunda imbricación en el mercado nacional español. Para cuatro de cada cinco de ellas ese es el principal destino de sus ventas; además, en un 37 por 100 de los casos cuentan con instalaciones de producción en regiones españolas distintas del País Vasco, y en el 58 por 100 ocurre lo mismo con respecto a las estructuras de comercialización. Esta apertura hacia la geografía peninsular ha sido el resultado de un proceso de realización de inversiones que abarca un largo período de tiempo y que ha estado impulsado, tanto por factores de demanda o de naturaleza tecnológica, como por la existencia del terrorismo y de un clima político adverso dentro de la región. En la encuesta se ha preguntado sobre estos dos últimos elementos y los empresarios han respondido que los consideran relevantes para determinar sus decisiones. Más aún, cuando se les ha pedido que especifiquen su influencia a la hora de establecerse fuera de Euskadi, un tercio de ellos los ha señalado como importantes para concretar su localización dentro de España. Quiere ello decir que el terrorismo y el nacionalismo han ido expulsando de su propia tierra a una proporción significativa de las empresas vascas, de manera que éstas han ido estableciendo una parte de su actividad en otros puntos de España. Con esta experiencia previa, las empresas vascas afrontan el plan Ibarretxe. Al ser interrogadas acerca de su opinión sobre los efectos de esta propuesta, un 55 por 100 señalan que será perjudicial en el corto plazo; y sólo un 10 por 100 la consideran positiva, quedando el resto para los que entienden que no afectará a sus negocios. Pero si nos situamos en el largo plazo, las respuestas se polarizan. En tal caso, la proporción de los que la juzgan negativa sube hasta el 57 por 100, y la de los que la valoran beneficiosa hasta el 23 por 100. Este acortamiento en la diferencia entre una y otra opinión no oculta, sin embargo, que la distancia entre ambas es muy amplia y que predomina la idea de que, con el paso dado por el nacionalismo gobernante, las empresas del País Vasco saldrán perdiendo. Yendo más lejos, la encuesta ha revelado que esa pérdida ya se está produciendo desde que, en septiembre de 2002, el lehendakari hizo pública su intención de encaminar al País Vasco hacia la independencia. La opinión empresarial señala que, en el año transcurrido desde entonces, ha habido un deterioro de las ventas y de las relaciones con clientes y proveedores. En particular, para un tercio de los entrevistados se ha producido una reducción de oportunidades de mercado en el resto de España; y un 36 por 100 destaca el enrarecimiento de la vinculación con sus compradores. Por ello, no sorprende que más de cuatro de cada diez de estas empresas hayan empezado a estudiar la adopción de medidas para afrontar las consecuencias del plan Ibarretxe. En muchos casos, se trata todavía de discusiones de naturaleza informal, pero en más de un tercio se ha llegado a un análisis muy estructurado dentro de los comités de dirección, con la formulación de informes escritos e incluso la redacción de planes de contingencia. Y se contemplan diversas estrategias posibles, entre las cuales las más citadas son las que señalan el traslado de la producción, y también de la sede central, fuera de Euskadi. Más en concreto, nuestra encuesta evalúa en una cuarta parte del total las empresas medianas y grandes del País Vasco que están planificando o realizando ya su marcha fuera de la región en un intento de preservar sus actividades y sus mercados. Las empresas
se irán. Si las expectativas que señala nuestra encuesta
se acaban cumpliendo, por el efecto directo de la deslocalización
de las actividades de las firmas medianas y grandes, el País Vasco
perderá cerca de la décima parte de su producto interior
bruto, así como un 7,5 por 100 de su empleo. Y los efectos indirectos
sobre las pequeñas empresas que son sus proveedoras y subcontratistas,
llegarán mucho más lejos. Las empresas se marcharán
porque no pueden soportar la presión a las que les somete el nacionalismo;
y al irse se llevarán las oportunidades de desarrollo, de trabajo
y de bienestar, dejando una estela de desempleo. Esta es la desolación
que promete el plan Ibarretxe. Y, por ello, ha llegado la hora no sólo
de creerlo, sino de atreverse a pensar en sus estragos. |