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El Diario Vasco, 16 de noviembre de 2003

Editorial

Menos inversiones

Todos los gobiernos del mundo, ya sean de ámbito nacional, regional o local, se afanan en la captación de inversiones extranjeras. Aparte de que el dinero es un bien siempre escaso y la inversión una actividad necesaria, en general, las empresas foráneas aportan también tecnologías novedosas, productos innovadores y mercados antes inaccesibles. Por eso, la publicación de los datos referidos al País Vasco, que muestran un alarmante descenso en el nivel captado, supone una malísima noticia que debería hacer reflexionar a todos y, en primer lugar, a los dirigentes políticos y económicos.

La economía vasca supone algo más del 6% del Producto Interior Bruto del conjunto del Estado -o al menos ése es el guarismo que se ha utilizado desde el principio en todas las relaciones que se derivan del Concierto Económico-, pero sólo ha recibido el 0,34% del total llegado a España en el primer semestre del año. Teniendo en cuenta que, en numerosas ocasiones, las inversiones extranjeras se materializan en grandes operaciones especiales, un semestre puede ser un lapso de tiempo demasiado corto como para extraer conclusiones definitivas.

Pero los datos presentan una tendencia muy preocupante que dura ya demasiado, desde que se culminó la gran inversión realizada por Mercedes en Vitoria, por cierto sometida ahora a una profunda revisión estratégica. En el mismo semestre del año anterior, Euskadi capto el 2,18% y en el correspondiente a 2001, el 3,84%. Además, la escasa participación en la entrada de inversiones extranjeras se une a un movimiento de salida de empresas que añade nuevos motivos de alarma. Cabot, Ericsson, Borsig y Saint Gobain son algunos ejemplos. La promesa que hizo el lehendakari de traer siete empresas por cada una que se fuera empieza a mostrarse de imposible cumplimiento. Dada la coyuntura política que atraviesa la realidad vasca, no será fácil que estos datos escapen al análisis político general.

La incertidumbre del marco jurídico y la permanente crispación en la relación política, unidas a la persistencia del terrorismo, constituyen un escenario poco atractivo para las personas que deben decidir los lugares de implantación de sus inversiones en el mundo y que disponen de alternativas por lo menos igual de atractivas y, con seguridad, más amables. Pero tampoco se debería olvidar la excesiva crispación que rezuman nuestras relaciones laborales, con algunos sindicatos nacionalistas instalados en la demanda exagerada y en el método inflexible, lo que contribuye a ahuyentar a los que podrían crear más riqueza y empleo entre nosotros.

Los datos resultan tan elocuentes que nadie debería olvidarlos, ni actuar como si nada de esto estuviera pasando. Los políticos vascos acostumbran a comportarse como si sus actuaciones careciesen de consecuencias económicas. Y desgraciadamente, no es así.