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| ABC, 13 de febrero de 2004 EDITORIAL Un gran proyecto para el País Vasco LA conexión de las tres capitales vascas mediante una línea ferroviaria de alta velocidad, más conocida como la «Y» vasca, es uno de los más ambiciosos planes de infraestructuras previsto en los últimos años, que permitirá realizar el trayecto Vitoria-Bilbao en 27 minutos y el trayecto Vitoria-San Sebastián en 38. El Consejo de Ministros autorizará hoy los ocho primeros tramos de los quince que componen la línea. Los tramos sacados a licitación suponen 46 kilómetros, para los que se ha calculado un presupuesto de obra superior a los 807 millones de euros, cifra que sintoniza con el aumento del 28 por ciento en las inversiones previstas por el Estado en el País Vasco para este año 2004. La línea de alta velocidad que conectará Vitoria con Bilbao y San Sebastián representa un esfuerzo inversor de primera magnitud para dotar a la Comunidad vasca de una red de comunicación moderna, con un efecto indiscutible de vertebración interna y con el resto del territorio nacional. Se trata de atender una necesidad económica y social del País Vasco, pero igualmente implica una dimensión política que se traduce en la presencia efectiva del Estado en el desarrollo de esta Comunidad, lo que también debe reivindicarse sin temor alguno. Uno de los tópicos más arraigados en la sociedad vasca es que el alto nivel de vida de sus ciudadanos está vinculado a la permanencia del nacionalismo en el Gobierno autonómico y que sólo la continuidad de los nacionalistas garantiza el mantenimiento de ese nivel de vida. La falsedad de este aserto no es responsabilidad exclusiva de la propaganda del nacionalismo, sino también de una prolongada pusilanimidad del Estado a la hora de asumir activamente la ejecución continuada de las competencias que aún conserva en su integridad y aquellas que exigirían un planteamiento básico de la cohesión nacional. No basta el ejercicio intelectual de afirmar que la Autonomía vasca también es Estado si el Estado no traduce su presencia institucional y jurídica en acciones visibles para los ciudadanos e influyentes de forma directa en la mejora de sus condiciones de vida, en la expansión económica y en el desarrollo cultural. El repliegue del Estado en el País Vasco ha ido mucho más allá de lo que sería explicable en razón de la distribución de competencias entre la Administración central y el Gobierno autonómico, impulsado por la creencia de que la gestión prácticamente exclusiva de los recursos públicos por el nacionalismo tendría como contrapartida su lealtad constitucional. Hay que empezar a hablar de otra manera y esta línea ferroviaria (como ya lo fueron en su día la ampliación del aeropuerto de Bilbao y el proyectado túnel del Abra) es un buen comienzo para desperezar al Estado y animar más inversiones y nuevos proyectos en todos los órdenes. La «Y» vasca no es ni puede ser, por tanto, un plan inversor que deba ser tratado como una incursión anecdótica del Estado en un territorio ajeno, sino que ha de valorarse como una iniciativa coherente con la realidad unitaria de España y como una pauta para lo que debe asumirse como una futura y ambiciosa política de implicación recíproca entre el Estado y el País Vasco. La oposición de la izquierda abertzale a este proyecto y el afán del nacionalismo gobernante por ser vinculado a su ejecución demuestran que se ha acertado plenamente al ofrecer a la sociedad vasca una excelente alternativa de comunicación con el resto del territorio y entre sus principales capitales. Todo será mejor si se hace con la cooperación del gobierno nacionalista, pero también todo será igualmente legítimo y necesario aun cuando no se cuente con dicha colaboración.
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