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Me
duele Euskalerría
Javier Gafo, jesuita
Director de la Cátedra de Bioética de la Universidad
de Comillas
Publicado en el diario ABC el 12-6-99
CONFIESO
ser uno de aquellos niños que en la década de los
40 éramos hinchas del Atlético de Bilbao, cuando comenzó
mi afición al fútbol que ahora se debilita ante su
"extranjerización" y los contratos millonarios.
Creo que influyó también en mi elección del
equipo rojiblanco la sonoridad de los apellidos, ayer como hoy vascos,
de aquel conjunto, cuya alineación recuerdo aún de
memoria, con aquella delantera de "Iriondo, Panizo, Zarra..."
-sí, Panizo, ya que Venancio llegó algo más
tarde y aquél pasó a ser interior izquierda... Recuerdo
la emoción que sentí cuando por vez primera fui a
Bilbao a mis 19 años y vi ese "puente colgante"
que había cantado tantas veces. Y luego vino, en el mismo
viaje, San Sebastián, Loyola y hasta Javier -que entonces
ni se pensaba que fuese también Euskalerría. Creo
que ese recuerdo, todavía muy vivo, no sólo se debe
a la inmediata proximidad de mi ingreso en la Compañía
de Jesús, sino a la belleza del paisaje, a la nobleza y bondad
de los vascos. También recuerdo cómo hacia 1950 decidí
racionalmente hacerme "madridista" -¿por qué
iba a ser del Bilbao, si había nacido en Madrid y mis padres
eran también madrileños?- y en un partido en el ya
nuevo Chamartín, aún no era Bernabéu, me dolía
íntimamente ante el 4-1 que mi equipo de la cabeza le endosaba
al que todavía tenía metido en el corazón.
Pero esas son historias muy lejanas. Después ha venido mi
conocimiento y mi amistad con muchos vascos. En la Compañía
de Jesús ha habido una maravillosa realidad que uno podía
encontrar hasta en sitios tan distantes como en la casa de huéspedes
de París o en las zonas más lejanas de América:
los hermanos coadjutores. Casi siempre eran verdaderos "chicarrones
del norte", aficionados al fútbol y al frontón,
y siempre hombres hondamente religiosos, íntegros, trabajadores,
nobles... Me impresionó extraordinariamente visitar con uno
de ellos a su familia, esparcida por los caseríos de Régil
-había sido amigo de Paulino Uzcudun- y por otros pueblos
de Guipúzcoa: personas de la misma nobleza, hospitalarias,
con esa tímida y, al mismo tiempo, cálida afectividad
de tantos vascos. He convivido con jesuitas vascos durante mis estudios
fuera de España y siempre nos hemos sentido como buenos compañeros
y amigos, incluso cuando ya se comenzaba a hablar de "nacionalidades
históricas". Ciertamente tenían sus peculiaridades,
como los procedentes de otras partes de España, pero creo
que siempre nos sentíamos bien cercanos, ciertamente más
que con los procedentes de otros países...
Por eso "me duele Euskalerría". En alguna forma
uno puede sentir en la actual relación con lo vasco algo
similar a lo que experimenta una persona que guarda un hondo afecto
a otra y que no se siente correspondida. Hay voces que dicen, quizá
con frecuencia creciente, que se les conceda la independencia y
que nos dejen tranquilos. También sé que hay vascos
que afirman que, para estar con Europa, no hace falta pasar por
Madrid; que vamos a una Europa y un mundo en que cada vez tendrán
menos peso las naciones -aunque es paradójico que esto lo
digan los que tienen sentimientos más nacionalistas... Pero
para muchos españoles, creo que para la inmensa mayoría,
una ruptura política con el País Vasco significaría
más que una desintegración de España, más
que la quiebra de una historia y de una cultura común seculares...
Significaría el corte con una vinculación, que ha
penetrado nuestros afectos y ha impregnado nuestra tradición,
nuestro humus vital.
Ya sé que los vascos se quejan del maltrato político
al que han estado sometidos, especialmente en la época de
Franco. Ya es un tópico decir que estamos pagando los errores
históricos de la prohibición de la ikurriña,
de los límites impuestos al euskera y al folklore vasco,
del castigo de la supresión de los fueros... También
hay que recordar que en tiempos de la dictadura, el País
Vasco, junto con Cataluña y Madrid, fueron los privilegiados
económicos. Pero sea de todo ello lo que fuere, no se puede
olvidar que está a punto de cumplirse un cuarto de siglo
de una situación nueva en que los niveles de autonomía
de Euskalerría son hoy los más altos de Europa. Ya
sé que los coches con matrículas de Bilbao o San Sebastián
se venden más baratos en otras partes de España y,
sobre todo, que los vascos no gozan de la simpatía de mis
tiempos niños, pero en un balance de agravios, ¿no
pesa mucho más la sangre de tantos andaluces, gallegos o
extremeños, asesinados por ETA? Algunas veces hemos visto
quemar ikurriñas, sobre todo en los estadios de fútbol,
pero han sido sin duda muchas más las banderas españolas
incendiadas, que también "nos duele" a muchos.
Porque, además, la inmensa mayoría de los españoles
no nos sentimos, ni podemos sentirnos responsables de los errores
de la dictadura y el recuerdo que nos queda de aquellos años
es el del Atlético de Bilbao y el del afecto hacia los grandes
valores del pueblo vasco.
Y, como sacerdote y jesuita, "me duele" la Iglesia vasca.
Hace años escribí un artículo a raíz
de un programa de debate de la televisión alemana sobre el
problema vasco en que el presentador acabó recomendando a
un participante abertzale que debía "activar las conciencias
y desactivar las bombas". Un compañero jesuita vasco
me dijo entonces que para comprender el problema vasco, había
que vivir allí. Con el paso de los tiempos, he pensado más
de una vez que, para que los vascos comprendan su problema -y el
nuestro- también tienen que verlo desde afuera, más
en concreto desde un país en que se les sigue queriendo y
valorando... Lo que han hecho tantos misioneros vascos, sacerdotes
o hermanos, que andan por el resto del mundo.
"Me duele" la ambigüedad, no sólo de las declaraciones
de los políticos nacionalistas vascos, sino de los mismos
eclesiásticos. Me sorprende que el carácter noble
y directo de ese pueblo, su "llamar al pan, pan y al vino,
vino", sepa encontrar conceptos del peor jesuitismo, como los
de la "violencia de baja intensidad" y un largo etcétera
de expresiones similares. Ya sé que el problema es complejo
y que sus raíces son profundas. Puedo contar que un excelente
sacerdote jesuita, hombre entrado en años y buen amigo mío,
me decía que cuando viaja a Lourdes y celebra allí
misa, deja en blanco, al rellenar el libro "ad hoc", el
espacio correspondiente a su nacionalidad. Al percibir los grandes
valores religiosos y humanos de sacerdotes vascos conocidos y que
se encuentran en la onda más frecuente en la Iglesia vasca,
uno intuye la hondura y complejidad del problema. Pero, como otros
muchos sacerdotes, tenemos la impresión de que, sea o no
verdad aquello de que ETA se gestó en las sacristías,
la Iglesia vasca no está jugando el papel reductor y de moderación
que se le debía exigir ante el grave problema vasco y que
surge del mensaje evangélico.
Porque, ante los altos niveles de libertades y de bienestar económico
que se viven en Euskalerría, creo que carece de sentido aplicar
las grandes intuiciones de la Teología de la Liberación
a las coordenadas actuales vascas. Uno no acaba de comprender que
haya vocaciones sacerdotales centradas en la lucha por la defensa
de la cultura vasca -sin duda, sumamente valiosa y respetable- y
que, en alguna forma, pase a segundo plano la preocupación
por la profunda descristianización que está afectando
a un pueblo que tenía fama de ser el más católico
de nuestra piel de toro y que hoy tiene casi vacíos unos
seminarios que tradicionalmente habían estado repletos. Y,
porque no quiero caer en el secretismo jesuita, me preocupa percibirlo
en los miembros de mi misma Orden.
Por todo ello y no sólo por mi pasado del Atlético
de Bilbao, "me duele Euskalerría". Y, como dijo
aquel gran vasco, al mismo tiempo español y amante de Castilla,
"me duele España". Y creo que no se trata de un
sentido patriótico trasnochado -el que sin embargo sí
pueden tener los de ciertas nacionalidades históricas- ni
de la resistencia a asumir plenamente un mundo sin fronteras; se
trata simplemente de la amenaza o la pérdida de un humus
cultural, de hondas vinculaciones humanas, que a todos nos han marcado
en nuestra vida.
Si hay que pedir perdón por la responsabilidad que podemos
tener en la crisis vasca, uno lo hace con gusto, como cuando se
hace con el añejo y buen amigo. Y, como jesuita, tengo que
recordar que el que fue calificado como "el vasco más
internacional", Iñigo de Loyola, era al mismo tiempo
ciudadano del mundo, castellano y, por supuesto, vasco -y le ilusionaba
que sus compañeros le trajesen de su tierra euskalduna las
castañas que había comido de niño en los verdes
y húmedos bosques junto a su casa natal...
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