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EL
CORREO, 9 de agosto de 2003
El
cura de Maruri, un problema de democracia
JOSÉ
IGNACIO CALLEJA/PROFESOR DE MORAL SOCIAL
Sólo
conozco al cura de Maruri, Jaime Larrínaga, por los medios
de comunicación. Mucha gente me diría que es suficiente.
Yo no lo creo así. Por tanto, nunca daría a mis palabras
esa forma de sentencia firme tan extendida por doquier.
Hay
un aspecto en todo este asunto que me parece claro y revelador.
En el País Vasco, los ciudadanos no soportamos la discrepancia
radical en cuestiones nacionales. No sé si en otros lugares
ocurre lo mismo. Parece que no. Me acuerdo de Cataluña y
de otros pueblos del mundo. De todo hay, no obstante. Pero lo cierto
es que, en el País Vasco, la discrepancia radical en cuestiones
nacionales no se acepta. Por supuesto, no lo hace ETA, que mata
por esto. Pero tampoco lo hacen miles y miles de ciudadano pacíficos.
Jamás aceptan un discurso moral que relacione claramente
violencia y formas aberrantes de nacionalismo democrático.
Cuando hacemos ese juicio desde el Evangelio, según vamos
concretando nuestra denuncia contra el nacionalismo democrático
vasco, o contra el nacionalismo democrático español,
una u otra parte de la población hará oídos
sordos al personaje y, si insiste, lo expulsará de su círculo
de influencia.
Todo
el mundo mira hacia ETA, porque estos lo expulsan mediante el terror
y la muerte. Ahora debemos mirar, cada vez más, hacia esa
población, nosotros mismos, que jamás levanta la mano
contra nadie, pero que tampoco cede un ápice de sus convicciones
nacionales para hacer posible la democracia. Y éste es el
problema. Todos queremos vivir nuestras convicciones nacionales
en democracia, pero pocos queremos plantearnos si la democracia
es compatible con todas ellas a la vez, en la forma en que son vividas
y afirmadas. La cuestión, por tanto, no consiste en si tal
o cual proyecto es constitucional, o si puede un pueblo plantearlo,
sino si el sentimiento nacional es vivido por ellos, por casi todos,
con un talante y actitudes que no hay democracia que los digiera.
En
el caso de Jaime Larrínaga, más allá de sus
aciertos y fallos mediáticos, y de sus aciertos y fallos
pastorales, me interesa preguntar si a mucha gente de su pueblo,
y a mucha gente de su Iglesia, le ha faltado capacidad democrática
para aceptar al diferente en los sentimientos nacionales. Éste
es el problema. Todos debemos repensar nuestras posiciones desde
esta clave: no si mi planteamiento político es democráticamente
aceptable, sino si mi talante democrático da para entenderme
con el diferente que, también, es mi pueblo . Yo no puedo
echarlo porque no me guste. Yo no soy dueño del censo. Por
tanto, la pregunta es no sólo si tengo derecho a defender
una idea propia sobre el País Vasco, y si ésta es
procedimentalmente democrática, sino si mi alma democrática
tiene recursos para hacer política con todos los demás
ciudadanos de mi sociedad: si quiero y, sobre todo, si puedo. Se
trata, por supuesto, de hacer política y no patética
liberadora (Xabier Arzalluz) o patética épica (José
Mª Aznar). En fin, que la cuestión es si sabemos ser
demócratas con los diferentes.
Ocurre,
sin embargo, que como ETA lo encisca todo y los muertos los ponen
los partidarios de la Constitución, todo matiz suena a equidistancia
y temor. Si la Iglesia, desde donde hablo, denunciase una y otra
vez esta carencia democrática de fondo en los ciudadanos
vascos, creyentes o no, curas o no, por mor de unos nacionalismos
absolutizados, que hacen casi imposible la democracia entre distintos,
algo nuevo podría aportar. Y si reconociera en la solidaridad
con los pueblos cercanos un deber moral inexcusable, que sólo
las necesidades de una justicia de otro modo irrealizable podría
condicionar, algo nuevo estaría aportando a un nacionalismo
planteado en términos de derechos en solitario, o porque
me conviene, o porque me irá mejor, o porque quiero. Y esto
como algo que corresponde a todas las iglesias que en el mundo son,
todas ellas más nacionalistas que católicas, por más
que en los Estados constituidos, como es España, se note
menos.
Luego,
¿se tiene que ir a la fuerza Jaime Larrínaga? No.
Cabría explicarlo, pero no justificarlo. Es la prueba de
un nacionalismo que no soporta democráticamente la diferencia
radical en las creencias de su pueblo, y de una Iglesia que no acierta
a decir a los suyos que Jesucristo está por delante de todos
los amores nacionales, y que la democracia de actitud es más
exigible y profunda, moralmente, que los procedimientos legales
que la desarrollan.
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