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Antonio Beristáin, S.J.
Catedrático de Derecho penal. Director H. del Instituto Vasco de Criminología
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ABC, 4 de julio de 2002

¿HAY PECADO ORIGINAL EN LA IGLESIA VASCA?

En la portada, sobre fondo rojo, leemos el título del libro "ETA pro nobis. El pecado original de la Iglesia vasca", en tinta negra. Del mismo color vemos la serpiente venenosa que rodea la cruz, sin Jesucristo. En ésta, como en sus publicaciones anteriores, Iñaki Ezkerra es un notario que da fe de la realidad socio-político-religiosa, histórica y actual, en el País Vasco y en su iglesia. Nos brinda un amplio informe innovador y esperanzador acerca del delito -no político- de ETA y acerca del pecado original -no bautizado- de la Iglesia, mirando al futuro próximo, porque - como indica Mayor Oreja (ABC 26-6-2002, p.15)- "ha llegado el momento de que la Iglesia vasca decida si quiere prolongar el problema que supone ETA".

¿Cuántos valores positivos rezuman estas 274 páginas? Muchos. Ahora espumaré sólo cuatro: 1º Objetividad en la abundante información, como lo demuestran los 20 documentos fotografiados en las páginas finales. 2º Argumentación irrefutable de que los condenados por crímenes de terrorismo deben estar en cárceles lejos de sus familiares (pp. 90 s., 140 s., ). Lo contrario violaría la legislación y la jurisprudencia humanitaria de todos los países democráticos, obstaculizaría la libre resocialización de los presos. Además, olvidaría los derechos elementales de las víctimas y de los funcionarios penitenciarios, así como los factores etiológicoa hogareños y amicales de la reincidencia terrorista. 3º Metodología científica que analiza y comprende más que condena. Con agua transparente exorciza el pecado original de la Iglesia Vasca y también, aunque menos, del resto de España. No olvidemos que las víctimas de Hipercor (Barcelona), el pasado día 19 de junio, quince años después del atentado cometido por ETA, han denunciado en los medios de comunicación la falta de apoyo de la Iglesia.

Diversos capítulos (8, 14, etcétera) recogen múltiples pruebas evidentes que hacen añicos algunos importantes documentos, escorados, de nuestras instituciones diocesanas. Demuestran y reprochan su relativismo moral (tan criticado por Juan Pablo II), su unilateralidad política, con escasa teología postconciliar, multi e interdisciplinar. Basta leer los textos oficiales que se transcriben. Así (página 89), el editado por el Secretariado diocesano de Vizcaya, en la cuaresma de 1999: "Una chata visión del Estado hace que una abundante masa de políticos, tanto del PSOE como del PP, enarquen las cejas cuando ven en crisis su visión cerrada, unívoca, centralizada de su España".

Ahora, mi cuarto comentario se refiere al mensaje subliminal del libro que rememora y representa el paradigmático ejemplo del teólogo Dietrich Bonhöffer. Merece que recordemos aquí su figura señera. El año 1939 Bonhöffer vivía en Estados Unidos, becado como docente e investigador. Pero al ver que Alemania caía en la miseria moral del nazismo y masacraba a tantos inocentes, decidió dejar su vida tranquila en Chicago y regresar a Alemania para estar junto a los perseguidos y hacer todo lo que pudiera en su defensa. Aunque ya sabía que ello implicaba graves peligros para él, para sus familiares y sus amigos.

Llegó a Berlín. Trabajó inteligente y valientemente contra el nazismo y en favor de la convivencia. Pronto constató que sus sospechas en América no eran infundadas. Le detuvieron, le internaron en prisión, le condenaron a muerte, le ejecutaron. Unos meses antes, el 11 de abril de 1944, escribe desde la cárcel de Tegel a su amigo Eberhard Bethge: "Nunca me he arrepentido de la decisión que adopté en Chicago de regresar a Alemania, el verano de 1939...".

Los dieciséis capítulos de este libro muestran al lector la situación actual en el País Vasco, parecida -aunque en tono menor- a la de aquella Alemania, que obligó a Bonhöffer a una opción fundamental muy desagradable. Que obliga a muchas personas a comprometerse a riesgos mayores o menores, pero cotidianos, para desvelar tanta mentira, tanto resentimiento paranoico, para superar el terrorismo, para atender a las víctimas directas, indirectas y anónimas.

Analizar y publicar la verdad es peligroso, sí, pero necesario. Lo sabía D. Bonhöffer. Igualmente Ignacio Ellacuría, en el Salvador. También lo saben las personas heróicas que en España hablan y escriben, a pesar de experimentar -y padecer- una incesante macrovictimación que los ciudadanos honrados debíamos reconocer y agradecer públicamente, de diversos modos y maneras.

En el principio era el verbo, la verdad que nos hace libres. Proclama: nunca asesinar, nunca colaborar con los que secuestran y extorsionan; ni encubrirlos. En el País Vasco hay personas que lo practican. Encubridores, colaboradores y, aun los aquejados por el síndrome de Estocolmo pueden ser también culpables del crimen cometido... Lo afirma el Derecho penal de todos los países democráticos. También la teología de las grandes religiones.

Este libro contribuirá a que sigamos constatando y certificando el milagro increíble de que, a pesar del incesante terror, nadie en el País Vasco ha tomado la justicia por su mano (pp. 185 s.). Ni tan siquiera lo ha pedido. Este milagro merece constatarse y honrarse en documentos públicos en muchas ciudades, algo así como el erigido en Valencia en memoria del Profesor Manuel Broseta. Cuando la casa está ardiendo, cruzarse de brazos es criminógeno. Y el mutismo también.

Urge lavar a la iglesia de su mancha original. Muchas personas e instituciones religiosas tienen una misión que cumplir, antes y por encima de todas las demás: analizar la verdad del terrorismo (enfermedad epidémica tanto como actos criminales), y sus cómplices... y comprometerse con acciones concretas, públicas, para que pronto desaparezca ETA. Tenemos obligación de hacer algo eficaz. No es quijotería. Una parte de la Iglesia ha de pedir perdón porque no ha cumplido su misión debidamente. Y ha de empezar una etapa radicalmente nueva. Ha de ganarse el agradecimiento de las víctimas. No lo ha conseguido todavía. Este libro da un paso imprescindible en este camino. Enseña que la paz es fruto de la justicia. No de una equivocada compasión con los victimarios.

Con palabras de Juan A. Estrada, S.J.: "Yo asumo el papel de defender la perspectiva de las víctimas como la única válida para los cristianos, y anterior a cualquier creencia, ideología o proyecto político". Y añado una observación de ética cristológica, eucarística, de agradecimiento popular: En el centro de la catedral de Lovaina se encuentra el altar mayor, de mármol. Representa un pabellón de los campos de concentración nazis en Alemania, con las reliquias de sus mártires que dan sentido al altar. Lo regalaron los belgas supervivientes del Holocausto. ¿Por qué no colocamos en nuestra iglesias altares similares? Será un testimonio de impar pedagogía. La traducción de este libro en piedra para los que no quieren leer.

Termino. A pesar del panorama tan inhumano e injusto que ensombrece hoy el País Vasco, muchos amigos y discípulos de Díez Alegría repetimos con él, y con su carismática hermeneútica evangélica: "Yo creo en la esperanza".