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El Correo, 13 de agosto de 2003

Por la feligresía de Maruri-Jatabe

ÁNGEL M. UNZUETA/VICARIO EPISCOPAL DE URIBE-COSTA

Los habitantes de Maruri-Jatabe en general y la feligresía en particular están siendo zarandeados en el escaparate mediático desde hace demasiados meses. La imagen de un pueblo tan normal como cualquier otro ha sido desfigurada hasta el punto de dejarla irreconocible. Especialmente para quienes viven lejos de allí, ser de Maruri puede significar pertenencia a un colectivo de personas de corte montaraz, intolerante y agresivo, que no tienen reparo en acosar e intimidar a quien les resulte extraño. La comunidad cristiana ha sufrido enormemente con ello, casi siempre en silencio.

No resulta nada fácil aclararse en la maraña de inexactitudes, medias verdades, tergiversaciones, silencios y manifestaciones que han acompañado la agitada historia del último año en este municipio. Tampoco es sencillo acertar con los pasos adecuados para rehabilitar un cuerpo dolido, cuando las heridas son tan recientes, pero es la tarea que aguarda a la parroquia y al pueblo de Maruri.

Como la verdad es un valor que fácilmente se resiente en estas ocasiones, tratar de servirla constituye un objetivo de primer orden. Con esta pretensión, es preciso clarificar dos factores que contribuyen de modo muy importante a la distorsión apuntada anteriormente, que en buena medida parece inscribirse en una estrategia de deslegitimación de la acción de la Iglesia. El primero de ellos es el interés por presentar la problemática de Maruri emparentada directamente con un nacionalismo totalitario, exacerbado, violento, terrorista o como se le quiera calificar. Ni la sociología electoral del pueblo, ni la trayectoria de sus autoridades en los años de democracia, ni el talante o la historia reciente de sus gentes apoyan mínimamente ese parentesco. Hace muchos años que la Iglesia, a través de sus obispos, comunidades y grupos de diverso signo, viene condenando un nacionalismo de corte idolátrico, pero con ello no se explica, ni de lejos, lo vivido en Maruri. En el pueblo y en la parroquia no existe un odio manifiesto o soterrado, como a menudo se quiere hacer ver, sino bastante dolor y sentimiento de indefensión ante el tratamiento de todo lo que ha afectado a la localidad durante estos meses.

En lo que afecta a la vida parroquial, es evidente que ha sufrido un grave trastorno, principalmente porque el primer servidor de la concordia y de la comunión eclesial ha sido percibido como elemento de discordia. También aquí hay un punto doliente, en la medida en que cada cual ha tenido que tomar una decisión que casi en ningún caso ha resultado agradable. Quienes optaron por alejarse de la parroquia y quienes se mantuvieron en ella han tratado de decidir y de obrar de modo adulto y responsable. Hablar de heroicidades o de presiones en cualquiera de los casos resulta simplemente desproporcionado. Cabe esperar razonablemente que en adelante no se pase factura ni se pidan cuentas rigurosas de lo que cada uno en conciencia haya podido decidir.

El segundo factor que conviene clarificar afecta a la decisión de relevar al responsable de la parroquia. El marco de interpretación dominante habla de un párroco que, ante el acoso de un sector de la población y la presión a que se ve sometida la parte de la feligresía que sigue acudiendo a la parroquia, acude al obispo para plantearle su disponibilidad a ser relevado, ofreciendo así una solución. Pero el punto de partida real es otro. Es el obispo quien llama al párroco para tratar de dar una salida al grave problema pastoral planteado. No se desvela con ello ningún secreto, sino que se sitúa en su justa perspectiva la actuación de un obispo, que, obviamente, no debe hacer público el contenido de unas conversaciones privadas con uno de sus colaboradores pastorales. En este punto, por tanto, se está jugando con el obligado silencio del obispo.

La verdad no se posee. Se construye. Para ello es preciso compartir y contrastar perspectivas. Es lo que pretenden estas líneas, que nacen tras conversaciones con gentes de Maruri de diferente estilo y mentalidad. Al escribirlas, a uno le ha rondado una frase que se suele atribuir a un político de nuestro tiempo: «Si de lo que conozco hablan y escriben como lo hacen, ¿qué será de aquello que desconozco!».