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Ramón
Rubial y Carlos Garaikoetxea saludan a los asistentes a un mitin
en favor de la aprobación del Estatuto de Gernika.
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El
Diario Vasco, 25 de octubre de 2003
Un
tiempo casi olvidado
KEPA
AULESTIA
Alianzas
y rupturas
El
25 de octubre de 1979, la sociedad vasca aprobó el Estatuto
de Gernika. En un referéndum en el que participó el
58,8% del censo, el 90,3% de los votantes depositó la papeleta
del 'sí'. Se daba inicio a una etapa sin precedentes en la
historia de alaveses, vizcaínos y guipuzcoanos. Veinticuatro
años después, un gobierno elegido en virtud del Estatuto
de Gernika se dispone a reformarlo para dar cauce a un nuevo Estatuto,
esta vez «de libre asociación con el Estado español».
No
resulta fácil obtener hoy una versión veraz de lo
que ocurrió en vísperas de aquella fecha, en las negociaciones
que hicieron posible el texto refrendado. El transcurso del tiempo
y, sobre todo, el enfrentamiento político de los últimos
años impide incluso que los protagonistas de aquel pacto
coincidan al valorar su significado. El clima de fractura que se
está viviendo entre el nacionalismo y el no-nacionalismo
ha hecho aflorar una interrogante crucial: ¿fue el Estatuto
una concesión al nacionalismo que llegó a forzar la
voluntad de los no-nacionalistas? ¿o, por el contrario, fue
una «carta otorgada» por poderes que se negaron a ir
más allá bajo la amenaza de la involución democrática?
Un
año antes de aquel 25 de octubre, el PNV había decidido
abstenerse ante el referéndum constitucional. El avance que
para muchos de sus dirigentes más veteranos -comenzando por
el propio Ajuriaguerra- representaba en términos históricos
la Carta Magna, la inclusión del «respeto a los derechos
históricos» en la Adicional primera o las potencialidades
de desarrollo que encerraba el artículo 150.2 no fueron argumento
suficiente para que el partido fundado por Sabino Arana optara por
incorporarse al consenso constitucional. La marginación reglamentaria
del grupo jeltzale de la ponencia constitucional se convirtió
en la justificación más reiterada de aquella postura.
Pero existen testimonios suficientes -comenzando por las explicaciones
del propio Arzalluz- para concluir que, en el fondo, el PNV se sentía
reacio a dar su visto bueno a ninguna constitución española.
Uno de los protagonistas de aquellos momentos, el senador Mitxel
Unzueta, llegaría a decir años después que
un 'sí' del PNV a la Constitución hubiese imposibilitado
el logro de un Estatuto como el vigente.
En
más de una ocasión, Carlos Garaikoetxea ha recordado
los momentos de la negociación del Estatuto como un período
de urgencia. Los peligros golpistas, la escalada de la violencia
de ETA y la sensación de vacío que propiciaba una
lenta transición exigían la máxima celeridad
en la definición del nuevo reparto de poderes en la España
constitucional. Según el nacionalismo actual, aquella premura
impidió atar los cabos jurídicos de un texto estatutario
que acabó ofreciendo demasiados flancos para su sistemático
recorte e incumplimiento. Pero lo cierto es que esa misma urgencia
propició que la UCD de Adolfo Suárez fuera retirando
sus objeciones de fondo en capítulos esenciales como los
conciertos económicos, el orden público, la educación
y la disposición adicional en un esfuerzo de pragmatismo
que trataba de alcanzar la estabilidad democrática en el
plazo más breve.
El
PNV, en cuyo seno se debatían las tendencias más posibilistas
con aquellas que recelaban de las componendas en el marco constitucional,
digirió el resultado con su tradicional ambivalencia: satisfecho
por lo conseguido, siempre y cuando se admitiera que representaba
un punto de partida. Pero lo cierto es que el texto definitivo se
ciñó fundamentalmente a la propuesta inicial de los
jeltzales. Por su parte, la sombra que la negativa de Alianza Popular
extendía sobre el consenso estatutario no pareció
inquietar a las formaciones que habían aprobado la Constitución
y que concebían el Estatuto como su necesaria prolongación.
Sería
necesario introducirse en el ánimo de los dirigentes de entonces
de la UCD y del PSOE para saber a ciencia cierta si la redacción
del Estatuto provocó en ellos algún desgarro. Pero
la campaña unitaria a favor del Estatuto -de la que es cierto
que la UCD se mantuvo a distancia- así como la experiencia
en común en el gobierno de la preautonomía y la puesta
en marcha de las instituciones de autogobierno revelaron por su
parte una sintonía incuestionable con la génesis de
la autonomía. Además, las diferencias que reflejaban
esas dos grandes formaciones respecto al Estatuto tenían
que ver tanto con su tradición como con su posición
política de gobierno y oposición respectivamente.
Vaivén
autonómico
El
29 de diciembre de 1978, la Asamblea de Parlamentarios Vascos, reunida
en la Casa de Juntas de Gernika, aprobó el texto que, de
la mano del diputado de la UCD Juan Echevarría Gangoiti,
voló hasta Madrid para presentarse en el registro del Congreso
antes de que lo hiciera el proyecto de Estatut para Catalunya. Casi
un año más tarde, y después de la celebración
de las segundas elecciones generales de la democracia (marzo de
1979) y de los comicios municipales (abril de 1979), el Estatuto
entraría en la recta final de su aprobación.
La
sociedad vasca comenzaba a percibir qué podía ser
eso de la autonomía, cuyo único precedente fugaz y
dramático había sido el período comprendido
entre el alzamiento franquista del 36 y la salida del último
consejero del Gobierno Aguirre de tierra vasca. Pero, sobre todo,
la sociedad vasca comenzaba a encontrarse consigo misma. Tres procesos
electorales y las consultas en torno a la Constitución y
el Estatuto permitían dibujar un espectro de voluntades políticas
que ha perdurado sin sustanciales alteraciones durante veinticuatro
años.
Las
elecciones autonómicas de 1980 permitieron al PNV comenzar
un período ininterrumpido al frente de la autonomía,
apuntalada con el pacto sobre los conciertos económicos a
finales de aquel año. Las primeras transferencias y una incipiente
tarea legislativa en materia institucional y presupuestaria protagonizaron
la puesta en marcha del Estatuto. Pero aquel espíritu inicial
de consenso político sufriría una fuerte sacudida
al final de la etapa de gobierno de la UCD y en vísperas
de que el PSOE alcanzara la mayoría absoluta en octubre de
1982. La LOAPA, acordada como mecanismo de armonización autonómica
entre los dos grandes partidos constitucionales, amenazaba con cuestionar
buena parte de la capacidad de desarrollo de un autogobierno inaugurado,
de hecho, dos años antes.
Desde
entonces, el desarrollo autonómico daría lugar a una
secuencia discontinua de aproximaciones y desencuentros; de coincidencias
saludadas por el Ejecutivo de Vitoria como «acuerdos históricos»
seguidas de denuncias de incumplimiento de las previsiones estatutarias.
Y ello a pesar de la sentencia por la que el Tribunal Constitucional
desbarató buena parte de las intenciones que albergaban los
artífices de la LOAPA, limitando los riesgos que para la
autonomía podía entrañar la producción
legislativa orgánica o armonizadora, aunque consagrando el
«principio de unidad» para la reserva de competencias
estatales.
Lento
pulso
Los
sucesivos gobiernos centrales intentaban prolongar los tiempos de
un pulso lento. Pero tampoco la gestión nacionalista de la
autonomía era siempre propicia a la celeridad. El principio
de que no debía admitirse «mercancía averiada»
en las transferencias cuajó en la Administración vasca
como un principio que aún permanece. El bloqueo de las relaciones
con Madrid fue una de las causas aducidas por el EBB para explicar
la grave crisis que se desató entre la dirección del
PNV y el lehendakari Garaikoetxea poco después de las elecciones
autonómicas de 1984. El pacto de legislatura suscrito entre
el PNV y el PSE a comienzos de 1985, y la coalición de estos
últimos con el PNV tras las autonómicas de 1986 perseguían
-según los dirigentes jeltzales- dar un impulso al autogobierno
«gobernando aquí con quienes gobiernan en Madrid».
La
alternancia en el Gobierno de España en 1996, con la victoria
por mayoría relativa del PP, daría paso a un efímero
pero fructífero clima de entendimiento con el Ejecutivo vasco,
que dejó como activo la renovación actualizada de
los conciertos económicos. Pero en ese mismo instante se
estaba larvando la bifurcación de los caminos que poco más
tarde tomarían los nacionalistas y los no-nacionalistas.
El PP entendió que el proceso autonómico se había
culminado ya. Por su parte, el PNV comenzaba también a dejar
atrás el Estatuto. Hoy se escenifica la paradoja: PNV y EA
convierten el incumplimiento estatutario en la justificación
de su desdén hacia el actual Estatuto y PP y PSE-EE -acusados
de ese incumplimiento- reivindican su plena vigencia. El Estatuto
de Gernika abrió hace 24 años una etapa sin precedentes
en la historia de los vascos erigida sobre un espíritu de
consenso que ha quedado en el recuerdo NEGOCIACIÓN DEL ESTATUTO
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