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Don Juan Carlos saluda a los familiares de una de las víctimas, tras entregarle la medalla en presencia de Doña Sofía, José Luis Rodríguez Zapatero y Jesús Caldera. CHEMA BARROSO

 

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ABC, 28 de julio de 2004

«No podemos ni queremos olvidar»

En un acto cargado de dolor, emoción y lágrimas, Sus Majestades los Reyes, acompañados por el presidente del Gobierno y el ministro de Trabajo, entregaron la medalla de oro al Mérito en el Trabajo a los familiares de las víctimas de los atentados de Madrid

TEXTO: ALMUDENA MARTÍNEZ-FORNÉS FOTO: CHEMA BARROSO/MADRID.

Fue la entrega de medallas más triste y dolorosa de la historia. 151 familias, irreparablemente rotas desde la matanza terrorista del 11-M, acudieron ayer al Palacio de El Pardo a recoger de manos de Sus Majestades los Reyes el reconocimiento que, a título póstumo, se les ha concedido a 189 de las 191 víctimas de los atentados de Madrid, como «un símbolo más de respeto, recuerdo y homenaje».

Sólo los nombres de los muertos, leídos por orden alfabético, y algunos llantos contenidos rompían el sepulcral silencio que invadía el patio del palacio. Mientras, los familiares se acercaban al estrado a recoger las medallas de sus hijos, sus padres, sus madres, sus hermanos, sus maridos, sus mujeres...

Era tanto el dolor concentrado en aquella hora larga que muy pocos pudieron contener las lágrimas. La Reina tampoco y, una vez más, Doña Sofía compartió su llanto con las familias destrozadas a las que trataba de dar consuelo. Hasta un bebé, demasiado pequeño aún para darse cuenta, rompió a llorar en el silencio, y una señora que apenas podía mantenerse en pie tuvo que abandonar el patio, tras recoger la medalla, incapaz de soportar tanto dolor.

Entre ellos, había españoles e inmigrantes de catorce países y de diversas creencias, como varias mujeres musulmanas que acudieron cubiertas con velo a recoger la medalla.

Después llegaron las palabras del Rey. Don Juan Carlos pidió «unidad y solidaridad» para acabar con los «abominables propósitos» del terrorismo, «para perseguir y castigar a sus culpables, para terminar con sus redes mafiosas, para restañar sus heridas y para atender, con la mayor entrega, a sus víctimas y familiares».

El Rey habló de la deuda permanente que España tiene contraida con todas las víctimas. Una deuda que «no puede limitarse a la expresión del más hondo pesar» sino que debe traducirse en «permanente acicate para mantener y reforzar la necesaria unidad frente al terrorismo» y luchar contra esta lacra «con todos los instrumentos del Estado de Derecho».

«Fundidos en su dolor»

En su discurso, el Rey afirmó: «No hay palabras capaces de expresar ni el sufrimiento de las víctimas ni tampoco el desgarro de sus familias y amigos. Todos los españoles nos sentimos fundidos con ellos en su dolor. Nada será bastante para compensar tanta aflicción y desesperación».

«No podemos ni queremos olvidar a todas y cada una de las víctimas del terrorismo y a sus familias -dijo-. Nos lo pide nuestro corazón de hombres de bien. Nos lo reclama nuestro deber como españoles solidarios, como hijos de una gran familia estrechamente unida a quienes más sufrieron».

Don Juan Carlos también tuvo unas palabras para las cientos de personas que resultaron heridas el 11-M y que «aún hoy, algunos siguen hospitalizados, otros aprenden a vivir con sus secuelas irreparables y todos tratan de recuperar la normalidad de una vida que ya nunca será la misma».

En el acto, al que asistieron representantes de las altas instituciones del Estado, de los partidos y de los grupos parlamentarios, también intervino el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Recordó que las víctimas siguen vivas en la «memoria íntima» de los españoles, agradeció a la Corona su cercanía a quienes más sufren y se comprometió a hacer cuanto esté en su mano por mantener el reconocimiento a los fallecidos y sus familias.

No obstante, afirmó que los poderes públicos no pueden llenar el «inmenso vacío afectivo» dejado por los ausentes «ni recorrer el camino que va del dolor inaguantable al rescate nostálgico de los momentos más felices vividos en común», aunque sí están obligados, agregó, a que este camino «sea lo más corto y menos duro posible».